Qué bonito es cerrar el año enamorada y sabiéndote amada por una persona que, en un acto de pura valentía, se plantó frente a ti, sin importale las dificultades propias de sus circunstancias y decidió que el amor lo podía todo.
¿A qué saben sus besos? ¿Cómo se sienten sus
labios?
Sé que ella se plantará ante mí y con ese
cancherismo y seguridad que me desquician, sostendrá mi rostro entre sus manos
y se irá acercando poco a poco, con la media sonrisa dibujada en su boca, boca
que hará contacto con la mía, seca por los nervios y expectación, para darme
vida y calor.
Sé que el primer roce me hará temblar entera,
mis piernas se olvidarán de sostenerme y mi corazón, órgano que latido a latido
mide la inmensidad de mi amor, bombeará en mi pecho a ritmo de taquicardia.
Pero no puedo paralizarme, no ante este
encuentro largamente esperado y, por fin, concretado. Entonces dejo de lado mi
inveterada timidez y le rodeo la cintura con mis brazos, acercándome cada vez
más, poniéndome en puntitas de pie y así alcanzar sus labios y entregarle los
míos. En ese momento mis preguntas tendrán respuesta.
Suavidad, tibieza, humedad y amor, mucho amor.
No puedo pedir más, no necesito más, sólo su presencia, su tacto, su calor y su
voz (¡¡esa voz!!) en mi oído diciéndome “te quiero, boluda...”.
No sé si me rendí o resigné a la orfandad
sentimental, si perdí la ilusión o asumí que la soledad era lo que más
combinaba conmigo, que el historial turbio me había vencido sin siquiera
presentar lucha... el asunto es que dejé que pasaran los días mientras me movía
por el mundo sin nadie a mi lado izquierdo.
Así transitaba por el camino de la
intrascendencia sin enterarme que alguien venía observándome desde la
distancia, viendo en mi aquello que le generaba interés, apreciando eso que
tengo llamado personalidad y que al parecer le encanta, conociéndome en la
interna de un grupo maravilloso que supo acogerme y al que me pude acoplar de
una forma que jamás habría imaginado de un colectivo tan diverso.
No tenía idea de lo que se me avecinaba, cuando
una noche, en la complicidad que nos da su oscuridad y relativa calma, sin
venir a cuento y sin mayores intenciones, le pedí que escuchara una canción que
estaban pasando por la radio. Para mi buena estrella, no la conocía, así que
pudo sentir la emoción de la primera vez (de la que ya escribí un tiempo atrás)
de mi mano y así compartir un nuevo gusto más a los otros que poco a poco
fuimos descubriendo.
Tengo que reconocer que tiempo atrás vi una
oportunidad lejana, que la ilusión de “algo más” fue fugaz, pequeñita, casi
imperceptible, que me iba auto convenciendo que las coincidencias que descubríamos
no eran más que para afianzar la bonita amistad que ya teníamos; sin sospechar
que en su interior iba creciendo un sentimiento incontrolable que le llevó a
confesarme algo que yo estuve sospechando en días previos pero que igual me
negaba a creer. Escribo esto y mi corazón vuelve al ritmo acelerado que tenía
aquella noche, otra vez de noche, cuando dijo todo lo que llevaba dentro y que
ya no podía ignorar. Y le correspondí, por supuesto que lo hice, no podía ser
de otro modo.
De su mano he descubierto una emoción que creía
conocida pero que ahora me doy cuenta que no tiene absolutamente nada que ver
con la historia pasada, que es posible ilusionarse sin la preocupación por cómo
se hará para que funcione, que cuando hay verdadera confianza, la apertura
fluye de una forma tan natural que no necesitas aclaraciones ni topes porque ya
lo saben sin decírselo y, sobre todo y más importante, te das cuenta que lo
mereces, mereces que te quieran con todo lo sano, intenso y bonito que se pueda
dar. Eres capaz de interesar y más a otra persona por cómo eres sin traicionar
tu esencia y sin causar daño, de entregarle tus miedos e inseguridades sabiendo
que del otro lado encontrarás lo mismo y que se embarcarán a un aprendizaje
mutuo, desde la inexperiencia y la falta de costumbre, para quererse bien.
Me tendrá que perdonar la intensidad, pero no
puedo evitarlo...
Me encanta su voz, su risa, sus susurros, su
adorable sonrojo, su cancherismo al momento de refutarme algo, su ternura, su
buen gusto para la música, el fútbol, la cerveza y para elegir pareja. Es
decir, yo.
Ya no recuerdo cuándo es que empecé con esta
mala rutina del sueño interrumpido, el despertarme en mitad de la noche y
quedarme en vela, el terminar la jornada agotadísima y que eso no sea garantía
para un sueño largo, profundo y reposado, el refugiarme en la lectura digital
esperando que la somnolencia venga a mi fatigado cuerpo. Nada funciona, no hay
meditación que me rescate, mis ojos abiertos y mi mente dispersa hacen de las
suyas y no se rinden hasta no ver los primeros destellos del amanecer.
Claro que lamento las consecuencias, no es
normal estar en tu escritorio tratando de concentrarte en redactar una
respuesta al jefe de cierta oficina de recursos humanos mientras tus ojos se
resisten a fijar la vista y tu cerebro se niega a obedecer tu voluntad de
cumplir con el trabajo encomendado. Y si a eso le sumamos mi más reciente
propósito de vida de reducir el consumo de Coca Cola, no hay manera de salir
airosa.
Otra consecuencia de ello es olvidar por
completo los sueños que adornan mi fase REM. A pesar de tener la seguridad de
haberlos tenido, no hay modo que su recuerdo venga a mi tiempo consciente.
Hasta ayer.
Y visto lo recordado, habría agradecido un
olvido más.
Va a ser difícil que borre de mi mente el
recuerdo de un gorila matando de la peor manera a un tigre para casi
inmediatamente después tropezar y terminar empalado en un tronco seco de por
ahí y en plena agonía mortal parir un caballo. Felizmente desperté antes de ver
el alumbramiento en su totalidad, pero digamos que una cabeza de caballo
asomando por donde nunca debería asomar, es suficiente para un trauma de
regular duración.
Pasado el susto, consulté a mi amiga sicóloga
sobre el por qué mi cerebro procesó un escenario tan perturbador como ese. Ella
se limitó a responder “estás estresada boluda, pasáte la manito o sobate con
alguien, te urge.”. Pasando por alto su marcado acento de Punta del Este (que
me encanta), me di cuenta que equivocada no estaba en lo del estrés ni en lo de
urgir, pero eso significa que tal vez deberé acostumbrarme a estos sueños.
Pues no hay mandala que me quite el estrés ni
cuerpo que me alivie la urgencia.
Siendo una persona poco dada a las
proyecciones, me cuesta mucho planificar las cosas y en las raras veces que lo
hago, se tratan de eventos de especial significancia que me generan una emoción
inédita en mi parco carácter. Y es por eso que esas oportunidades deben ser
aprovechadas al máximo.
Con esta introducción grafico el quiebre
interno por el que pasé al ser plenamente consciente de que mi tan esperado
cumpleaños del año 2020, por el cual llevaba esperando desde el 2015 por ser
una edad especial, no podía ser celebrado con la piñata de rigor y la compañía numerosa.
Gracias, puto cobi, gracias.
Obviamente no llego al egoísmo de creerme
gravemente perjudicada por el impedimento de festejar ya no uno sino dos
cumpleaños, por supuesto que no. No sería la primera desilusión de mi vida. Pero
empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo conmigo y mi entorno cercano con
el que comparto edad, aficiones y amarguras, puesto que caí en cuenta, casi sin
sentirlo, que se nos estaban yendo de las manos nuestros últimos años potables,
se nos escurría el final de la etapa de locuras y desenfrenos, se nos estaba cerrando
la puerta de la dulce impunidad en nuestras caras sin que pudiéramos hacer nada
para evitarlo.
Recordaba con Helena nuestra última salida nocturna
antes de que nos encerraran en nuestras casas, el cómo pasamos de la sangría a
la cerveza y al vodka sin mayor sobresalto, el haber estado la mayor parte de
la noche de pie, al lado de la barra, sin que nos doliera la espalda, el salir
del bar con rumbo a un 24 horas que nos proveyera de buen alimento (salchipapa
para mí, tallarines para ella) y regresar al hogar para apoyar la cabeza en la
almohada mientras ya empezaba a salir el sol.
Hoy que la pandemia parece empezar a
controlarse, que contamos con vacunas y que las restricciones cada vez son
menos, ambas nos dimos cuenta que una noche como la de aquel lejano febrero de
2020 difícilmente podríamos repetirla ahora. El confinamiento nos ha oxidado
articulaciones y reducido el aguante, no soportaríamos estar en un sitio
cerrado con gente alrededor y tampoco pasaríamos de un solo tipo de trago en
una sola ronda, porque nuestro cuerpo se agarrotó y todo lo que implique salir
de los últimos y rutinarios dos años implica alto riesgo de pasarla mal al día
siguiente.
De mi piñata inicial, sólo queda el recuerdo de
lo que pudo ser y no fue. Una de las tantas deudas que la vida tiene conmigo y
que se me quedará debiendo.
Soundtrack melancólico, celebrando que hace dos
años oía esta misma canción mientras sostenía mi cerveza....
Un sábado, después
de más de dos horas de juegos e historias inventadas con mi sobrino, terminé
con la garganta resentida, lo que se tradujo en afonía y dolor de oídos al día
siguiente, sumándole a ello un dolor de cuello y espalda que atribuí al colchón
ajeno que compartí esa noche.
A los dos días
empecé con los estornudos, los cumplidos y los frustrados, que me tenía con los
ojos irritados y la nariz filtrante, lo que yo supuse se debía al haber dormido
con la ventana abierta y las ropas ligeras (osea, nada).
Ya para el
martes, cuarto día de “síntomas”, mi jefe, alertado por mi mirada febril, me
mandó a hacerme la bendita prueba molecular, consistente en la profanación de
fosas nasales y garganta con largos hisopos manipulados por personal médico,
que por más considerados y delicados que intenten ser, no podrán evitar nunca
las lágrimas y las arcadas. Es así que pasé la prueba y me mandaron a casa por
tres días, los que se iba a tomar el hospital para sacar los resultados.
Ya en casa, los
estornudos aumentaron, la tos apareció y mi cuerpo pedía clemencia, igual yo
mantenía la fe en que todo esto se trataba de la gripe que se me pega al inicio
del verano. A pesar de ello, me aislé en mi cuarto y mi madre me pasaba los
alimentos desde la puerta, ambas con la mascarilla puesta. Pasé el primer día
en cama, simplemente no podía/quería levantarme.
El segundo día
fue un calco del anterior.
El tercer día me
sentí un poco mejor y hasta me animé a prender la tele y pasar canales uno tras
otro sin ver nada, una de mis actividades favoritas que no hacía desde hace
tiempo.
Llegué al cuarto
día y no tenía resultado de la prueba, como mi voz cambió su habitual timbre
chillón por una más propio de persona con traqueotomía, mi jefe me dijo que
permaneciera en casa. Todo indicado por teléfono para asegurarse que no me
aparecería por la oficina.
Y así pasaron
cinco, seis, siete y ocho días desde la toma de muestra y cuatro días desde la
aparición de “síntomas”, por lo que sumando uno y otro y considerando las
indicaciones dictadas por los especialistas, mi ciclo viral (probable COVID) ya
habría concluido, lo que me facultaba a retomar mi actividad diaria, lo que
incluyó como primer paso, el regresar a mi estresante y entrañable trabajo, del
cual quise huir antes del mediodía de mi reincorporación.
Estaba en casa.
A los dos días
de haber regresado a mi trabajo, salieron los benditos resultados.
Positivo en
COVID, negativo en el amor (#OkNo).
De todo aquello
me quedó la experiencia de haber finalmente sucumbido a tan mal bicho, en un
momento en el que mi cuerpo ya contaba con tres dosis de vacuna, lo que impidió
un desenlace nefasto y hasta fatal, agradeciendo a todos los cielos que tanto
yo como los míos hayamos podido perseverar en los momentos más complicados de
la pandemia.
Se va viendo que
enero no es mi mes, pasando por un cuadro de apendicitis el 2021, el puto cobi
el 2022, espero con ansias lo que me depara enero de 2023, poniendo a prueba
ese dicho de la hierba mala.
De mi soundtrack pandémico, rescato esta
canción, una con nostalgia y toxicidad a partes iguales....