Estoy emocionada, lo admito.
Como están dispuestas las cosas, una tiene pocas
oportunidades de dar a conocer, de manera oficial, las decisiones que ha tomado
y que le resultan de mucha importancia. Llamémosle, cuestión de principios.
Y la oportunidad vino en forma de declaración testimonial en
un proceso judicial que ya se está prolongando más de lo debido, pero que al
menos ha servido para que pudiera sentar mi posición, en uno de los poderes del
Estado ni más ni menos, declarándome ciudadana que no profesa religión alguna.
Vi dibujarse un gesto de desconcierto en el especialista
legal, mejorando así mi ánimo y aumentando mi autosuficiencia, al punto de
querer soltarle unas ideas sueltas, luego su desconcierto se transformó en
media sonrisa, señalándome el crucifijo que presidía su mesa, encogiéndose de
hombros y negando con la cabeza ante mi “desafío”.
En ese momento, mi torturadora consciencia empezó a
reprocharme el haber admitido mi posición en un tema aún complicado y jodido en
este Estado, que en el papel es laico pero que en las formas es católico y, en
el peor de los casos, de una cristiandad tan distorsionada que censura nuestros
derechos fundamentales y mutila otras libertades individuales que se nos ocurra
hacer respetar a nosotros, los inmorales.
Desoí a mi voz interna para concentrarme en el
interrogatorio que se venía, recordando fechas, horas y lugares pertinentes al
caso que nos ocupaba al especialista legal y a mí. Culminó la diligencia y el
funcionario imprimió una copia de mi manifestación, para dar conformidad con
firma y huella.
Leí atentamente mis generales de ley y cuando llegué a la
parte de la religión, sonreí abiertamente, firmé y me fui.
¡CHIN!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario