martes, 21 de febrero de 2017

Garbage's lessons (1)

Lesson one

Si habláramos de personas intachables, ¿podríamos mencionar a una?

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sucumbido a lo socialmente reprobable, si se ha superado y olvidado, igual esa “mancha” nos acompañará el resto de la vida, peor aún si ha sido de conocimiento público, puesto que no faltará alguien, generalmente malintencionado, que nos lo haga recordar de tanto en tanto.

Esto abarca a la población mundial, NADIE se salva de ello y los que logran mantener oculto su más oscuro secreto, viven atormentados por el momento del desenlace final. Suele pasar que ese desenlace llega más temprano que tarde y, pasado un tiempo prudencial, todo pareciera superarse.

Siempre nos hacemos un autoexamen, más o menos honesto, sobre lo que está bien y mal en nuestra vida, reconocemos nuestros fallos y tenemos medianamente claro lo que debemos hacer para ir por el camino correcto. De pronto y sin venir a cuento, viene un tercero a darte muestras de altitud moral y hacerte saber que jamás saldrás adelante.

La reacción de uno ante ello siempre dependerá de la persona aleccionadora, la que en la mayoría de casos tiene una coraza de político única que le impide ver la incoherencia entre su discurso y su estilo de vida. Para eso, necesitas estilo.

¿Qué hacer? Personalmente, mi primera reacción siempre será la de no responder, que la persona en cuestión lo tome como asentimiento o cobardía, es su rollo. Pero luego entra a tallar mi lado malicioso, que sí lo tengo, empezando a elucubrar mil y un fantasías que casi nunca realizaré, permitiendo a mi mente regodearse en ellas, poco a poco me voy calmando.

Pretender dar el ejemplo en algo, puede resultar un arma de doble filo, no digo que no se aconseje o recomiende, pero si no diferencias el consejo indulgente de la moralina manifiesta, puedes terminar expuesto en tus propias miserias.



Todos tenemos nuestro dirty little secret….

miércoles, 15 de febrero de 2017

En la cumbre

Los sueños de grandeza, por más absurdos que sean, no se pueden evitar.

Pero lo que nunca esperaba era que uno de ellos se hiciera realidad, elevándome a niveles exosféricos (sí, me he puesto afanosa con el término) que me han convencido de que soy una luminaria y mis escritos influyen tanto sobre mis lectores que éstos deciden demostrármelo de maneras insospechadas.

Personalmente, estoy nada a favor de los tatuajes, eso de eternizar algo cuya forma dependerá de la tersura de tu piel, me suena a algo poco pensado. Todo muy bonito mientras estés en tus treintas o, en algunos casos, cuarentas, pero cuando la gravedad haga lo suyo, se verán los inconvenientes. Igual, sé apreciar el arte que hay en ellos, llegando muchas veces a verdaderas obras maestras que, lamentablemente, perderán su genialidad con el paso del tiempo.

Pero hoy haré una excepción y me quedaré con lo positivo del asunto, puesto que nada me quitará la sonrisa al ver el tema de uno de mis post graficado en un hermoso tatuaje colocado sobre una piel igual de hermosa.

Gracias, me dejas casi sin palabras….



miércoles, 8 de febrero de 2017

Elemento

Es terrible no poder manejar el tiempo a nuestro antojo. Creo que esa es la clave para la inalcanzable felicidad.

Quiero levantarme en estas mañanas soleadas sintiéndome libre de responsabilidades, con todo el día por delante, sin la prisa de dirigirme a ninguna parte, pero sabiendo que debo ir hacia ese lugar, el lugar que me devolverá la risa.

La música no me traslada, la música me lacera porque me recuerda una mejor época, la que no volverá. Entonces, ya no la disfruto, ya no me contenta, pero igual la escucho; sólo así sabré, tendré la certeza, que esa época fue real, por más que no la vuelva a vivir.

I hate the world today….



jueves, 2 de febrero de 2017

Se siente la melancolía

Como todos, tengo pendientes en la vida. Como todos, los pendientes incluyen viajes y una formación académica completa. Como pocos, los pendientes incluyen libros y películas.

Ayer terminé con un pendiente largo e inexplicablemente postergado. Terminé de leer El Principito y no me sentí ni más llena, ni más culta ni más realizada. Me sentí terriblemente vacía.

Pude verme reflejada en la descripción de los adultos y sus vidas huecas y sin sentido, pude ver lo que dejé atrás por mi afán de crecer y madurar, pude ver que dejé olvidada la inocencia y despreocupación que siempre debemos conservar y que terminé convirtiéndome en monotonía.

No volveré a mirar a las estrellas del mismo modo, felizmente. No me concentraré en una sola, abarcaré todo lo que mi vista y la noche despejada me lo permitan, tal vez me dirija a ellas y a cambio recibiré lágrimas y risas.

También lloraré porque soy consciente de que he sido domesticada y algunos de mis domesticadores me han abandonado, no llorando por su ausencia en sí, si no por la sensación de desamparo de la que siempre he sido conocedora.

Intentaré, porque no estoy segura de lograrlo, seguir en la vida con la filosofía del zorro que tanto le enseñó al pequeño príncipe: valoraré todo a lo que le he dedicado tiempo y miraré a los demás con el corazón, teniendo la esperanza de captar lo esencial.

¿Es tarde para todo esto? Espero que no.