....Y este vendría a ser mi segundo
sueño vívido, real, mágico y alborotador en mi vida.
Ya antes Rafael Nadal había
aparecido en plena fase V para, digámoslo coloquial y directamente, bajarme los
calzones y hacerme delirar con cosas que hasta ese momento sólo imaginaba y
anhelaba, porque a mis cortos e inexpertos 22 años ni siquiera había besado,
por lo que las hormonas complotaron para perder mi virtud, al menos en el mundo
onírico, en manos y más del portento físico que aún es este tenista español, lo
que me generó un despertar sobresaltado en plena madrugada y luego un amanecer
descansado y sonriente por la mañana no tan temprano.
Pero ayer fue distinto y, si
cabe, más real. Era al aire libre, tal vez en la locación de algún videoclip,
andaba yo en búsqueda de alguna oportunidad de acercamiento, de hacerme notar
ante mi diosa particular, que se entere de mi existencia, que me dirija alguna
palabra o mirada…. Y así sucedió.
Captó mi presencia y en un tono
que pretendía ser severo (y que a mí me heló la sangre), me llamó a su lado
para pedirme explicaciones sobre mi comportamiento stalker. Lo maravilloso de los sueños es que muchas cosas se dan
para que puedas vivir tu fantasía a plenitud, es así que me encontré
barboteando un inglés más que decente para explicarle a Shirley el motivo de mi
vigilancia, desde relatarle el frustrado encuentro en el aeropuerto en su
primera visita a mi país, hasta los escasos minutos de compartir junto con
otros adoradores suyos en el hotel donde se hospedó aquella vez, al que, por
cierto, no asistí pero igual no había modo que Shirley lo notara.
A esas alturas, yo hubiera sido
capaz hasta de negar a mi madre y de inventar mil fantasías con tal de
conseguir un guiño de aprobación por parte de mi diosa particular, de alargar
mi estadía a su lado, de tener el tiempo suficiente para que Shirley encontrara
algo interesante en mí, de decirle algo tan gracioso que la hiciera carcajear
para oír en vivo ese sonido tan poco delicado, tan suyo, que me eriza toda la
espalda. Shirley es disfrutable en muchas etapas y hasta verla furiosa sería un
deleite, aun si esa furia estuviera dirigida o provocada por una.
Y ahí estaba, alargando hasta lo
imposible esta extraña conversación, hasta que Shirley hizo algo que, de hecho,
habría cambiado mi vida para siempre. Llamó a alguien que estaba cerca y le
pidió su celular, iba a tomarse un selfie
conmigo. Mi corazón explotó en ese momento, iba llevarme a casa una huella
imperecedera de mi encuentro con una persona que, a la distancia, con su
música, personalidad y actitud demoledora, me ha entregado momentos significativos
y felices, pequeñas reivindicaciones que hicieron más llevadera esta vida, me
permitió desconectarme de todo y saber que la música es, muchas veces, el abrazo
de Heimlich que nos desahoga del atoro al que sucumbimos con facilidad.
Pero no olvidaba que, después de
todo, esto no era más que un sueño y segundos antes del click que eternizaría
este encuentro, me desperté, algo frustrada por el cruel no-desenlace.





