martes, 25 de agosto de 2015

Vínculo permanente

Nunca había presenciado en vivo y en directo un partido de mi deporte favorito, ni siquiera había ingresado a un estadio y mucho menos, pisado cancha oficial alguna.

¿Porque tenía que ser así? Pues motivos sobraban: mi papá es hincha “enemigo”, no me iba llevar así nomás a ver un partido de mi equipo, luego estaba el hecho que hace unos cuantos años atrás, ir al estadio no era cosa segura ya que podrías regresar sin todo lo que llevaste o hacer un pequeño desvío al hospital más cercano para que terminaran de coserte y luego, cuando ya podía ir no tan resguardada, no encontraba EL partido que me animara a abandonar mi cómodo sillón desde el cual lanzaba miles de improperios (siempre escandalizando a mi madre) para abandonarme a la aventura.

Finalmente encontré la oportunidad, las circunstancias eran ideales para lanzarme al ruedo, la expectativa crecía conforme pasaban los días, imaginaba ese momento como algo espectacular, increíble, fascinante, glorioso y de grata recordación…. Y fue todo eso, salvo el último adjetivo. No soy muy pegada a las supersticiones, pero en el fútbol es difícil mantenerse al margen de estas.

No me explicaba cómo era posible que los jugadores PROFESIONALES anduvieran tan lento, nunca pidieran la pelota estando libres de marca, no metieran la pierna o la metieran sin fuerza, se corrieran del rival que se iba al ataque, no cerraran las jugadas de peligro y, sobre todo, celebraran un penal (mal cobrado) sin haberlo pateado aún para fallarlo después. ¡Qué dolor!

Porque duele…. En ocasiones como aquella, deseo fervientemente que no me guste el fútbol, que me aburra como a miles, porque sé que transitaré por la calle de la amargura durante varios días, miraré con (más) odio al mundo, evitaré los titulares deportivos y noticieros en general, seré burla de unos cuantos y sentiré que no hay un mañana. Fueron cuatro días de dolor, ya que mi tortura comenzó un viernes y terminó un lunes, no dándome respiro ni para dormir bien una sola noche.

Mi primera vez en un estadio no empezó con el pie izquierdo, pero tengo la esperanza que en un futuro no muy lejano pueda sacarme el clavo y quedarme con la garganta rota por los goles que gritaré hasta ponerme morada. Porque si la vida no tiene revanchas, el fútbol te las da.



martes, 11 de agosto de 2015

Despojada....

Estoy en un “tira y afloja” que resulta ser lo único constante de mi vida. De pronto sí quiero cumplir con lo que me propuse hace un buen tiempo para antes de los 30 años, los que se están acercando angustiantemente rápido. No me da ni un respiro.

Hace cuatro días tuve un golpe de inspiración y fui la orgullosa acreedora de una planta que, estaba segurísima, me acompañaría durante mucho tiempo y me diría todos los días que soy capaz de hacer hasta lo imposible. Claro que se trataba de una planta que no requiere de mucho mantenimiento, se podría decir que me la llevaba fácil, pero lo cierto es que era un ser vivo que dependería de mi memoria y de mi  cuando se nos ocurriera que, tal vez, necesitaba un poco de agua.

Hoy me di de lleno con la realidad (representada en la cada vez más insoportable compañera de trabajo) al ver que mi pequeño cactus se encontraba en un escritorio distinto al mío, quise creer que se trataba de un error, pero lo cierto es que argumentó su latrocinio diciendo que la idea había sido suya, que disponía de más espacio que yo para tenerlo y que igual estábamos todos en la misma oficina por lo que no había motivo para tanto drama.

Ante ese tipo de gente solo se puede reaccionar de manera violenta, pero como aquello no sería recomendable (por más que tu alma sienta una inmensa satisfacción) lo único que queda es encogerse de hombros en un intento de mal disimular tu indignación. Pero por dentro la ira va creciendo más y más, haciéndote recordar que ya son tres semanas sin Coca Cola, que tu equipo de fútbol perdió la punta y ya no depende de sí mismo para campeonar, que perdiste dinero intentando que la máquina de café te sirviera café, que la persona que estaba a tu lado en ese momento te dijo “ah verdad, la máquina está malograda” y que tu pequeño cactus, el cual creíste que te estaba ayudando a madurar, fue una razón más para que te dieras cuenta que estás lejos de lograrlo.




miércoles, 5 de agosto de 2015

Desencantado....

No le temo al ridículo buscado, me gusta hacer payasadas de cuando en cuando y saberme la causante de muchas risas, no me interesa si se ríen de mí o conmigo, así hago las cosas.

Pero hay otro tipo de ridículo que me causa pavor y no he sido capaz de ponerme a buen recaudo para evitarlo. Mi instinto de supervivencia siempre ha sido defectuoso y nunca me ha ayudado al momento de entregarle mi confianza a alguien que no la merecía, no tengo intuición ni sexto sentido que me indiquen que voy por el camino equivocado.

También está el ridículo de saberme utilizada, vilipendiada y tantas otras cosas más, me causa una furia tremenda, una que no sabía que podía sentir, una que me genera cierto alivio porque ya sé que hay algo más que simple pasividad en mi. ¡JA!.

Y respecto a esto último, me estoy planteando cómo responder cierto mensaje provocador. Si lo consultara con las que siempre están, Klau me diría que la mande a la mierda, Laura optaría por la sutileza y yo me inclinaría por una respuesta amable pero contundente. Se pueden juntar todas.

No me interesa, no quiero, no necesito, no gracias.