Andamos todos crispados, muy crispados.
La culpa la tiene el introducir temas tan avanzados a
nuestra limitada, pacata e intolerante sociedad, la que aún no desarrolla su
lado empático y suele tratar a las
patadas a todo aquello que le perturbe o sea diferente.
Es así que tenemos en debate la mitológica “Ideología de
Género”, la que según unos cuantos nostradamus, nos convertirá a todos en
homosexuales, transexuales, intersexuales y demás, sin valores ni vergüenzas,
pervirtiendo a nuestra inmaculada colectividad, imponiendo su doctrina (a lo
secta religiosa) y pisoteando las buenas costumbres que siempre nos han
caracterizado como país. Poco más que el infierno de Dante.
Y como debe ser, nuestros salvadores están en la lucha
constante por poner al descubierto este lobby gay que busca introducirse
sigilosamente en nuestros hogares, los enfrentan cara a cara y gritan a los
cuatro vientos que #ConMisHijosNoTeMetas, #LaFamiliaEsPapáYMamá,
#DiosCreóAdánYEvaNoAdánYEsteban y demás consignas/hashtag que alertan a la
población y destruyen, con argumentos totalmente lógicos y debidamente
fundamentados, que todo lo que difiera de su pensamiento es aberración y
debemos mandarlos a la hoguera.
Pasa que ya no estamos en la Edad Media.
Pasa que ya sabemos que la Tierra es redonda.
Pasa que ahora tanto los rayos, truenos, centellas y demás
cataclismos tienen su explicación en la ciencia y no en un dios castigador.
El miedo a lo desconocido genera intolerancia, odio y
confusión. Basta que alguna autoridad deslice una iniciativa inclusiva, basta
que la palabra “género” sea pronunciada en voz alta, para que los paladines de
la decencia y valores morales salgan al frente y, cuales Panzers, ataquen sin piedad a los intentos por volvernos una sociedad
desarrollada y humana. Humana.
¿Qué podríamos decirles a los chicos en formación? ¿Qué podríamos
hacer con aquellos cuya naturaleza es calificada como anormal? ¿Cómo explicarles
que el odio hacia ellos es totalmente gratuito e injustificado y que deben
sobreponerse a ello sin desfallecer? ¿Cuántos más, que por sucumbir al rechazo
y abuso, decidirán terminar con su vida? ¿Por qué debemos ceder ante los
fundamentalistas que se amparan en una arbitraria mayoría para limitar los
derechos de la (declarada) minoría?
Son preguntas que parecieran dejarnos sin esperanzas de un
buen porvenir. Por suerte, existen personas con amplia tribuna que, en sus
distintos espacios, transmiten mensajes de tolerancia, revolución y amor.
Por eso los adoro, admiro y amo.
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