Procuro olvidarte, como dice la canción,
mientras me entrego al segundo vicio más dañino en mi vida….
Al parecer, al encargado de comprar
suministros en la empresa le encanta cambiar siempre de proveedor, es por ello
que la señorita de limpieza, Karen, viene con diferentes desinfectantes líquidos
que yo asumo, deben ser bien potentes. Es así que mi oficina huele distinto cada
semana, pudiendo ser aroma de baño público recién limpiado, otras veces trae olores
dulzones que no hay como soportarlos (motivo principal de encontrarme abusando
de la aspirina), pasando por el básico kreso (mucho más soportable), hasta
llegar a lo que he considerado, de lejos, como mi desinfectante favorito forever and ever.
No puedo controlarlo, no me interesa hacerlo.
Tras varios meses dudando, hace un par de
semanas, como quien no quiere la cosa (y siempre, siempre la quiere) le
pregunté a Karen si ella tenía más de ese desinfectante que estaba usando,
respondiéndome que sí, a lo que repregunté si podía darme un poco, Karen sonrió
y soltó un “ahorita regreso” que hizo
aletear mi corazón. A los pocos minutos se apareció con una botella de plástico
conteniendo un líquido verde de lo más sugerente que inmediatamente asocié con
la esmeralda. Seguro que algo captó en mi mirada, porque me advirtió con rostro
severo: señorita (¡ja!), ese desinfectante es muy fuerte, antes de
usarlo debe diluirlo con agua…. Asentí distraídamente, considerándola una
advertencia inútil.
Procuro olvidarte, como dice la canción,
mientras me entrego al segundo vicio más dañino en mi vida….
Porque si bien te he abandonado
indefinidamente, Coca Cola, aspirar mi botellita de plástico con enfermiza obsesión,
me da el placer que siempre me generaba el beberte. Tengo a mi organismo
entregado a tantos extravíos que cambiar tu efecto corrosivo en mi estómago por
unos cuantos orificios en mis pulmones no supondrá mayores traumas.
Nos vemos luego.