Cuando una dice que no le gustan
los espejos, tiene fundamentos, aunque los ignore la mayor parte del tiempo. Y
es que, aparte de la obviedad con las facciones esquizoides, hay muchos muchos
más defectos que podría descubrir con un simple vistazo, a la cara. Así que,
para no amargar más la existencia y evitar que ese ceño se frunza más, evito
los espejos.
Porque resulta que, para mi mayor
injuria, de un tiempo a esta parte he venido recibiendo unos “señora” y
“doctora” que no me cuadraban para nada, no podía atribuirlo a un simple tema
de vestimenta, puesto que el entorno exige esa formalidad sin importar edades,
tampoco lo atribuyo a un tema de comportamiento puesto que tanta pulcritud me
altera al punto de comentar temas laxos que den una impresión algo más relajada
de mí.
Si la falta de resultados me
traía desconcentrada, hoy tuve la explicación a tanta majadería.
Ir a arreglar las monturas de los
lentes de mi jefe es una de las tantas “privilegiadas” labores que tengo a bien
asumir y, siendo él particularmente hábil en estropearlas a las pocas semanas,
me he vuelto asidua a la óptica, lugar en extremo blanco y repleto de espejos
en los que la gente se mira mientras se prueba infinidad de lentes, supongo yo,
para ver cuál le cuadra mejor en su cara, siendo casi accesorio el asunto ese
de la medida.
Andaba a la espera de la montura
de marras, cuando algo visto de pasada llamó mi atención, volteé incrédula al
espejo que estaba devolviéndome mi prolongado y familiar perfil, pero que esta
vez venía adornado de unas mechas (mechitas) plateadas cuyo origen no supe
definir, tal vez mientras pasaba por la calle de las piñatas se me pegó algo
del decorado, por ahí que tuve la desdicha de haber incordiado a una paloma
vengadora…. No, no, no.
Era mi propio cabello, antes completamente
negro, ahora inaceptablemente combinado con algunas hebras blancas que achaco
directamente a la rama paterna que, no contenta con heredarme la nariz, me
obsequia esta carga genética que me tendrá con look de María Kodama antes de
mis cuarentas. Eso si no hago algo por evitarlo…. Pasa que siempre me he
manifestado en contra de los tintes de cabello que, en la mayoría de casos, mal
disimulan las tempraneras (o tardías) canas o reforman el color que la
naturaleza tuvo a bien darnos, permitiendo rubios platinados o rojos encendidos
más falsos que los votos de castidad y que nunca combinan con el resto de
humanidad de la persona.
No quiero caer en la vanidad,
pero considero que 31 años no justifican que ande exhibiendo alegremente unos
cabellos que no van para nada conmigo, que nada tienen que hacer con mi cabeza,
que no me han otorgado experiencia alguna que merezca ser compartida y que no
me hacen en absoluto venerable y merecedora de asientos preferenciales en el
transporte público. No, no, no.
Tendré entonces que emprender una
campaña de investigación que me llevará a recorrer mil y un tiendas, peluquerías,
farmacias y afines, hasta que dé con el químico que se acople a mi galea
aponeurótica (Wikipedia es lo máximo) y me deje mínimamente conforme con mi imperfecta
apariencia que, para adversidades, ya ha tenido suficiente.