Esto de la modernidad y la manera como se apodera de la vida
de la gente ya es cosa seria. Incluso en un renegada de lo smart, como yo.
Entusiasmada, hace dos semanas empecé la lectura frenética y
en PDF, del clásico Lo que el viento se
llevó, obra monumental que fue
llevada a la pantalla grande (perdonen el cliché) con resultados bastante
positivos cuya vigencia sigue intacta en la memoria colectiva de los amantes
del cine. En definitiva, la película es gigante, una de mis favoritas, por la
que me he sentado en segunda fila de una sala de cine, torciendo el cuello
hacia arriba durante casi cuatro horas, con tal de apreciarla a gran escala.
Volviendo al libro, a las casi mil páginas, fui recreando en
mi mente las escenas de la película, inventándome situaciones y caras de personajes
que no fueron mostrados en el largometraje pero que enriquecían aun más la
historia y el contexto en el que se desarrollaba. Esto, me decía, no le restaba
nada a la película, puesto que al ser un formato tan distinto, se entiende que
hayan prescindido de ellos.
Tanto me absorbió la historia que ya me veían en el camino
de regreso a casa, yo que siempre me he negado a leer en los carros porque me
da dolor de cabeza ver a las letras bailar delante de mis ojos, aferrarme a las
cinco pulgadas de mi celular para no perder tiempo y enterarme de lo que
seguía.
Pero conforme iba avanzando, más me angustiaba, mas se
fruncía mi ceño, más me disgustaba. Conozco la historia de la película al
dedillo, pero leerla con tanto detalle me producía una desazón que no sabría
explicar, no podía entender tanta necedad, tanto orgullo, tanta hipocresía y, sobretodo,
cómo carajos alguien como Scarlett podría estar tan enamorada de un papanatas
como Ashley.
A tal punto llegó mi indignación que tomé una drástica
decisión: en cuanto nació Bonnie, dejé de leerlo.
Dejar un libro a medias, debería considerarse pecado mortal.
Me declaro culpable.
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