¿Cómo empiezo a escribir?
Generalmente, en el trabajo, utilizo un escrito anterior que
guarde alguna relación con el que me toca hacer, así sólo tenga al destinatario
como único factor común, porque eso me da un impulsito para desarrollar el tema
y no aburrirme a morir por no saber cómo empezar. Tedioso, pero manejable.
Escribir acá, en cambio, es un verdadero desafío, el
“impulsito” viene de ideas sueltas o pensamientos del momento que así como
vinieron, se van sin dejar rastro y siempre tengo que empezar con un rectángulo
en blanco, lo que me muestra el Word cuando abro un documento nuevo, entrándome
pereza, agobio, emoción, pesimismo, grandes expectativas y un sinfín de
emociones que quedan más o menos satisfechas cuando le doy click al botón de “Publicar”.
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¿Dónde más escribo?
Escribo a mano, sólo para mi, mayores tonterías a las
publicadas por acá. Hubo un tiempo, ya casi quince años de ello, que me
dedicaba a transcribir las líneas que más me llamaban la atención de un libro,
dejando de lado aquella generalizada costumbre de rayarlos, pensando que
mientras más inmaculados permanezcan, mejor. Aquellas transcripciones, a mano,
las tenía en un cuadernito que originalmente debía utilizarse en el colegio,
pero que lo reservé para extractos de Pan (Hamsun) y Tres Historia de Amor
(Turguénev) en su mayoría y otros libros de los que ahora no guardo mayor
recuerdo.
Y tal como vino el cuadernito, se fue, llegando otros en su
reemplazo, siempre con orígenes académicos que mi desidia hacía abandonar o
descuidar, pasando a ser una especie de diarios personales llenos de garabatos
de lápiz (mi herramienta favorita, muy por encima del lapicero) que hacían mi
entonces simple existencia en algo un poco más entretenido.
¿Por qué sigo escribiendo?
Porque es parte esencial de mi vida y dudo mucho que lo deje
de hacer alguna vez, las notas mentales me quedan chicas y mi cabeza suele
llenarse de tantas cosas que debo drenarla de cuando en cuando para que me deje
de doler y no me vuelva una adicta a la aspirina. Ponerles un orden a esas
ideas y adecentarlas para su publicación y escribir atropelladamente en
cuadernos que deberé guardar en una caja fuerte para que no caigan en manos
extrañas que ameriten un internamiento a algún centro siquiátrico, pronto
pronto que el tiempo no está para hacernos favores.
¿La gente me escribe?
Sin contar con las redes sociales, tan a la mano gracias a
los smartphones, donde se dan conversaciones del día a día, no suelen
escribirme. Parece mentira que ya haya “pasado de moda” que se manden correos
electrónicos personales, limitándolos al plano laboral en donde si hay escritas
dos líneas, es un milagro. Incluso en mis inicios, percibía que la gente era
muy poco propensa a escribir y mucho menos leer, son poquísimos los que conozco
(fácil dos) que gusten, más allá de las obligaciones cotidianas, tanto de leer
como de escribir a mano; curiosamente, son los que menos bonita tienen la
letra, reconociendo que la mía es fea feísima. Y orgullosa estoy de ella.
Qué bonito me ha quedado el ejercicio, casi
novedoso, que me ayudará a fundamentar mis respuestas en caso me hagan
preguntas que requieran algo más que un sí o un no. Porque toda pregunta que
pueda ser totalmente respondida con monosílabos, no es trascendente.
