sábado, 31 de diciembre de 2022

Gatito bailarín

Qué bonito es cerrar el año enamorada y sabiéndote amada por una persona que, en un acto de pura valentía, se plantó frente a ti, sin importale las dificultades propias de sus circunstancias y decidió que el amor lo podía todo.

Hoy no puedo hacer más que darle la razón.




jueves, 21 de julio de 2022

Veintisiete

¿A qué saben sus besos? ¿Cómo se sienten sus labios?

Sé que ella se plantará ante mí y con ese cancherismo y seguridad que me desquician, sostendrá mi rostro entre sus manos y se irá acercando poco a poco, con la media sonrisa dibujada en su boca, boca que hará contacto con la mía, seca por los nervios y expectación, para darme vida y calor.

Sé que el primer roce me hará temblar entera, mis piernas se olvidarán de sostenerme y mi corazón, órgano que latido a latido mide la inmensidad de mi amor, bombeará en mi pecho a ritmo de taquicardia.

Pero no puedo paralizarme, no ante este encuentro largamente esperado y, por fin, concretado. Entonces dejo de lado mi inveterada timidez y le rodeo la cintura con mis brazos, acercándome cada vez más, poniéndome en puntitas de pie y así alcanzar sus labios y entregarle los míos. En ese momento mis preguntas tendrán respuesta.

Suavidad, tibieza, humedad y amor, mucho amor. No puedo pedir más, no necesito más, sólo su presencia, su tacto, su calor y su voz (¡¡esa voz!!) en mi oído diciéndome “te quiero, boluda...”.

 

 

Festejemos que la vida nos unió.

 

miércoles, 1 de junio de 2022

Mira por dónde...

No sé si me rendí o resigné a la orfandad sentimental, si perdí la ilusión o asumí que la soledad era lo que más combinaba conmigo, que el historial turbio me había vencido sin siquiera presentar lucha... el asunto es que dejé que pasaran los días mientras me movía por el mundo sin nadie a mi lado izquierdo.

Así transitaba por el camino de la intrascendencia sin enterarme que alguien venía observándome desde la distancia, viendo en mi aquello que le generaba interés, apreciando eso que tengo llamado personalidad y que al parecer le encanta, conociéndome en la interna de un grupo maravilloso que supo acogerme y al que me pude acoplar de una forma que jamás habría imaginado de un colectivo tan diverso.

No tenía idea de lo que se me avecinaba, cuando una noche, en la complicidad que nos da su oscuridad y relativa calma, sin venir a cuento y sin mayores intenciones, le pedí que escuchara una canción que estaban pasando por la radio. Para mi buena estrella, no la conocía, así que pudo sentir la emoción de la primera vez (de la que ya escribí un tiempo atrás) de mi mano y así compartir un nuevo gusto más a los otros que poco a poco fuimos descubriendo.

Tengo que reconocer que tiempo atrás vi una oportunidad lejana, que la ilusión de “algo más” fue fugaz, pequeñita, casi imperceptible, que me iba auto convenciendo que las coincidencias que descubríamos no eran más que para afianzar la bonita amistad que ya teníamos; sin sospechar que en su interior iba creciendo un sentimiento incontrolable que le llevó a confesarme algo que yo estuve sospechando en días previos pero que igual me negaba a creer. Escribo esto y mi corazón vuelve al ritmo acelerado que tenía aquella noche, otra vez de noche, cuando dijo todo lo que llevaba dentro y que ya no podía ignorar. Y le correspondí, por supuesto que lo hice, no podía ser de otro modo.

De su mano he descubierto una emoción que creía conocida pero que ahora me doy cuenta que no tiene absolutamente nada que ver con la historia pasada, que es posible ilusionarse sin la preocupación por cómo se hará para que funcione, que cuando hay verdadera confianza, la apertura fluye de una forma tan natural que no necesitas aclaraciones ni topes porque ya lo saben sin decírselo y, sobre todo y más importante, te das cuenta que lo mereces, mereces que te quieran con todo lo sano, intenso y bonito que se pueda dar. Eres capaz de interesar y más a otra persona por cómo eres sin traicionar tu esencia y sin causar daño, de entregarle tus miedos e inseguridades sabiendo que del otro lado encontrarás lo mismo y que se embarcarán a un aprendizaje mutuo, desde la inexperiencia y la falta de costumbre, para quererse bien.

Me tendrá que perdonar la intensidad, pero no puedo evitarlo...

Me encanta su voz, su risa, sus susurros, su adorable sonrojo, su cancherismo al momento de refutarme algo, su ternura, su buen gusto para la música, el fútbol, la cerveza y para elegir pareja. Es decir, yo.

Te quiero, boluda.


Y sí, se animó.

viernes, 4 de marzo de 2022

Un gorila, un tigre, un tronco y un caballo

Ya no recuerdo cuándo es que empecé con esta mala rutina del sueño interrumpido, el despertarme en mitad de la noche y quedarme en vela, el terminar la jornada agotadísima y que eso no sea garantía para un sueño largo, profundo y reposado, el refugiarme en la lectura digital esperando que la somnolencia venga a mi fatigado cuerpo. Nada funciona, no hay meditación que me rescate, mis ojos abiertos y mi mente dispersa hacen de las suyas y no se rinden hasta no ver los primeros destellos del amanecer.

Claro que lamento las consecuencias, no es normal estar en tu escritorio tratando de concentrarte en redactar una respuesta al jefe de cierta oficina de recursos humanos mientras tus ojos se resisten a fijar la vista y tu cerebro se niega a obedecer tu voluntad de cumplir con el trabajo encomendado. Y si a eso le sumamos mi más reciente propósito de vida de reducir el consumo de Coca Cola, no hay manera de salir airosa.

Otra consecuencia de ello es olvidar por completo los sueños que adornan mi fase REM. A pesar de tener la seguridad de haberlos tenido, no hay modo que su recuerdo venga a mi tiempo consciente.

Hasta ayer.

Y visto lo recordado, habría agradecido un olvido más.

Va a ser difícil que borre de mi mente el recuerdo de un gorila matando de la peor manera a un tigre para casi inmediatamente después tropezar y terminar empalado en un tronco seco de por ahí y en plena agonía mortal parir un caballo. Felizmente desperté antes de ver el alumbramiento en su totalidad, pero digamos que una cabeza de caballo asomando por donde nunca debería asomar, es suficiente para un trauma de regular duración.

Pasado el susto, consulté a mi amiga sicóloga sobre el por qué mi cerebro procesó un escenario tan perturbador como ese. Ella se limitó a responder “estás estresada boluda, pasáte la manito o sobate con alguien, te urge.”. Pasando por alto su marcado acento de Punta del Este (que me encanta), me di cuenta que equivocada no estaba en lo del estrés ni en lo de urgir, pero eso significa que tal vez deberé acostumbrarme a estos sueños.

Pues no hay mandala que me quite el estrés ni cuerpo que me alivie la urgencia.

Sí, el sueño vino con canción de fondo....

jueves, 17 de febrero de 2022

Impunidad perdida

Siendo una persona poco dada a las proyecciones, me cuesta mucho planificar las cosas y en las raras veces que lo hago, se tratan de eventos de especial significancia que me generan una emoción inédita en mi parco carácter. Y es por eso que esas oportunidades deben ser aprovechadas al máximo.

Con esta introducción grafico el quiebre interno por el que pasé al ser plenamente consciente de que mi tan esperado cumpleaños del año 2020, por el cual llevaba esperando desde el 2015 por ser una edad especial, no podía ser celebrado con la piñata de rigor y la compañía numerosa. Gracias, puto cobi, gracias.

Obviamente no llego al egoísmo de creerme gravemente perjudicada por el impedimento de festejar ya no uno sino dos cumpleaños, por supuesto que no. No sería la primera desilusión de mi vida. Pero empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo conmigo y mi entorno cercano con el que comparto edad, aficiones y amarguras, puesto que caí en cuenta, casi sin sentirlo, que se nos estaban yendo de las manos nuestros últimos años potables, se nos escurría el final de la etapa de locuras y desenfrenos, se nos estaba cerrando la puerta de la dulce impunidad en nuestras caras sin que pudiéramos hacer nada para evitarlo.

Recordaba con Helena nuestra última salida nocturna antes de que nos encerraran en nuestras casas, el cómo pasamos de la sangría a la cerveza y al vodka sin mayor sobresalto, el haber estado la mayor parte de la noche de pie, al lado de la barra, sin que nos doliera la espalda, el salir del bar con rumbo a un 24 horas que nos proveyera de buen alimento (salchipapa para mí, tallarines para ella) y regresar al hogar para apoyar la cabeza en la almohada mientras ya empezaba a salir el sol.

Hoy que la pandemia parece empezar a controlarse, que contamos con vacunas y que las restricciones cada vez son menos, ambas nos dimos cuenta que una noche como la de aquel lejano febrero de 2020 difícilmente podríamos repetirla ahora. El confinamiento nos ha oxidado articulaciones y reducido el aguante, no soportaríamos estar en un sitio cerrado con gente alrededor y tampoco pasaríamos de un solo tipo de trago en una sola ronda, porque nuestro cuerpo se agarrotó y todo lo que implique salir de los últimos y rutinarios dos años implica alto riesgo de pasarla mal al día siguiente.

De mi piñata inicial, sólo queda el recuerdo de lo que pudo ser y no fue. Una de las tantas deudas que la vida tiene conmigo y que se me quedará debiendo.

 

Soundtrack melancólico, celebrando que hace dos años oía esta misma canción mientras sostenía mi cerveza....

viernes, 21 de enero de 2022

El COVID de Schrödinger

Un sábado, después de más de dos horas de juegos e historias inventadas con mi sobrino, terminé con la garganta resentida, lo que se tradujo en afonía y dolor de oídos al día siguiente, sumándole a ello un dolor de cuello y espalda que atribuí al colchón ajeno que compartí esa noche.

A los dos días empecé con los estornudos, los cumplidos y los frustrados, que me tenía con los ojos irritados y la nariz filtrante, lo que yo supuse se debía al haber dormido con la ventana abierta y las ropas ligeras (osea, nada).

Ya para el martes, cuarto día de “síntomas”, mi jefe, alertado por mi mirada febril, me mandó a hacerme la bendita prueba molecular, consistente en la profanación de fosas nasales y garganta con largos hisopos manipulados por personal médico, que por más considerados y delicados que intenten ser, no podrán evitar nunca las lágrimas y las arcadas. Es así que pasé la prueba y me mandaron a casa por tres días, los que se iba a tomar el hospital para sacar los resultados.

Ya en casa, los estornudos aumentaron, la tos apareció y mi cuerpo pedía clemencia, igual yo mantenía la fe en que todo esto se trataba de la gripe que se me pega al inicio del verano. A pesar de ello, me aislé en mi cuarto y mi madre me pasaba los alimentos desde la puerta, ambas con la mascarilla puesta. Pasé el primer día en cama, simplemente no podía/quería levantarme.

El segundo día fue un calco del anterior.

El tercer día me sentí un poco mejor y hasta me animé a prender la tele y pasar canales uno tras otro sin ver nada, una de mis actividades favoritas que no hacía desde hace tiempo.

Llegué al cuarto día y no tenía resultado de la prueba, como mi voz cambió su habitual timbre chillón por una más propio de persona con traqueotomía, mi jefe me dijo que permaneciera en casa. Todo indicado por teléfono para asegurarse que no me aparecería por la oficina.

Y así pasaron cinco, seis, siete y ocho días desde la toma de muestra y cuatro días desde la aparición de “síntomas”, por lo que sumando uno y otro y considerando las indicaciones dictadas por los especialistas, mi ciclo viral (probable COVID) ya habría concluido, lo que me facultaba a retomar mi actividad diaria, lo que incluyó como primer paso, el regresar a mi estresante y entrañable trabajo, del cual quise huir antes del mediodía de mi reincorporación.

Estaba en casa.

A los dos días de haber regresado a mi trabajo, salieron los benditos resultados.

Positivo en COVID, negativo en el amor (#OkNo).

De todo aquello me quedó la experiencia de haber finalmente sucumbido a tan mal bicho, en un momento en el que mi cuerpo ya contaba con tres dosis de vacuna, lo que impidió un desenlace nefasto y hasta fatal, agradeciendo a todos los cielos que tanto yo como los míos hayamos podido perseverar en los momentos más complicados de la pandemia.

Se va viendo que enero no es mi mes, pasando por un cuadro de apendicitis el 2021, el puto cobi el 2022, espero con ansias lo que me depara enero de 2023, poniendo a prueba ese dicho de la hierba mala.

De mi soundtrack pandémico, rescato esta canción, una con nostalgia y toxicidad a partes iguales....