¿Toca hacer un recuento de este
año? Toca hacer un recuento de este año. Perdonen el cliché.
Uno de aceptación, de adiós, de
descubrimiento, de experimentación, de dolor (con su respectiva cuota de
terror), de estreno, de desprendimiento y de maduración. Demasiadas cosas por
asimilar, para resolver y para recuperar, que el aumento de cabellos grises
está plenamente justificado, sumado a una serie de impertinentes problemas
físicos, me hicieron dar plena cuenta que el 2019, por buenos y malos motivos,
será inolvidable.
La forma en cómo logré aceptar mi
bisexualidad, el tiempo que me tomó (dos semanas) y las consecuencias casi
inmediatas, me libraron de un peso que venía cargando desde casi siempre,
pensando durante muchos años que era un mito urbano o simple moda, llegando a
afirmar, sin ser consciente que me disparaba a los pies (mi deporte favorito),
que la bisexualidad no existe. Y siendo yo una persona de incontables
equivocaciones, esta es una que merece ser enmarcada por su alto grado de
absurdidad. Tengo que agradecer a cuatro de mis amig@s que con sus puntos de
vista totalmente diferentes entre sí, me ayudaron muchísimo en el rápido
proceso de asumir que ahora tendré el doble de opciones…. En ser rechazada.
Lo más bravo, hay que decirlo,
estuvo en darle fin a una tortuosa historia de amor (y posterior desamor) que
me tuvo atrapada durante diez años, diez años que nunca recuperaré, diez años
en los que le entregué mi voluntad a una persona, lo demostró con creces,
altamente tóxica que terminó por contagiarme su radioactividad al punto de
convencerme, muy sutilmente, a renunciar a vínculos fuertes y sanos que habrían
resultado impedimentos para que nuestra relación (que nunca fue tal)
prosperara. Perdí la cuenta de las veces que lloré y deseé darle cabezazos a
las paredes cuando los planes no resultaban, tengo sofocones de auto-odio
cuando recuerdo el dolor causado a tercer@s, puesto que por más intenciones de
no dañar haya tenido, lo único que conseguí fue eso, dolor y más dolor. Debo
aclarar que si esta historia fue una de amor/desamor, fue básicamente el de mi
amor/desamor, ya que estoy convencida que de su parte hubo nada de buenos
sentimientos. No hay cosa positiva que pueda sacar de aquello y espero sí sacar
más lecciones que las aprendidas hasta ahora, siendo una de las más importantes
el de priorizar mi salud mental y mi estabilidad emocional.
Descubrí también, que había vida
(y qué vida) después de decir adiós, pero como las lecciones no se aprenden de
forma inmediata, tuve que pasar por más dolor (en plena experimentación) para
dejar de idealizar el amor. Porque el amor, antes que todo, duele y sólo cuando
duele es que te das cuenta que sí, es amor. Y concluyendo eso no puedes más que
aceptar que el amor, incluso los bien llevados, causa estragos en tu salud física
y mental, te aleja de la cordura, te vuelve egoísta y provoca incontables
miradas perdidas que hacen que tu jefe te invite un par de cervezas para
conversar contigo y putearte paternalmente con la finalidad que dejes de
fantasear imposibles y te concentres en el descargo que hay que presentar antes
que venza el plazo. A manera de “bonus track”, me gustaría mencionar las TRES
declaraciones que fueron aceptadas y que en cuarenta y ocho horas eran
rechazadas…. Ilusión, ilusión, ilusión y sólo dolor como saldo. Es lo que es.
Si hay algo que me caracteriza
siempre es mi falta de control en momentos difíciles, pero lo que pasó aquella
noche podría decirse que resultó necesario. ¿Resultó necesario? Pues no tengo
la respuesta, ya que las largas noches insomnes pensando en lo que pasaría una
vez la verdad sea revelada ante una de las personas más importantes de mi vida,
nunca me dio luces sobre lo que convenía hacer. Y ahora que no existe más este
inconfesable secreto, no me siento aliviada y definitivamente no soy una mejor
persona, si conseguí algo fue una marca indeleble que estará ahí y que sólo el
tiempo dirá si podrá ser totalmente superada.
Todo podría resumirse en “año de
mierda”, pero la simpleza, si bien contundente, de esta etiqueta, me empuja a
seguir tecleando. Con todo eso, igual tengo mucho, muchísimo que agradecer,
tanto que a veces me da por pensar que el
destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa
fuerza que hace que las cosas sucedan, tiene una inexplicable simpatía por esta
servidora.
No tengo metas, no tengo
propósitos.