Camino por la calle, con la garúa dándome directo a la cara, no siento frío, no siento calor, cierro los ojos, camino y aspiro fuerte, fuerte.
Claro, alguien diría que hacer eso en una de las avenidas más transitadas (y medio peligrosa) de la ciudad es una invitación a la fatalidad, pero cuando andas en plan despreocupado y dejan de importarte algunas cosas, la buena estrella te acompaña.
La buena estrella debe haber encontrado algo distinto en mi aquella mañana, puesto que decidió seguir conmigo un rato más, esta vez mientras disfrutada de un cafecito en medio de las aburridas diligencias que me tocaba realizar: aprovechando el silencio de la recepción en cierto edificio gubernamental, se me ocurre ponerme los audífonos y esperar lo que me depare el shuffle, a riesgo de espantar a la buena estrella. Pero el astro puede con todo y me suelta la mejor versión de Not my idea, coronando así un momento particular y ridículamente feliz.
Continuando con el día, me dirigí al último destino de la mañana, el más pesado de todos, esperando un resultado poco favorable a mi causa.... Pero nada, la buena estrella se quedó a mi lado mientras era la orgullosa receptora de unas escrituras que ocuparon un año entero de trámites, subsanaciones, plazos vencidos y tantas cosas desmotivadoras más que, al rememorarlas mientras firmaba los cargos con mano temblorosa, me emocioné al punto de olvidar mi número de identificación personal, nada que una risa estúpida/nerviosa no pueda campear.
Viendo el desarrollo del día, me dije que no estaba demás tentar un poco al destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan, animándome a entrar a una casita de apuestas. ¿El resultado? Pude salir de aquel lugar con el pasaje de regreso, no me quejo.
La buena estrella sigue conmigo.
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