Faltaban poco más de quince minutos para el pitazo final e
íbamos en desventaja, mi hermana y yo intercambiamos miradas de reproche y una
idea cruzó por nuestras mentes de manera simultánea: no volveremos al estadio.
Era la tercera vez que íbamos y los resultados anteriores no
nos acompañaron, un empate con penal fallado en la última jugada y una derrota
con gol del delantero que una temporada atrás defendió nuestros colores
pintaban mal mal el escenario. El fútbol tiene esta capacidad de borrar toda racionalidad
de tu cerebro y meter miedo con malas rachas y bocas saladas que te hacen
¿pensar? que las cosas suceden por decisiones propias y no por la cojera mental
y anímica que pareciera dominar al jugador local.
El tiempo transcurría y ya sólo me quedaban ánimos para
maldecir alguna pérdida de balón o recriminar al árbitro sus decisiones
absurdas que sólo ralentizaban el juego y quemaban tiempo valioso. Sólo una
tribuna, la Sur, continuada con sus arengas y daba algo más que ánimos a los
jugadores, les daba coraje y empuje, les insuflaba vergüenza deportiva, los
conminaba a seguir y seguir, conocedores de que los partidos no se acaban hasta
que se acaban.
Parecía algo irrealizable, mi abatido espíritu sólo
recordaba experiencias pasadas, perdía poco a poco la fe en el corazón que
caracteriza al equipo, las proezas futbolísticas sólo estaban destinadas a los
grandes, los verdaderos grandes…. Recordé, muy imprudentemente, que la última
hazaña la protagonizó un equipo (Barcelona) y un jugador (Neymar) que ahora se
encontraban irremediablemente separados, dejando sin esperanzas a mi alma
descreída.
Todo eso pensaba mientras veía con angustia que los minutos
pasaban, de pie y estirando el cuello a más no poder, pues el juego se
desarrollaba, a trompicones, al otro lado de la cancha, lejos de mi posición.
Sur seguía alentando incansablemente y ya veía venir los improperios hacia los
jugadores al final del partido, pero por el momento todo era arengas que
animaba a nunca bajar los brazos.
Y a base de empuje y pelotazos, llegó el gol del empate, el
gol que nos devolvió un poco de alegría, el gol que nos animó a decir que peor
era nada, que un empate era mejor que una derrota y que nos hacía sacar cuentas
para la última fecha, sólo para darnos cuenta que el punto sabía a poco y que
nosotros debíamos ganar sí o sí, el último partido de local no debía empañarse
con este resultado.
Sin embargo, no había tiempo para más, se jugaban los
descuentos y el árbitro había sido tan hijo de puta que no nos dio más de tres
minutos. Para colmo, el rival tuvo la osadía de atacar, llevar peligro a
nuestra área y trasladar corazón y estómago a nuestra garganta, la que quedó
momentáneamente atragantada con improperios que pugnaban por salir todos a la
vez. El ataque terminó y la última jugada se iba a resolver en campo contrario,
tiro libre a media cancha y el que se iba a llevar toda la carga por el
resultado, el responsable directo de que estuviéramos por segunda vez en
desventaja, el que nos puso en la obligación de meter dos goles en 10 minutos,
sí, ése, lanzó un centro al corazón del área….
Lo había vivido antes, pero siempre con la pantalla del
televisor anunciándome el milagro, esta era la primera vez que experimentaba
con todos mis sentidos lo que es celebrar un gol, el del triunfo, al último
minuto, lo que es gritar hasta romperte la garganta, abrazarte con extraños que
al igual que tú no podían contenerse, saltar y saltar sin que te reclamen las
piernas, soltar mil y un groserías que todos celebran y nadie reprocha, vivir
una felicidad plena que te hace olvidar las penas que acompañan la vida; en ese
momento no hay penas, todo es gloria, felicidad, alegría, sonrisas y, en mi
caso particular, una indiferencia total al dolor que insistía en hacerse notar
con la sutura hecha horas antes. Seguramente sangraba, seguramente los puntos
se soltaron, seguramente al día siguiente estaría con media cara inflamada,
pero nada de eso importaba.
Salí del estadio, ese lindo estadio, abrazada a
extraños y cantando a viva voz que mi equipo va a salir campeón.
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