viernes, 10 de noviembre de 2017

Ayer soñé con Shirley Manson....

....Y este vendría a ser mi segundo sueño vívido, real, mágico y alborotador en mi vida.

Ya antes Rafael Nadal había aparecido en plena fase V para, digámoslo coloquial y directamente, bajarme los calzones y hacerme delirar con cosas que hasta ese momento sólo imaginaba y anhelaba, porque a mis cortos e inexpertos 22 años ni siquiera había besado, por lo que las hormonas complotaron para perder mi virtud, al menos en el mundo onírico, en manos y más del portento físico que aún es este tenista español, lo que me generó un despertar sobresaltado en plena madrugada y luego un amanecer descansado y sonriente por la mañana no tan temprano.

Pero ayer fue distinto y, si cabe, más real. Era al aire libre, tal vez en la locación de algún videoclip, andaba yo en búsqueda de alguna oportunidad de acercamiento, de hacerme notar ante mi diosa particular, que se entere de mi existencia, que me dirija alguna palabra o mirada…. Y así sucedió.

Captó mi presencia y en un tono que pretendía ser severo (y que a mí me heló la sangre), me llamó a su lado para pedirme explicaciones sobre mi comportamiento stalker. Lo maravilloso de los sueños es que muchas cosas se dan para que puedas vivir tu fantasía a plenitud, es así que me encontré barboteando un inglés más que decente para explicarle a Shirley el motivo de mi vigilancia, desde relatarle el frustrado encuentro en el aeropuerto en su primera visita a mi país, hasta los escasos minutos de compartir junto con otros adoradores suyos en el hotel donde se hospedó aquella vez, al que, por cierto, no asistí pero igual no había modo que Shirley lo notara.

A esas alturas, yo hubiera sido capaz hasta de negar a mi madre y de inventar mil fantasías con tal de conseguir un guiño de aprobación por parte de mi diosa particular, de alargar mi estadía a su lado, de tener el tiempo suficiente para que Shirley encontrara algo interesante en mí, de decirle algo tan gracioso que la hiciera carcajear para oír en vivo ese sonido tan poco delicado, tan suyo, que me eriza toda la espalda. Shirley es disfrutable en muchas etapas y hasta verla furiosa sería un deleite, aun si esa furia estuviera dirigida o provocada por una.

Y ahí estaba, alargando hasta lo imposible esta extraña conversación, hasta que Shirley hizo algo que, de hecho, habría cambiado mi vida para siempre. Llamó a alguien que estaba cerca y le pidió su celular, iba a tomarse un selfie conmigo. Mi corazón explotó en ese momento, iba llevarme a casa una huella imperecedera de mi encuentro con una persona que, a la distancia, con su música, personalidad y actitud demoledora, me ha entregado momentos significativos y felices, pequeñas reivindicaciones que hicieron más llevadera esta vida, me permitió desconectarme de todo y saber que la música es, muchas veces, el abrazo de Heimlich que nos desahoga del atoro al que sucumbimos con facilidad.

Pero no olvidaba que, después de todo, esto no era más que un sueño y segundos antes del click que eternizaría este encuentro, me desperté, algo frustrada por el cruel no-desenlace.

El diablo habita en el subconsciente, de eso no tengo duda.

lunes, 16 de octubre de 2017

De pigmentación y otros demonios

Cuando una dice que no le gustan los espejos, tiene fundamentos, aunque los ignore la mayor parte del tiempo. Y es que, aparte de la obviedad con las facciones esquizoides, hay muchos muchos más defectos que podría descubrir con un simple vistazo, a la cara. Así que, para no amargar más la existencia y evitar que ese ceño se frunza más, evito los espejos.

Porque resulta que, para mi mayor injuria, de un tiempo a esta parte he venido recibiendo unos “señora” y “doctora” que no me cuadraban para nada, no podía atribuirlo a un simple tema de vestimenta, puesto que el entorno exige esa formalidad sin importar edades, tampoco lo atribuyo a un tema de comportamiento puesto que tanta pulcritud me altera al punto de comentar temas laxos que den una impresión algo más relajada de mí.

Si la falta de resultados me traía desconcentrada, hoy tuve la explicación a tanta majadería.

Ir a arreglar las monturas de los lentes de mi jefe es una de las tantas “privilegiadas” labores que tengo a bien asumir y, siendo él particularmente hábil en estropearlas a las pocas semanas, me he vuelto asidua a la óptica, lugar en extremo blanco y repleto de espejos en los que la gente se mira mientras se prueba infinidad de lentes, supongo yo, para ver cuál le cuadra mejor en su cara, siendo casi accesorio el asunto ese de la medida.

Andaba a la espera de la montura de marras, cuando algo visto de pasada llamó mi atención, volteé incrédula al espejo que estaba devolviéndome mi prolongado y familiar perfil, pero que esta vez venía adornado de unas mechas (mechitas) plateadas cuyo origen no supe definir, tal vez mientras pasaba por la calle de las piñatas se me pegó algo del decorado, por ahí que tuve la desdicha de haber incordiado a una paloma vengadora…. No, no, no.

Era mi propio cabello, antes completamente negro, ahora inaceptablemente combinado con algunas hebras blancas que achaco directamente a la rama paterna que, no contenta con heredarme la nariz, me obsequia esta carga genética que me tendrá con look de María Kodama antes de mis cuarentas. Eso si no hago algo por evitarlo…. Pasa que siempre me he manifestado en contra de los tintes de cabello que, en la mayoría de casos, mal disimulan las tempraneras (o tardías) canas o reforman el color que la naturaleza tuvo a bien darnos, permitiendo rubios platinados o rojos encendidos más falsos que los votos de castidad y que nunca combinan con el resto de humanidad de la persona.

No quiero caer en la vanidad, pero considero que 31 años no justifican que ande exhibiendo alegremente unos cabellos que no van para nada conmigo, que nada tienen que hacer con mi cabeza, que no me han otorgado experiencia alguna que merezca ser compartida y que no me hacen en absoluto venerable y merecedora de asientos preferenciales en el transporte público. No, no, no.

Tendré entonces que emprender una campaña de investigación que me llevará a recorrer mil y un tiendas, peluquerías, farmacias y afines, hasta que dé con el químico que se acople a mi galea aponeurótica (Wikipedia es lo máximo) y me deje mínimamente conforme con mi imperfecta apariencia que, para adversidades, ya ha tenido suficiente.

martes, 26 de septiembre de 2017

Si de deseos se tratara....

Desearía perder lo que ya dejó de ser “pancita” y ahora impide verme los pies.
Desearía tocar la guitarra y acompañar mis silencios con melodías improvisadas.
Desearía saber bailar, perderme en la música y olvidarme del entorno juzgador.
Desearía no depender tanto de la tecnología y volver a la inocencia pre-smart.
Desearía fuerza de voluntad para terminar lo empezado y no abandonarlo a medio camino.
Desearía que el fútbol me traiga siempre satisfacciones, nunca tragos amargos.
Desearía que las réplicas fulminantes se me ocurran en el momento oportuno y no cuando la discusión ya terminó en insatisfactorio empate.
Desearía ir a un meet & greet de mi banda favorita y contemplar de cerca a la diosa Manson.
Desearía adquirir una férula para aminorar el bruxismo y no amanecer adolorida.
Desearía que la Coca Cola no hubiera cambiado su presentación de 500 ml. a 400 ml. y sin bajar el precio.
Desearía que el clima se pudiera manejar a voluntad, sin que invierno signifique depresión y verano alegría.
Desearía que no existiera la versión infantil de Sheldon Cooper, descuidando la ya diferente, pero aun entretenida, TBBT.
Desearía que otras manos desataran nudos y desabrocharan botones, es muy aburrido desvestirse sola.
Desearía que la gente entienda que imponer creencias religiosas equivale a irse al infierno.
Desearía no demorarme cinco minutos para animarme a abrir la llave de la ducha, así no llegaría tarde al trabajo.
Desearía, por una noche, convertirme en una nueva versión del vengador anónimo y encargarme de una veintena de personas sin las que el mundo estaría definitivamente mejor.
Desearía que mis compañer@s de cuatro patas fueran eternos.
Desearía que nunca me falte el café.

Desearía definirme en una palabra.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Garbage's Lessons (5)

Lesson five

Fue una de esas decisiones apresuradas que se toman de cuando en cuando, con resultados diversos que no suelen influir al momento de verte envuelta en otro impulso igual de alocado.

En muchas oportunidades he manifestado indiferencia y a veces hasta rechazo a viajar. Movilizarme de una ciudad a otra por ocio o trabajo no es de mi agrado y no necesito de buenas o malas experiencias para saber que esa actividad no es para mí. Sin embargo, cierto lamentable suceso me “obligó” a tomar acciones rápidas e iniciar una travesía que no debía durar más de día y medio, pero que se prolongó hasta los cuatro más angustiosos, tristes y solitarios días de mi última década de vida.

Partí rumbo al sur por la noche, con el corazón encogido y con la expectativa de acompañar a una de las personas más importantes de mi vida en uno de sus momentos más difíciles. No hubo preparación, mi equipaje consistía en una Coca Cola helada y unas galletas que no toqué hasta después de 20 horas, más por un tema de querer librarme del bulto que por hambre. Mi poco conocimiento sobre climas más mi apuro, hizo que la vestimenta cubriera lo básico para sobrevivir a una temperatura promedio en el invierno limeño.

Ya instalada en el asiento 23, al lado de la ventana, empecé a hacer un recuento del alborotado día que tuve, la incómoda conversación con el jefe para explicarle el permiso que solicitaba, la angustia de movilizarme en el tránsito capitalino (primero en auto, luego a pie), la alistada en tiempo récord, las miradas contrariadas de Buba, Fendi, Michi y Engendrito que no entendían que no les diera su vueltita y me fuera sin más, la amena conversación que tuve con el taxista que me llevó al terminal y la despedida con mi madre y tía que hicieron todo el asunto muy ceremonioso y algo dramático.

Lo que menos esperaba de este viaje era una lección. La obviedad del asunto, siendo la muerte de esos absolutos que no dan lugar a réplica, me había preparado para entender que tenemos un tiempo limitado y debemos aprovecharlo al máximo; pero este viaje me llevó más allá de lo geográfico y me hizo reflexionar sobre lo que estaba haciendo conmigo y mi tiempo en este mundo, la huella que dejaría si me fuera mañana, los logros obtenidos, la felicidad experimentada, las abundantes frustraciones, los eternos pendientes, los clásicos imposibles…. ¡Hay tanto por hacer!

So you're not gonna crack, no you're never gonna crack


A que no se ve linda con colitas, gorra y mandándote a la mierda en el 02:38 :)

miércoles, 16 de agosto de 2017

Reivindicaciones....

Estoy emocionada, lo admito.

Como están dispuestas las cosas, una tiene pocas oportunidades de dar a conocer, de manera oficial, las decisiones que ha tomado y que le resultan de mucha importancia. Llamémosle, cuestión de principios.

Y la oportunidad vino en forma de declaración testimonial en un proceso judicial que ya se está prolongando más de lo debido, pero que al menos ha servido para que pudiera sentar mi posición, en uno de los poderes del Estado ni más ni menos, declarándome ciudadana que no profesa religión alguna.

Vi dibujarse un gesto de desconcierto en el especialista legal, mejorando así mi ánimo y aumentando mi autosuficiencia, al punto de querer soltarle unas ideas sueltas, luego su desconcierto se transformó en media sonrisa, señalándome el crucifijo que presidía su mesa, encogiéndose de hombros y negando con la cabeza ante mi “desafío”.

En ese momento, mi torturadora consciencia empezó a reprocharme el haber admitido mi posición en un tema aún complicado y jodido en este Estado, que en el papel es laico pero que en las formas es católico y, en el peor de los casos, de una cristiandad tan distorsionada que censura nuestros derechos fundamentales y mutila otras libertades individuales que se nos ocurra hacer respetar a nosotros, los inmorales.

Desoí a mi voz interna para concentrarme en el interrogatorio que se venía, recordando fechas, horas y lugares pertinentes al caso que nos ocupaba al especialista legal y a mí. Culminó la diligencia y el funcionario imprimió una copia de mi manifestación, para dar conformidad con firma y huella.

Leí atentamente mis generales de ley y cuando llegué a la parte de la religión, sonreí abiertamente, firmé y me fui.

¡CHIN!

lunes, 7 de agosto de 2017

Situación sentimental: empelotada

Faltaban poco más de quince minutos para el pitazo final e íbamos en desventaja, mi hermana y yo intercambiamos miradas de reproche y una idea cruzó por nuestras mentes de manera simultánea: no volveremos al estadio.

Era la tercera vez que íbamos y los resultados anteriores no nos acompañaron, un empate con penal fallado en la última jugada y una derrota con gol del delantero que una temporada atrás defendió nuestros colores pintaban mal mal el escenario. El fútbol tiene esta capacidad de borrar toda racionalidad de tu cerebro y meter miedo con malas rachas y bocas saladas que te hacen ¿pensar? que las cosas suceden por decisiones propias y no por la cojera mental y anímica que pareciera dominar al jugador local.

El tiempo transcurría y ya sólo me quedaban ánimos para maldecir alguna pérdida de balón o recriminar al árbitro sus decisiones absurdas que sólo ralentizaban el juego y quemaban tiempo valioso. Sólo una tribuna, la Sur, continuada con sus arengas y daba algo más que ánimos a los jugadores, les daba coraje y empuje, les insuflaba vergüenza deportiva, los conminaba a seguir y seguir, conocedores de que los partidos no se acaban hasta que se acaban.

Parecía algo irrealizable, mi abatido espíritu sólo recordaba experiencias pasadas, perdía poco a poco la fe en el corazón que caracteriza al equipo, las proezas futbolísticas sólo estaban destinadas a los grandes, los verdaderos grandes…. Recordé, muy imprudentemente, que la última hazaña la protagonizó un equipo (Barcelona) y un jugador (Neymar) que ahora se encontraban irremediablemente separados, dejando sin esperanzas a mi alma descreída.

Todo eso pensaba mientras veía con angustia que los minutos pasaban, de pie y estirando el cuello a más no poder, pues el juego se desarrollaba, a trompicones, al otro lado de la cancha, lejos de mi posición. Sur seguía alentando incansablemente y ya veía venir los improperios hacia los jugadores al final del partido, pero por el momento todo era arengas que animaba a nunca bajar los brazos.

Y a base de empuje y pelotazos, llegó el gol del empate, el gol que nos devolvió un poco de alegría, el gol que nos animó a decir que peor era nada, que un empate era mejor que una derrota y que nos hacía sacar cuentas para la última fecha, sólo para darnos cuenta que el punto sabía a poco y que nosotros debíamos ganar sí o sí, el último partido de local no debía empañarse con este resultado.

Sin embargo, no había tiempo para más, se jugaban los descuentos y el árbitro había sido tan hijo de puta que no nos dio más de tres minutos. Para colmo, el rival tuvo la osadía de atacar, llevar peligro a nuestra área y trasladar corazón y estómago a nuestra garganta, la que quedó momentáneamente atragantada con improperios que pugnaban por salir todos a la vez. El ataque terminó y la última jugada se iba a resolver en campo contrario, tiro libre a media cancha y el que se iba a llevar toda la carga por el resultado, el responsable directo de que estuviéramos por segunda vez en desventaja, el que nos puso en la obligación de meter dos goles en 10 minutos, sí, ése, lanzó un centro al corazón del área….

Lo había vivido antes, pero siempre con la pantalla del televisor anunciándome el milagro, esta era la primera vez que experimentaba con todos mis sentidos lo que es celebrar un gol, el del triunfo, al último minuto, lo que es gritar hasta romperte la garganta, abrazarte con extraños que al igual que tú no podían contenerse, saltar y saltar sin que te reclamen las piernas, soltar mil y un groserías que todos celebran y nadie reprocha, vivir una felicidad plena que te hace olvidar las penas que acompañan la vida; en ese momento no hay penas, todo es gloria, felicidad, alegría, sonrisas y, en mi caso particular, una indiferencia total al dolor que insistía en hacerse notar con la sutura hecha horas antes. Seguramente sangraba, seguramente los puntos se soltaron, seguramente al día siguiente estaría con media cara inflamada, pero nada de eso importaba.

Salí del estadio, ese lindo estadio, abrazada a extraños y cantando a viva voz que mi equipo va a salir campeón.


viernes, 21 de julio de 2017

Un peso menos

Perder la cabeza, lo que se dice perderla, sí. Dos veces.

Hace poco me sinceré ante las amigas de siempre y admití lo que ellas sospechaban desde siempre: me gustan las mujeres.

Después de tan esperada y nada sorpresiva revelación, vino el interrogatorio de rigor, momento en el que hice unas cuantas precisiones….
  1. También me gustan los hombres
  2. Las mujeres me dan miedo
  3. Las mujeres somos jodidas
  4. No aguantaría a una mujer
  5. No, Nébula, nunca me sentí atraída por ti
  6. Mi única experiencia con una mujer consistió en unos cuantos besos
  7. Sí, Nébula, estoy segura
  8. No creo que intente algo con otra chica, me contentaré con admirarlas a la distancia
Hubo consenso en los puntos 2, 3 y 4, nos conocemos muy bien. Nébula hizo puchero con los puntos 5 y 7, básicamente por una cuestión de orgullo. Desaprobación general en el punto 6, la involucrada siempre les dio mala espina. Risas incrédulas en el punto 8, pues piensan que pronto sucumbiré.

Extrañamente omitieron el punto 1, no sé si adrede o porque era lo menos interesante del asunto. Asunto, vale decir, que fue el que me hizo perder la cabeza por segunda vez, lo que trajo como consecuencia otras mini-perdidas más que incluyeron arrinconamientos y mal simulados forcejeos que guardo en mi memoria como simple estadística. En definitiva, dejando de lado la experiencia agridulce número 6, es un hecho que sí me gustan las mujeres.

Perdí la cabeza dos veces, espero perderla una tercera y mantener la cordura al mismo tiempo, para que se me permita conservar a mi lado al motivo de mi locura. No se puede ni se debe ser racional en el amor.

domingo, 16 de julio de 2017

Condenando mi alma

Esto de la modernidad y la manera como se apodera de la vida de la gente ya es cosa seria. Incluso en un renegada de lo smart, como yo.

Entusiasmada, hace dos semanas empecé la lectura frenética y en PDF, del clásico Lo que el viento se llevó, obra monumental que fue llevada a la pantalla grande (perdonen el cliché) con resultados bastante positivos cuya vigencia sigue intacta en la memoria colectiva de los amantes del cine. En definitiva, la película es gigante, una de mis favoritas, por la que me he sentado en segunda fila de una sala de cine, torciendo el cuello hacia arriba durante casi cuatro horas, con tal de apreciarla a gran escala.

Volviendo al libro, a las casi mil páginas, fui recreando en mi mente las escenas de la película, inventándome situaciones y caras de personajes que no fueron mostrados en el largometraje pero que enriquecían aun más la historia y el contexto en el que se desarrollaba. Esto, me decía, no le restaba nada a la película, puesto que al ser un formato tan distinto, se entiende que hayan prescindido de ellos.

Tanto me absorbió la historia que ya me veían en el camino de regreso a casa, yo que siempre me he negado a leer en los carros porque me da dolor de cabeza ver a las letras bailar delante de mis ojos, aferrarme a las cinco pulgadas de mi celular para no perder tiempo y enterarme de lo que seguía.

Pero conforme iba avanzando, más me angustiaba, mas se fruncía mi ceño, más me disgustaba. Conozco la historia de la película al dedillo, pero leerla con tanto detalle me producía una desazón que no sabría explicar, no podía entender tanta necedad, tanto orgullo, tanta hipocresía y, sobretodo, cómo carajos alguien como Scarlett podría estar tan enamorada de un papanatas como Ashley.

A tal punto llegó mi indignación que tomé una drástica decisión: en cuanto nació Bonnie, dejé de leerlo.

Dejar un libro a medias, debería considerarse pecado mortal. Me declaro culpable.

miércoles, 5 de julio de 2017

Neologismos Arbitrarios VII

Ahora que llegamos a época de lluvias, así sean unas de chiste como las de acá, se me despiertan algunos sentidos que llegan a aturdirme al punto de olvidarme que la vida viene con problemas.

Y sin buscarlo, vino a mi esta palabra que, además de sonar bonita, explica ese tipo de cosas que a veces nos preguntamos pero que nunca investigamos, ya sea porque olvidamos el interés, por desidia o por no saber qué poner en el Google sin que te avergüences de escribir una larguísima consulta que siempre empieza con un "como se llama....".

Entonces, tenemos al poco famoso petricor, palabra de origen griego que vendría a interpretarse como "esencia de piedra", pero que para una definición más romántica se le denomina así al olor que se desprende en el ambiente cuando llueve después de tiempo, cuando la tierra se moja.

Inspiro fuerte fuerte lleno mis pulmones de petricor (tal vez de un poco de humo), alegrándome de interesarme por estas cosas nimias que hacen soportable la larga jornada de vida que a una le ha tocado, la que se vuelve un poco menos amarga cuando te responde así.



lunes, 19 de junio de 2017

(Des)cubriendo

¿Cómo fue que supe lo que es el amor?

Mi primera experiencia pasó por todas las fases conocidas: sufrí, me esperancé, lo negué, renegué de él, lo idealicé pero nunca lo confesé, no a la persona que me provocaba más que mariposas. Lo que aleteaba dentro de mi ya tenía dimensiones de albatros, aunque igual de triste que el poema.

Qué podía saber del amor, si bordeando la base dos no había besado a nadie y mi único interés en una persona de carne y hueso fue tan absurdo que, hasta yo, con mi ignorancia de escolar alborotada, me encargué de olvidar ese absurdo que no duró más de una tarde.

Pero todo cambió de un momento a otro, contando con dieciocho años nada me preparó para la contundencia con la que fui noqueada. Ya la había escuchado cantar antes, pero aquella tarde, con su versión particular de Promises, esa canción sonó para mis oídos por primera vez con el único e involuntario propósito de hacerme perder la cordura, parte de ella al menos.

Padecí los efectos de aquel afecto, resignándome desde un inicio a la no correspondencia, puesto que encapricharme con lo contrario hubiera significado una pérdida aún mayor, lo que me sumiría en la peor de las miserias. Así de trágica era, nada diferente de lo actual.

Tuvieron que pasar sus pocos años para poder superar esa primera y frustrante experiencia, la que  no me dejó ni una puñetera enseñanza, puesto que en la segunda parte de mi historia particular, cometí todos los errores que pueden caber en un romance y más.

Procuro no desfallecer,  mantengo la esperanza de que esta descocida encuentre a su rot@.

viernes, 16 de junio de 2017

Y mira a la izquierda....

Para los casi cinco años de vida que tiene este blog, y comparándolo con estadísticas que presumo generosas en otras publicaciones, lo mío queda un tanto magro.

Pero viéndolo de otro modo, siete mil visitas es una cifra nada nadita desdeñable, un numerazo que ha elevado mi ego a niveles casi argentinos y me impulsa a seguir con mis imprudencias y tonterías, viendo además anónimos mensajes de gente que espera con ansias las siguientes publicaciones y hasta me propone temas. Me sonrojo con tanta e inesperada hinchada.

Si bien pude escribir con las mil, dos mil o tres mil visitas, celebrando mi alcance de cuatro dígitos, me reservé para los siete miles, por mi nada original inclinación hacia el 7 que tan bonito se ve en mi fecha nacimiento, en el dorsal de Harry Potter cuando juega quidditch, triplicada en las máquinas tragamonedas y siendo el cuarto número primo antes del once, detalle recién descubierto que une tres referencia numéricas en un vínculo muy apreciado.

Dicen que las fantasías son fantasías por su naturaleza irrealizable, sin embargo trato de reponerme a ello para no sucumbir en lo anodino, intentando trascender más allá de mi entorno, el cual, poco a poco y sin buscarlo, se va ampliando.

Debo procurar que la fama no se me suba a la cabeza, los sueños afiebrados no son aptos para (de)mentes frágiles.



martes, 13 de junio de 2017

Garbage's lessons (4)

Lesson four

Andamos todos crispados, muy crispados.

La culpa la tiene el introducir temas tan avanzados a nuestra limitada, pacata e intolerante sociedad, la que aún no desarrolla su lado empático y suele  tratar a las patadas a todo aquello que le perturbe o sea diferente.

Es así que tenemos en debate la mitológica “Ideología de Género”, la que según unos cuantos nostradamus, nos convertirá a todos en homosexuales, transexuales, intersexuales y demás, sin valores ni vergüenzas, pervirtiendo a nuestra inmaculada colectividad, imponiendo su doctrina (a lo secta religiosa) y pisoteando las buenas costumbres que siempre nos han caracterizado como país. Poco más que el infierno de Dante.

Y como debe ser, nuestros salvadores están en la lucha constante por poner al descubierto este lobby gay que busca introducirse sigilosamente en nuestros hogares, los enfrentan cara a cara y gritan a los cuatro vientos que #ConMisHijosNoTeMetas, #LaFamiliaEsPapáYMamá, #DiosCreóAdánYEvaNoAdánYEsteban y demás consignas/hashtag que alertan a la población y destruyen, con argumentos totalmente lógicos y debidamente fundamentados, que todo lo que difiera de su pensamiento es aberración y debemos mandarlos a la hoguera.

Pasa que ya no estamos en la Edad Media.

Pasa que ya sabemos que la Tierra es redonda.

Pasa que ahora tanto los rayos, truenos, centellas y demás cataclismos tienen su explicación en la ciencia y no en un dios castigador.

El miedo a lo desconocido genera intolerancia, odio y confusión. Basta que alguna autoridad deslice una iniciativa inclusiva, basta que la palabra “género” sea pronunciada en voz alta, para que los paladines de la decencia y valores morales salgan al frente y, cuales Panzers, ataquen sin piedad a los intentos por volvernos una sociedad desarrollada y humana. Humana.

¿Qué podríamos decirles a los chicos en formación? ¿Qué podríamos hacer con aquellos cuya naturaleza es calificada como anormal? ¿Cómo explicarles que el odio hacia ellos es totalmente gratuito e injustificado y que deben sobreponerse a ello sin desfallecer? ¿Cuántos más, que por sucumbir al rechazo y abuso, decidirán terminar con su vida? ¿Por qué debemos ceder ante los fundamentalistas que se amparan en una arbitraria mayoría para limitar los derechos de la (declarada) minoría?

Son preguntas que parecieran dejarnos sin esperanzas de un buen porvenir. Por suerte, existen personas con amplia tribuna que, en sus distintos espacios, transmiten mensajes de tolerancia, revolución y amor.

Por eso los adoro, admiro y amo.



sábado, 3 de junio de 2017

Día (de) C

Pese a ser mi día y a considerar que las horas de sueño mientras más sean, mejor, me despierto a las siete de la mañana. Quiero aprovechar el tiempo al máximo.

Culminado el ritual de preparación (duchada, vestida y peinada), cojo mis llaves, mi celular, los audífonos y me preparo para la aventura. Me dirijo a la estación de transporte público, espero un bus con asiento y voy directo (con varias escalas) a la última parada, he aprovechado ese tiempo para dormir, lo que me ayuda a superar el hecho de haberme levantado temprano. Un último trasbordo para dirigirme, ahora sí, a mi primer destino.

Empiezo con el desayuno, el cual consiste en unos imperialistas y huachafos hotcakes, acompañados con un café cargadísimo y caliente al que no le pondré azúcar…. No hay pierde. Si el estómago y el ánimo son los adecuados, me pediré un segundo café y huevos revueltos, cebo garantizado.

Aliviada de mi primera urgencia, salgo del restaurante con rumbo al malecón que hay cerca, pasando por un puesto de periódicos, me compro al decano del día y ya frente al mar, comienzo con la lectura al detalle, suplementos incluidos. Culminada la lectura, la cual estuvo interrumpida con unas cuantas revisadas al celular y sus aplicaciones esclavizadoras, decido que debo estirar un poquito las piernas, iniciando una caminata sin rumbo.

Pasando ya el mediodía, habiendo digerido por completo el desayuno, me provoca una cerveza helada, enrumbando a mi bar favorito, donde me atienden con algo de demora porque están con harta gente, algo poco usual por la hora pero que tiene explicación en el partido de mierda que empezarán a transmitir en minutos. Como hoy no me interesa en absoluto el fútbol, termino mi cerveza y salgo de ahí.

Es hora de almuerzo, pero el evento deportivo domina en casi todos los televisores de los restaurantes, mi única opción sería un local que vende comida árabe, pero mi paladar no olvida y sé que la carne de cordero súper condimentada no es lo mío, entonces decido volver a casa, dejando para más tarde lo que ya sería un almuerzo-cena.

Ya en casa, bordeando las quince horas, me provoca encerrarme en mi cuarto, bajo las persianas y me quedo dormida casi al instante. No olvido lo que hay más tarde, mi cuerpo me alertará a tiempo. Así sucede, despertando con un leve dolor de cabeza a las diecinueve horas, me desesperezo y después de una lavada de cara (mi cuerpo no aguantaría dos duchas en pleno junio), pasada furiosa de delineador en los ojos, vuelvo a partir.

Esta vez rumbo a un centro cultural que exhibirá una película francesa del año 1995, largamente esperada, ya que estoy en la búsqueda constante de proyecciones que muestren la calidad de una nueva obsesión: Isabelle Huppert. Como era de esperarse, salgo de la sala bastante satisfecha de lo visto, Chabela nunca decepciona.

Mi día está acabando, por eso me propongo tomar unas copas para cerrar con broche de oro este evento, mi bolsillo está atracador y me dirijo al bar especialista en chilcanos, bebiendo con la libertad de saber que no manejo vehículo alguno, que mañana es domingo y puedo levantarme tarde. Es tal la tranquilidad y satisfacción del momento que resulta casi obsceno.

Pero me lo permito, es mi día.

jueves, 25 de mayo de 2017

Momentos para aprovechar

Camino por la calle, con la garúa dándome directo a la cara, no siento frío, no siento calor, cierro los ojos, camino y aspiro fuerte, fuerte.

Claro, alguien diría que hacer eso en una de las avenidas más transitadas (y medio peligrosa) de la ciudad es una invitación a la fatalidad, pero cuando andas en plan despreocupado y dejan de importarte algunas cosas, la buena estrella te acompaña.

La buena estrella debe haber encontrado algo distinto en mi aquella mañana, puesto que decidió seguir conmigo un rato más, esta vez mientras disfrutada de un cafecito en medio de las aburridas diligencias que me tocaba realizar: aprovechando el silencio de la recepción en cierto edificio gubernamental, se me ocurre ponerme los audífonos y esperar lo que me depare el shuffle, a riesgo de espantar a la buena estrella. Pero el astro puede con todo y me suelta la mejor versión de Not my idea, coronando así un momento particular y ridículamente feliz.

Continuando con el día, me dirigí al último destino de la mañana, el más pesado de todos, esperando un resultado poco favorable a mi causa.... Pero nada, la buena estrella se quedó a mi lado mientras era la orgullosa receptora de unas escrituras que ocuparon un año entero de trámites, subsanaciones, plazos vencidos y tantas cosas desmotivadoras más que, al rememorarlas mientras firmaba los cargos con mano temblorosa, me emocioné al punto de olvidar mi número de identificación personal, nada que una risa estúpida/nerviosa no pueda campear.

Viendo el desarrollo del día, me dije que no estaba demás tentar un poco al destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan, animándome a entrar a una casita de apuestas. ¿El resultado? Pude salir de aquel lugar con el pasaje de regreso, no me quejo.

La buena estrella sigue conmigo.


Así de linda es....

lunes, 22 de mayo de 2017

Con el café al lado

¿Qué talento especial tiene la gente feliz? Yo sé lo que es, pero no puedo aplicarlo, está en contra de mi naturaleza.

Le doy mucho valor al tiempo, pero en el sentido equivocado. En lugar de disfrutar el momento, me angustio pensando en que pronto se acabará, saco cuentas, me programo y nunca puedo relajarme por completo y aprovechar el más mínimo detalle. El tiempo se termina, es hora de despedirse y es ahí que caigo en cuenta de mi error. Ni para la foto.

El único sitio donde no sucede eso es en el trabajo, donde el tiempo transcurre espantosamente lento y son contadas las ocasiones en que el día se me pasa volando, tal desconcierto me genera que salgo de la oficina a paso de Gene Kelly bailando bajo la lluvia.

La gente feliz no tiene ese problema, la gente feliz pasa por la vida exasperando a los demás miserables que no podemos entenderlos y envidiamos su felicidad, la gente feliz es consciente de muy pocas cosas y esa abstracción es la que los libera de las preocupaciones mínimas.

Todo esto me pintaría como una persona racional y a los felices como, prácticamente, locos. Pasa todo lo contrario, puesto que a sabiendas de lo que necesito y lo que debo hacer, opto por ignorarlo y ser yo la de las locuras que me generan satisfacciones momentáneas que se acaban al rato. Como perder media mañana escribiendo esto, garantizándome un sobretiempo en la oficina que no será remunerado.

¡Chin!

jueves, 18 de mayo de 2017

jueves, 11 de mayo de 2017

Garbage's lessons (3)

Lesson three

Dicen que nadie se conoce mejor que uno mismo, pero, en mi caso, estoy casi segura que fácil hay una o dos personas que me conocen y hasta predicen mis siguientes pasos con mayor precisión que yo.

Excepto para el sexo.

Acá se da una extraña definición de “vasta experiencia limitada”, puesto que practicar sexo lo he practicado y bastante; por tanto, adquirí experiencia del acto. La limitación viene a presentarse por la cantidad de participantes con los que he compartido faenas horizontales: dos. Y como para darle algo más de realce al asunto, son personas de ambos géneros, uno más que otra, sí, pero cuenta igual, vivimos en democracia.

Hasta antes de empezar, cargaba, como much@s, el complejo aquel de que el sexo es sucio, un mal necesario para la reproducción humana y que sólo debería practicarse dentro del matrimonio. Una vez reprimidas, a medias, aquellas taras, quedaba el tema de los otros peligros que acarreaba el sexo si no se practicaba con responsabilidad: infecciones, embarazos y experiencias traumáticas que me alejaran definitivamente de las lides por temor a repetirlas. Habiendo investigado y teorizado bastante sobre lo que podía y no debía hacer, se podía decir que estaba lista para aventurarme, pero aún quedaba un pequeño detalle al aire. No había con quién.

Si bien, desde que empecé a pensar en sexo, tuve muchas ganas de experimentar, tenía mi lado romántico-conservador que me decía que sólo debía ser con alguien especial y no como deporte, actividad favorita de vari@s que, supongo yo, lo hacen por un tema de andar en la búsqueda constante del colaborador eficaz. Transcurrían los años, las amigas ganaban terreno y el “alguien especial” no se asomaba ni de chiste, así que empecé a plantearme la posibilidad de declararme frígida o mandarme con el primer incauto que apareciera y que me animara siquiera un poquito a darle curso. Y sucedió el milagro.

Definitivamente me considero afortunada, en parte, por mi historia particular. He oído, a veces con pena, otras con horror, historias nada felices sobre las primeras veces de la gente, las mismas que resultaban nada placenteras y que replanteaban muchas cosas en las personas involucradas. Claro que también hay las historias divertidas con gente que decidió no darle relevancia al asunto y que con el paso del tiempo fueron aprendiendo y disfrutando del sexo como debe ser.

En mi caso sumaron varios factores, los meses de antelación con el potencial candidato me fueron convenciendo que aquel era el “alguien especial”, su experiencia previa me auguraba buen trato y, por si fuera poco, me encontraba irremediable y culposamente enamorada, no había mucho (nada) que pensar. Fue ahí donde acumulé experiencia tanto por frecuencia como por variedad de repertorio, raramente nos imponíamos límites y llegamos a estrenarnos mutuamente con varias cositas.

Viví la solución de la revolución, como dice mi adorada Shirley….

True love is like gold
There's not enough to go around
But then there's god and doesn't god love everyone?
Give me a choice
Give me a chance to turn the key and find my voice
Sex is not the enemy



jueves, 4 de mayo de 2017

Oldie but goldie

He iniciado un “proyecto”, con socia y todo.

Soy muy nostálgica y añoro todo lo que en algún momento me hizo feliz o me hizo pasar buenos momentos. No desecho ningún recuerdo, todos los voy almacenando, listos para aparecer en el momento menos pensado (y más inoportuno, en algunos casos) y darme un golpecito de añoranza por lo vivido en tiempos más fáciles.

Es así que tengo mi radio web, la que está todavía en versión primitiva, ya que por algo se empieza, pero que me ha llenado de buenas vibras, me mantiene en la búsqueda casi constante de canciones olvidadas que fueron grandes éxitos en su momento y semana tras semana gana nuevos seguidores, gente extraña de todos lados que tiene afinidad con la música que dominó durante las dos últimas décadas (1990-2010). Las últimas que han valido la pena.

Debo decir que no es tarea fácil, la cantidad de alcohol consumida durante esos años, básicamente en mis veintes, ha destruido neuronas importantes y llevado a un lejano rincón de mi mente las canciones que instantáneamente me transportaban a mañanas soleadas sin ninguna obligación por delante, a jingles radiales que una tarareaba inconscientemente, a inocentes momentos de tensión cuando grababa en casete la canción que me gustaba, rogando que el DJ de turno no la malograra metiendo su voz al final.

La distribución de la música ha sufrido cambios considerables en los últimos tiempos, de pronto ya no es tan rentable la venta de discos, los álbumes se descargan directamente, la piratería cibernética hace su agosto y muchos de los artistas generan ganancias a través de sus conciertos. Todo pinta mal, igual que la calidad de lo ofrecido, puesto que no tengo artista o banda aparecidos en los últimos diez años que me encandile como los de antes.

A estas alturas, ya soy una ferviente creyente del “todo tiempo pasado fue mejor”.



jueves, 27 de abril de 2017

Desubicada

A veces hay noticias que si bien tratan temas polémicos y de mi total interés, decido pasarlas por alto porque mi quinto sentido me augura malos ratos leyéndolas.

Es así que hasta ahora, a más de una semana de acontecida y siendo tema casi desaparecido del radar, no me animo a enterarme sobre la bronca entre una periodista y dos argentinos que vinieron a promocionar un libro con la cantaleta “anti ideología de género”.

Según leí, muy someramente, Patricia (que así se llama la periodista), antes de retirarse del set, hizo un amago de desabrocharse la blusa para enseñar los pechos, a modo de protesta por la diferenciación que se hace entre los pechos femeninos y masculinos por la connotación sexual que acompañan siempre a los primeros. Las mujeres somos sexualizadas, denunciaba Patty…. Nada nuevo.

Pero lejos de indignarme por el flaco favor que le hacía a la causa, lejos de tratar de defender su acto tildado de intolerante, lejos de justificarla ante los homofóbicos/misóginos de turno y lejísimos de enterarme de la postura de los argentinos, a los que se les dio tribuna en demasía, yo sólo lamentaba y sigo lamentado un hecho, tal vez, irrepetible….

¡Nunca enseñó las tetas!

Entiéndase mi aflicción, no me juzguen tan pronto. Soy una firme convencida de la igualdad de derechos para mujeres y hombres, soy muy consciente de la tremenda discriminación de la que somos víctimas por pertenecer al “sexo débil”, de los prejuicios que cargamos por nuestro modo de vestir o comportar, de las etiquetas que nos endilgan de modo automático, de ser siempre las responsables de nuestras desgracias aun existiendo un victimario. Todo eso es grave y debe cambiar.

¡Pero yo quería ver tetas!

No estoy trivializando en absoluto la justa indignación de la polémica Patty, lo que sí no supero es que por unos segundos tuvo una inspiración sublime y brutal que hubiera dejado sin piso a los argentinos y a mí, seguramente, con una nueva obsesión.

Es que soy salvajemente humana, lo siento.

lunes, 17 de abril de 2017

Recomendado por especialistas

Esta canción trasciende al tiempo y recoge adeptos de todas las edades. En mi caso, me enamoró a mis cortísimos ocho años, en los que la melodía y el tono lastimero de las voces me conmovían, inconsciente yo de los pesares que el amor provocaría en mí más adelante, al punto de llorar a lágrima viva.



Era una niña de unos 10 u 11 años cuando los acordes de piano me advertían de una tristísima historia, ya el paso del tiempo me hizo ver que aparte de triste, la historia habla de una resignación a lo que “pudo ser y no fue”, que me remite, nuevamente a la travesía personal que sí pues, volvería a vivir si se me presentara la oportunidad. De otro modo, ¿cómo saber que estamos vivos?



Soy una enamorada de las palabras, me fascinan, me embelesan, me hacen el día. Y basta una palabra para cautivarme, basta una palabra para caer rendida. Y es con una palabra que me detuve a oír esta canción, melancólica y descriptiva del amor ideal, tan ideal que no termina bien. ¿Es que todos los finales deben ser infelices?



De cajón incluyo una de Garbage, la que junta café y obsesión y donde, por supuesto, todo termina mal. Shirley, cuando hace canciones de desamor, no descuida nada y siempre te deja para el arrastre, el mismo estado en el que ella terminó al fracasar su primer matrimonio y que tan abiertamente demostró a sus fans, dándome más motivos para admirarla sin condición. Cabe anotar que como ésta, hay muchas canciones más de Garbage que no incluyo de puro celosa que soy.



Y cierro con una canción que decidí dejar de oír por un tema de salud mental. Hermosa hasta el infinito, con una voz que acaricia y lacera a la vez, que expresa incertidumbre y desconcierto por no saber lo que pasó pero que una podría intuir de tanta experiencia oída y vivida, que busca desesperadamente respuestas, pero sabe que nunca las tendrá.



¿A qué viene tan deprimente recuento? Pues a que en mi hora de procrastinación mañanera (tan necesaria para sobrevivir al día), vino a mis curiosos ojos esta noticia que cuenta con un titular llamativo que me impulsó a darle click. Beneficioso autoflagelo.

martes, 11 de abril de 2017

Aching heart

¿Algún día dejarás de importarme, de dolerme, de provocarme emociones intensas, de trastornarme, de influir en mi estado de ánimo, de habitar de manera permanente en mi alma?

En días como hoy quisiera ser totalmente impasible a tu existencia, que nada que venga de ti me afecte, que sea parte de esa gran cantidad de gente que te ve pasar sin que les provoques la más mínima reacción, indiferentes.

En días como hoy quisiera pasar de todo y seguir con mi rutina, trabajar sin distracciones de ningún tipo, caminar de regreso a casa sin pensamientos sombríos, sin cuidarme de evitar sitios referenciales que me recuerden los buenos tiempos.

Como bien dice la canción “odio quiero más que indiferencia”. Porque, en días como hoy, te odio visceralmente, odio que me afectes hasta el punto de mandar todo al carajo, odio que me impidas disfrutar de las oportunidades que se me presentan porque no dejo de pensar en ti, odio que mi entorno no entienda de esta pasión desmedida y terminen por tirar la toalla conmigo.

Sé muy bien que no soy la única persona a la que tienes en este estado calamitoso. Sé que en tu historia hay encuentros y desencuentros mucho más graves que los nuestros. Sé que lo acá escrito no alterará tu curso. Los humanos tenemos este defecto de hablarle insistentemente a la pared.

Fútbol, bendito fútbol, tal vez en una semana exactamente a esta hora, estaré escribiéndote y adorándote sin límites por darme una muestra más de tu maravilla, de tu grandeza, de tu milagroso desenlace. Pero hoy permíteme depositar toda mi frustración en ti, permíteme dudar de tu capacidad de lograr imposibles, permíteme cebarme en ese 3-0 que me hará maldecir cada dos por tres durante el resto de la temporada europea.

A pesar de ello, no cambiaría nada de lo que me has dado. Porque tu presencia colorea, en blaugrana, mi vida.



jueves, 6 de abril de 2017

Garbage's lessons (2)

Lesson two

Son muy pocas las veces en las que puedo disfrutar en compañía de dos de mis actividades favoritas que no tienen mucho arraigo en mi entorno amical: caminar y tomar cerveza. A veces es sólo caminar, a veces es sólo cerveza y otras tantas las dos cosas, pero siempre siempre es un deleite, me encanta.

Recuerdo, con poca nostalgia, que tiempo atrás creía haber encontrado a la partner ideal para estos trajines, el tiempo y sus clásicas paradas de cabeza me hicieron ver que el alejamiento fue lo más sano para personalidades algo autodestructivas como las nuestras.

La vida se pasa mejor cuando encuentras al ser compatible con el que compartes esos gustos, dándote cuenta que incluso hay más cosas de las que disfrutar y que se van descubriendo durante el tiempo compartido, abriéndote a nuevas experiencias que definitivamente enriquecen tu, hasta hace poco, inalterable rutina.

Por eso estoy contando los minutos para una nueva incursión hacia lo desconocido, con la sensación que será desconocido bueno. Mi clásica apatía ha desaparecido, para dar paso a mi oxidada curiosidad, la que había dejado en el olvido hace tiempo, pero que ha vuelto a aparecer con fuerza para recordarme que obladi oblada life goes on bra!. Nunca es tarde para darse cuenta que alguien es "especial".

Debo admitir que esta sensación es conocida, ya veremos a dónde me lleva….



viernes, 31 de marzo de 2017

FYI

¿Cómo empiezo a escribir?
Generalmente, en el trabajo, utilizo un escrito anterior que guarde alguna relación con el que me toca hacer, así sólo tenga al destinatario como único factor común, porque eso me da un impulsito para desarrollar el tema y no aburrirme a morir por no saber cómo empezar. Tedioso, pero manejable.

Escribir acá, en cambio, es un verdadero desafío, el “impulsito” viene de ideas sueltas o pensamientos del momento que así como vinieron, se van sin dejar rastro y siempre tengo que empezar con un rectángulo en blanco, lo que me muestra el Word cuando abro un documento nuevo, entrándome pereza, agobio, emoción, pesimismo, grandes expectativas y un sinfín de emociones que quedan más o menos satisfechas cuando le doy click al botón de “Publicar”.

Este botón....


¿Dónde más escribo?
Escribo a mano, sólo para mi, mayores tonterías a las publicadas por acá. Hubo un tiempo, ya casi quince años de ello, que me dedicaba a transcribir las líneas que más me llamaban la atención de un libro, dejando de lado aquella generalizada costumbre de rayarlos, pensando que mientras más inmaculados permanezcan, mejor. Aquellas transcripciones, a mano, las tenía en un cuadernito que originalmente debía utilizarse en el colegio, pero que lo reservé para extractos de Pan (Hamsun) y Tres Historia de Amor (Turguénev) en su mayoría y otros libros de los que ahora no guardo mayor recuerdo.
Y tal como vino el cuadernito, se fue, llegando otros en su reemplazo, siempre con orígenes académicos que mi desidia hacía abandonar o descuidar, pasando a ser una especie de diarios personales llenos de garabatos de lápiz (mi herramienta favorita, muy por encima del lapicero) que hacían mi entonces simple existencia en algo un poco más entretenido.

¿Por qué sigo escribiendo?
Porque es parte esencial de mi vida y dudo mucho que lo deje de hacer alguna vez, las notas mentales me quedan chicas y mi cabeza suele llenarse de tantas cosas que debo drenarla de cuando en cuando para que me deje de doler y no me vuelva una adicta a la aspirina. Ponerles un orden a esas ideas y adecentarlas para su publicación y escribir atropelladamente en cuadernos que deberé guardar en una caja fuerte para que no caigan en manos extrañas que ameriten un internamiento a algún centro siquiátrico, pronto pronto que el tiempo no está para hacernos favores.

¿La gente me escribe?
Sin contar con las redes sociales, tan a la mano gracias a los smartphones, donde se dan conversaciones del día a día, no suelen escribirme. Parece mentira que ya haya “pasado de moda” que se manden correos electrónicos personales, limitándolos al plano laboral en donde si hay escritas dos líneas, es un milagro. Incluso en mis inicios, percibía que la gente era muy poco propensa a escribir y mucho menos leer, son poquísimos los que conozco (fácil dos) que gusten, más allá de las obligaciones cotidianas, tanto de leer como de escribir a mano; curiosamente, son los que menos bonita tienen la letra, reconociendo que la mía es fea feísima. Y orgullosa estoy de ella.

Qué bonito me ha quedado el ejercicio, casi novedoso, que me ayudará a fundamentar mis respuestas en caso me hagan preguntas que requieran algo más que un sí o un no. Porque toda pregunta que pueda ser totalmente respondida con monosílabos, no es trascendente.

lunes, 27 de marzo de 2017

Ídolos caídos

No sé si es la madurez que ha decidido aparecer en mi vida, parece recién enterarse que ya entré a la base tres, pero desde hace un tiempo he venido cuestionando personajes que antes eran casi intocables.

El más cercano, definitivamente, es el que durante mucho tiempo fue mi ejemplo a seguir, a pesar que tenía siete años la última vez que lo vi, guardaba el mejor de los recuerdos de L, siempre cariñoso, firme cuando la situación lo ameritaba, con un sentido de la justicia y solidaridad que no he vuelto a ver en otro ser humano y con un profundo amor por su familia y todo lo que ella implicaba. Jamás lo vi perder la paciencia, nunca estuvo molesto y siempre tenía tiempo para oír las tribulaciones de una pequeña que lo admiraba completamente. Con el paso de los años y el desarrollo de las cosas, la imagen de L fue variando para ir convirtiéndose en como lo veo ahora: idealista, engañado, cuyas prioridades confundidas lo llevaron a tomar decisiones egoístas que a nadie, mucho menos a L, dejaron contento. Bueno como pocos, pero irremediablemente humano.

Yendo a un lado más soft, recuerdo la fidelidad casi obsesiva con la que seguía todos los partidos de Rafael Nadal, máximo ídolo del tenis que incluso me llevó a dejar de ver un partido de fútbol (Barcelona vs. Bilbao, ni más ni menos) para seguir su desempeño en una épica semifinal con Guillermo Coria que me hizo delirar punto tras punto. Pero, para mí, falló estrepitosamente al no reconocer que su tiempo terminó. Evidentemente no estoy hablando de su técnica de juego, la que ha ido mejorando con el paso de los años, tampoco de la sequía de títulos que han marcado sus últimas temporadas, no soy tan mezquina. Lo que le reprocho y casi que no se lo perdono, es haber perdido su capacidad de lucha, aquella cualidad que le hizo único, el de los puntos imposibles que jamás daba una bola por perdida, el que remontaba dos sets para forzar un quinto, el que sin importar la apretada derrota o la holgada victoria, vivía intensamente cada punto. Su corazón se enfrío y basta verlo aparecer en la cancha para darme cuenta que el luchador indomable ya no está.

Si antes me resultaba difícil responder a la pregunta de ¿a quién admiras?, hoy lo tengo clarísimo, la admiración es una valoración que no debe entregarse así nomás y que más allá de reconocer una buena acción o actuación consecuente de parte de terceros, no me alcanzará para confesarme fervorosa e incondicional de alguien. Y menos en un mundo donde todo parece irse, poquito a poquito, a la mierda.

viernes, 10 de marzo de 2017

To Susan....

Salí del cine, perpleja por lo que acababa de ver.

Días antes, conversaba con un amigo sobre la venganza, cómo yo veía el asunto, con mis dudas al respecto y mis teorías absurdas…. hasta que Juan, con su clásico estilo, me dijo “querida, si no ves Nocturnal Animals, no sabes nada de la venganza”. Digamos que una no necesita de muchas razones para ver a Amy Adams en pantalla grande, pero aquel comentario acrecentó mis ganas.

Entonces, la película, la venganza.

¿Qué tan liberadora es? ¿Tu alma queda en paz? ¿Aleccionas a la persona que la recibió? Luego de la película, nada de eso me quedó claro, debe ser que vi una venganza muy particular, alejada de las generalidades de la gente común. Largamente pensada, esta venganza sumergió en la más profunda miseria a ambas partes y una, como espectadora, queda con una sensación de inconformidad; porque te sabe bien la venganza, siempre que haya un lado triunfador, el lado justiciero de preferencia. Lo que no se dio acá.

Y para más confusión, sentí lástima por la humillada, y ya perturbada, Amy. Desde luego, lo suyo fue altísima traición, pero el arrepentimiento inmediato y la vida tortuosa que llevó en adelante, me parecieron castigos suficientes para sus actos. Luego está el vengado Jake Gyllenhaal, que no tenía porqué considerar esas variables al momento de ejecutar su acto final. Igual, él también está destrozado.

Si tuve alguna certeza, fue la de haber presenciado una verdadera obra maestra, tan acertada al plantear su historia, cruda como pocas, que te deja pensando, aun con tus limitaciones, en lo simple y complejo que es el ser humano. Porque sí, la venganza podrá ser un acto casi primitivo, pero es su desarrollo y desenlace el que te diferencia del común denominador.



lunes, 6 de marzo de 2017

Paralelo

Soy zurda, zurda de nacimiento.

Nadie me enseñó a serlo, nadie me convirtió, simplemente nací así y, desde que tengo uso de razón, recuerdo los comentarios maliciosos (debe ser bien incómodo, qué rara eres) y “recomendaciones” de enderezamiento que gente desconocida le daba a mi madre para que yo dejara tan fea costumbre (sujétele el brazo a la espalda, a la fuerza usará la derecha).

Reconozco que tuve suerte de crecer en una familia libre de ciertos prejuicios y que mis padres jamás intentaron convencerme o siquiera insinuarme que usar la mano derecha sería lo mejor para mí.

Ahora, ya adulta y zurdísima, veo con malestar que la sociedad ha cambiado poco respecto al asunto; he sido testigo de la preocupación de una persona cercana respecto a los primeros indicios de la zurdera en su pequeño hijo, preocupación provocada por el prejuicio y la falta de compromiso de una profesora de inicial que quiere tomar el camino fácil de volver diestro a un zurdo y así evitarse la fatiga de tener ella que adecuarse a la necesidad de su alumno, algo que, desde luego, es lo que debería hacer.

Me pregunto entonces, qué hubiera sido de mí si mis padres hubieran sido nada comprensivos, si en nombre de lo considerado “normal” y, mediante métodos tortuosos, me hubieran obligado a torcer mi naturaleza. Claro, habrían actuado basados en el argumento de “yo crío a mis hijos como me da la gana y nadie debe meterse”…. ¿De verdad nadie debe meterse?, ¿puedes moldear a tus hijos de acuerdo a tus comodidades?, ¿es correcto que les transmitas tus prejuicios?.

Quiero creer que no, quiero creer en la libertad que todo individuo debe tener desde su nacimiento, quiero creer que no tratamos a los niños como receptáculos sin voluntad ni pensamientos propios en el cual podemos depositar todas nuestras frustraciones, miedos y complejos. Dejemos de pensar en el qué dirán de la gente, no destruyamos el espíritu de nuestros niños con ideas absurdas y desfasadas.

No es pedir demasiado, es una simple cuestión de derechos y sentido común.

martes, 21 de febrero de 2017

Garbage's lessons (1)

Lesson one

Si habláramos de personas intachables, ¿podríamos mencionar a una?

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sucumbido a lo socialmente reprobable, si se ha superado y olvidado, igual esa “mancha” nos acompañará el resto de la vida, peor aún si ha sido de conocimiento público, puesto que no faltará alguien, generalmente malintencionado, que nos lo haga recordar de tanto en tanto.

Esto abarca a la población mundial, NADIE se salva de ello y los que logran mantener oculto su más oscuro secreto, viven atormentados por el momento del desenlace final. Suele pasar que ese desenlace llega más temprano que tarde y, pasado un tiempo prudencial, todo pareciera superarse.

Siempre nos hacemos un autoexamen, más o menos honesto, sobre lo que está bien y mal en nuestra vida, reconocemos nuestros fallos y tenemos medianamente claro lo que debemos hacer para ir por el camino correcto. De pronto y sin venir a cuento, viene un tercero a darte muestras de altitud moral y hacerte saber que jamás saldrás adelante.

La reacción de uno ante ello siempre dependerá de la persona aleccionadora, la que en la mayoría de casos tiene una coraza de político única que le impide ver la incoherencia entre su discurso y su estilo de vida. Para eso, necesitas estilo.

¿Qué hacer? Personalmente, mi primera reacción siempre será la de no responder, que la persona en cuestión lo tome como asentimiento o cobardía, es su rollo. Pero luego entra a tallar mi lado malicioso, que sí lo tengo, empezando a elucubrar mil y un fantasías que casi nunca realizaré, permitiendo a mi mente regodearse en ellas, poco a poco me voy calmando.

Pretender dar el ejemplo en algo, puede resultar un arma de doble filo, no digo que no se aconseje o recomiende, pero si no diferencias el consejo indulgente de la moralina manifiesta, puedes terminar expuesto en tus propias miserias.



Todos tenemos nuestro dirty little secret….