viernes, 31 de marzo de 2017

FYI

¿Cómo empiezo a escribir?
Generalmente, en el trabajo, utilizo un escrito anterior que guarde alguna relación con el que me toca hacer, así sólo tenga al destinatario como único factor común, porque eso me da un impulsito para desarrollar el tema y no aburrirme a morir por no saber cómo empezar. Tedioso, pero manejable.

Escribir acá, en cambio, es un verdadero desafío, el “impulsito” viene de ideas sueltas o pensamientos del momento que así como vinieron, se van sin dejar rastro y siempre tengo que empezar con un rectángulo en blanco, lo que me muestra el Word cuando abro un documento nuevo, entrándome pereza, agobio, emoción, pesimismo, grandes expectativas y un sinfín de emociones que quedan más o menos satisfechas cuando le doy click al botón de “Publicar”.

Este botón....


¿Dónde más escribo?
Escribo a mano, sólo para mi, mayores tonterías a las publicadas por acá. Hubo un tiempo, ya casi quince años de ello, que me dedicaba a transcribir las líneas que más me llamaban la atención de un libro, dejando de lado aquella generalizada costumbre de rayarlos, pensando que mientras más inmaculados permanezcan, mejor. Aquellas transcripciones, a mano, las tenía en un cuadernito que originalmente debía utilizarse en el colegio, pero que lo reservé para extractos de Pan (Hamsun) y Tres Historia de Amor (Turguénev) en su mayoría y otros libros de los que ahora no guardo mayor recuerdo.
Y tal como vino el cuadernito, se fue, llegando otros en su reemplazo, siempre con orígenes académicos que mi desidia hacía abandonar o descuidar, pasando a ser una especie de diarios personales llenos de garabatos de lápiz (mi herramienta favorita, muy por encima del lapicero) que hacían mi entonces simple existencia en algo un poco más entretenido.

¿Por qué sigo escribiendo?
Porque es parte esencial de mi vida y dudo mucho que lo deje de hacer alguna vez, las notas mentales me quedan chicas y mi cabeza suele llenarse de tantas cosas que debo drenarla de cuando en cuando para que me deje de doler y no me vuelva una adicta a la aspirina. Ponerles un orden a esas ideas y adecentarlas para su publicación y escribir atropelladamente en cuadernos que deberé guardar en una caja fuerte para que no caigan en manos extrañas que ameriten un internamiento a algún centro siquiátrico, pronto pronto que el tiempo no está para hacernos favores.

¿La gente me escribe?
Sin contar con las redes sociales, tan a la mano gracias a los smartphones, donde se dan conversaciones del día a día, no suelen escribirme. Parece mentira que ya haya “pasado de moda” que se manden correos electrónicos personales, limitándolos al plano laboral en donde si hay escritas dos líneas, es un milagro. Incluso en mis inicios, percibía que la gente era muy poco propensa a escribir y mucho menos leer, son poquísimos los que conozco (fácil dos) que gusten, más allá de las obligaciones cotidianas, tanto de leer como de escribir a mano; curiosamente, son los que menos bonita tienen la letra, reconociendo que la mía es fea feísima. Y orgullosa estoy de ella.

Qué bonito me ha quedado el ejercicio, casi novedoso, que me ayudará a fundamentar mis respuestas en caso me hagan preguntas que requieran algo más que un sí o un no. Porque toda pregunta que pueda ser totalmente respondida con monosílabos, no es trascendente.

lunes, 27 de marzo de 2017

Ídolos caídos

No sé si es la madurez que ha decidido aparecer en mi vida, parece recién enterarse que ya entré a la base tres, pero desde hace un tiempo he venido cuestionando personajes que antes eran casi intocables.

El más cercano, definitivamente, es el que durante mucho tiempo fue mi ejemplo a seguir, a pesar que tenía siete años la última vez que lo vi, guardaba el mejor de los recuerdos de L, siempre cariñoso, firme cuando la situación lo ameritaba, con un sentido de la justicia y solidaridad que no he vuelto a ver en otro ser humano y con un profundo amor por su familia y todo lo que ella implicaba. Jamás lo vi perder la paciencia, nunca estuvo molesto y siempre tenía tiempo para oír las tribulaciones de una pequeña que lo admiraba completamente. Con el paso de los años y el desarrollo de las cosas, la imagen de L fue variando para ir convirtiéndose en como lo veo ahora: idealista, engañado, cuyas prioridades confundidas lo llevaron a tomar decisiones egoístas que a nadie, mucho menos a L, dejaron contento. Bueno como pocos, pero irremediablemente humano.

Yendo a un lado más soft, recuerdo la fidelidad casi obsesiva con la que seguía todos los partidos de Rafael Nadal, máximo ídolo del tenis que incluso me llevó a dejar de ver un partido de fútbol (Barcelona vs. Bilbao, ni más ni menos) para seguir su desempeño en una épica semifinal con Guillermo Coria que me hizo delirar punto tras punto. Pero, para mí, falló estrepitosamente al no reconocer que su tiempo terminó. Evidentemente no estoy hablando de su técnica de juego, la que ha ido mejorando con el paso de los años, tampoco de la sequía de títulos que han marcado sus últimas temporadas, no soy tan mezquina. Lo que le reprocho y casi que no se lo perdono, es haber perdido su capacidad de lucha, aquella cualidad que le hizo único, el de los puntos imposibles que jamás daba una bola por perdida, el que remontaba dos sets para forzar un quinto, el que sin importar la apretada derrota o la holgada victoria, vivía intensamente cada punto. Su corazón se enfrío y basta verlo aparecer en la cancha para darme cuenta que el luchador indomable ya no está.

Si antes me resultaba difícil responder a la pregunta de ¿a quién admiras?, hoy lo tengo clarísimo, la admiración es una valoración que no debe entregarse así nomás y que más allá de reconocer una buena acción o actuación consecuente de parte de terceros, no me alcanzará para confesarme fervorosa e incondicional de alguien. Y menos en un mundo donde todo parece irse, poquito a poquito, a la mierda.

viernes, 10 de marzo de 2017

To Susan....

Salí del cine, perpleja por lo que acababa de ver.

Días antes, conversaba con un amigo sobre la venganza, cómo yo veía el asunto, con mis dudas al respecto y mis teorías absurdas…. hasta que Juan, con su clásico estilo, me dijo “querida, si no ves Nocturnal Animals, no sabes nada de la venganza”. Digamos que una no necesita de muchas razones para ver a Amy Adams en pantalla grande, pero aquel comentario acrecentó mis ganas.

Entonces, la película, la venganza.

¿Qué tan liberadora es? ¿Tu alma queda en paz? ¿Aleccionas a la persona que la recibió? Luego de la película, nada de eso me quedó claro, debe ser que vi una venganza muy particular, alejada de las generalidades de la gente común. Largamente pensada, esta venganza sumergió en la más profunda miseria a ambas partes y una, como espectadora, queda con una sensación de inconformidad; porque te sabe bien la venganza, siempre que haya un lado triunfador, el lado justiciero de preferencia. Lo que no se dio acá.

Y para más confusión, sentí lástima por la humillada, y ya perturbada, Amy. Desde luego, lo suyo fue altísima traición, pero el arrepentimiento inmediato y la vida tortuosa que llevó en adelante, me parecieron castigos suficientes para sus actos. Luego está el vengado Jake Gyllenhaal, que no tenía porqué considerar esas variables al momento de ejecutar su acto final. Igual, él también está destrozado.

Si tuve alguna certeza, fue la de haber presenciado una verdadera obra maestra, tan acertada al plantear su historia, cruda como pocas, que te deja pensando, aun con tus limitaciones, en lo simple y complejo que es el ser humano. Porque sí, la venganza podrá ser un acto casi primitivo, pero es su desarrollo y desenlace el que te diferencia del común denominador.



lunes, 6 de marzo de 2017

Paralelo

Soy zurda, zurda de nacimiento.

Nadie me enseñó a serlo, nadie me convirtió, simplemente nací así y, desde que tengo uso de razón, recuerdo los comentarios maliciosos (debe ser bien incómodo, qué rara eres) y “recomendaciones” de enderezamiento que gente desconocida le daba a mi madre para que yo dejara tan fea costumbre (sujétele el brazo a la espalda, a la fuerza usará la derecha).

Reconozco que tuve suerte de crecer en una familia libre de ciertos prejuicios y que mis padres jamás intentaron convencerme o siquiera insinuarme que usar la mano derecha sería lo mejor para mí.

Ahora, ya adulta y zurdísima, veo con malestar que la sociedad ha cambiado poco respecto al asunto; he sido testigo de la preocupación de una persona cercana respecto a los primeros indicios de la zurdera en su pequeño hijo, preocupación provocada por el prejuicio y la falta de compromiso de una profesora de inicial que quiere tomar el camino fácil de volver diestro a un zurdo y así evitarse la fatiga de tener ella que adecuarse a la necesidad de su alumno, algo que, desde luego, es lo que debería hacer.

Me pregunto entonces, qué hubiera sido de mí si mis padres hubieran sido nada comprensivos, si en nombre de lo considerado “normal” y, mediante métodos tortuosos, me hubieran obligado a torcer mi naturaleza. Claro, habrían actuado basados en el argumento de “yo crío a mis hijos como me da la gana y nadie debe meterse”…. ¿De verdad nadie debe meterse?, ¿puedes moldear a tus hijos de acuerdo a tus comodidades?, ¿es correcto que les transmitas tus prejuicios?.

Quiero creer que no, quiero creer en la libertad que todo individuo debe tener desde su nacimiento, quiero creer que no tratamos a los niños como receptáculos sin voluntad ni pensamientos propios en el cual podemos depositar todas nuestras frustraciones, miedos y complejos. Dejemos de pensar en el qué dirán de la gente, no destruyamos el espíritu de nuestros niños con ideas absurdas y desfasadas.

No es pedir demasiado, es una simple cuestión de derechos y sentido común.