No sé si es la madurez que ha decidido aparecer en mi vida,
parece recién enterarse que ya entré a la base tres, pero desde hace un tiempo
he venido cuestionando personajes que antes eran casi intocables.
El más cercano, definitivamente, es el que durante mucho
tiempo fue mi ejemplo a seguir, a pesar que tenía siete años la última vez que
lo vi, guardaba el mejor de los recuerdos de L, siempre cariñoso, firme cuando
la situación lo ameritaba, con un sentido de la justicia y solidaridad que no
he vuelto a ver en otro ser humano y con un profundo amor por su familia y todo
lo que ella implicaba. Jamás lo vi perder la paciencia, nunca estuvo molesto y
siempre tenía tiempo para oír las tribulaciones de una pequeña que lo admiraba completamente.
Con el paso de los años y el desarrollo de las cosas, la imagen de L fue
variando para ir convirtiéndose en como lo veo ahora: idealista, engañado,
cuyas prioridades confundidas lo llevaron a tomar decisiones egoístas que a
nadie, mucho menos a L, dejaron contento. Bueno como pocos, pero
irremediablemente humano.
Yendo a un lado más soft,
recuerdo la fidelidad casi obsesiva con la que seguía todos los partidos de
Rafael Nadal, máximo ídolo del tenis que incluso me llevó a dejar de ver un
partido de fútbol (Barcelona vs. Bilbao, ni más ni menos) para seguir su
desempeño en una épica semifinal con Guillermo Coria que me hizo delirar punto
tras punto. Pero, para mí, falló estrepitosamente al no reconocer que su tiempo
terminó. Evidentemente no estoy hablando de su técnica de juego, la que ha ido
mejorando con el paso de los años, tampoco de la sequía de títulos que han
marcado sus últimas temporadas, no soy tan mezquina. Lo que le reprocho y casi
que no se lo perdono, es haber perdido su capacidad de lucha, aquella cualidad
que le hizo único, el de los puntos imposibles que jamás daba una bola por
perdida, el que remontaba dos sets para forzar un quinto, el que sin importar
la apretada derrota o la holgada victoria, vivía intensamente cada punto. Su
corazón se enfrío y basta verlo aparecer en la cancha para darme cuenta que el
luchador indomable ya no está.
Si antes me resultaba difícil responder a la pregunta de ¿a
quién admiras?, hoy lo tengo clarísimo, la admiración es una valoración que no
debe entregarse así nomás y que más allá de reconocer una buena acción o
actuación consecuente de parte de terceros, no me alcanzará para confesarme
fervorosa e incondicional de alguien. Y menos en un mundo donde todo parece
irse, poquito a poquito, a la mierda.
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