A veces hay noticias que si bien tratan temas polémicos y de
mi total interés, decido pasarlas por alto porque mi quinto sentido me augura
malos ratos leyéndolas.
Es así que hasta ahora, a más de una semana de acontecida y
siendo tema casi desaparecido del radar, no me animo a enterarme sobre la
bronca entre una periodista y dos argentinos que vinieron a promocionar un
libro con la cantaleta “anti ideología de género”.
Según leí, muy someramente, Patricia (que así se llama la
periodista), antes de retirarse del set, hizo un amago de desabrocharse la
blusa para enseñar los pechos, a modo de protesta por la diferenciación que se
hace entre los pechos femeninos y masculinos por la connotación sexual que
acompañan siempre a los primeros. Las mujeres somos sexualizadas, denunciaba
Patty…. Nada nuevo.
Pero lejos de indignarme por el flaco favor que le hacía a
la causa, lejos de tratar de defender su acto tildado de intolerante, lejos de
justificarla ante los homofóbicos/misóginos de turno y lejísimos de enterarme
de la postura de los argentinos, a los que se les dio tribuna en demasía, yo
sólo lamentaba y sigo lamentado un hecho, tal vez, irrepetible….
¡Nunca enseñó las tetas!
Entiéndase mi aflicción, no me juzguen tan pronto. Soy una
firme convencida de la igualdad de derechos para mujeres y hombres, soy muy consciente
de la tremenda discriminación de la que somos víctimas por pertenecer al “sexo
débil”, de los prejuicios que cargamos por nuestro modo de vestir o comportar,
de las etiquetas que nos endilgan de modo automático, de ser siempre las
responsables de nuestras desgracias aun existiendo un victimario. Todo eso es
grave y debe cambiar.
¡Pero yo quería ver tetas!
No estoy trivializando en absoluto la justa indignación de la
polémica Patty, lo que sí no supero es que por unos segundos tuvo una
inspiración sublime y brutal que hubiera dejado sin piso a los argentinos y a mí,
seguramente, con una nueva obsesión.
Es que soy salvajemente humana, lo siento.
