lunes, 27 de marzo de 2017

Ídolos caídos

No sé si es la madurez que ha decidido aparecer en mi vida, parece recién enterarse que ya entré a la base tres, pero desde hace un tiempo he venido cuestionando personajes que antes eran casi intocables.

El más cercano, definitivamente, es el que durante mucho tiempo fue mi ejemplo a seguir, a pesar que tenía siete años la última vez que lo vi, guardaba el mejor de los recuerdos de L, siempre cariñoso, firme cuando la situación lo ameritaba, con un sentido de la justicia y solidaridad que no he vuelto a ver en otro ser humano y con un profundo amor por su familia y todo lo que ella implicaba. Jamás lo vi perder la paciencia, nunca estuvo molesto y siempre tenía tiempo para oír las tribulaciones de una pequeña que lo admiraba completamente. Con el paso de los años y el desarrollo de las cosas, la imagen de L fue variando para ir convirtiéndose en como lo veo ahora: idealista, engañado, cuyas prioridades confundidas lo llevaron a tomar decisiones egoístas que a nadie, mucho menos a L, dejaron contento. Bueno como pocos, pero irremediablemente humano.

Yendo a un lado más soft, recuerdo la fidelidad casi obsesiva con la que seguía todos los partidos de Rafael Nadal, máximo ídolo del tenis que incluso me llevó a dejar de ver un partido de fútbol (Barcelona vs. Bilbao, ni más ni menos) para seguir su desempeño en una épica semifinal con Guillermo Coria que me hizo delirar punto tras punto. Pero, para mí, falló estrepitosamente al no reconocer que su tiempo terminó. Evidentemente no estoy hablando de su técnica de juego, la que ha ido mejorando con el paso de los años, tampoco de la sequía de títulos que han marcado sus últimas temporadas, no soy tan mezquina. Lo que le reprocho y casi que no se lo perdono, es haber perdido su capacidad de lucha, aquella cualidad que le hizo único, el de los puntos imposibles que jamás daba una bola por perdida, el que remontaba dos sets para forzar un quinto, el que sin importar la apretada derrota o la holgada victoria, vivía intensamente cada punto. Su corazón se enfrío y basta verlo aparecer en la cancha para darme cuenta que el luchador indomable ya no está.

Si antes me resultaba difícil responder a la pregunta de ¿a quién admiras?, hoy lo tengo clarísimo, la admiración es una valoración que no debe entregarse así nomás y que más allá de reconocer una buena acción o actuación consecuente de parte de terceros, no me alcanzará para confesarme fervorosa e incondicional de alguien. Y menos en un mundo donde todo parece irse, poquito a poquito, a la mierda.

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