martes, 2 de febrero de 2021

Auspicioso 2021

El inicio de este 2021 no pudo ser mejor.

Hospitalizada en plena pandemia, esperando por una cirugía que se hizo más larga de lo imaginado, con una recuperación lenta y un descanso médico/cuarentena aislada de todo lo que podría darme algo de distracción más allá de mis pensamientos poco felices.

En primer lugar, qué estúpida fui al idealizar positivamente el estar hospitalizada, burbuja puesta a prueba con el primer pinchazo del día sacándome seis tubos de sangre, burbuja que siguió flotante y temblorosa mientras me tomaban una placa radiográfica, burbuja que permaneció estoica mientras me introducían al cilindro del tomógrafo, burbuja que reventó del todo con la maniobra poco amable de la enfermera que me colocó una vía directa a la vena, primera experiencia traumática de las que estarían por venir.

A ello le siguió el andar de un lado para otro con el suero fisiológico y las drogas colgadas de un perchero que pasó de ser estático a movible, ello gracias a mis múltiples ruegos por ir al baño, ya que en la primera visita y viendo la ausencia de alguien que pudiera asistirme, se me ocurrió descolgar los bártulos e ir por mi cuenta, con la respectiva consecuencia de regresar con una vía llena de sangre que despertó la indignación total de la enfermera (recién ahí apareció) que estaba a minutos e entregar su turno. Resultado: perchero con rueditas chillonas y miradas demoledoras de una parte del personal.

Más de 24 horas después de haber recibido el inapelable diagnóstico, con su respectiva cirugía de "emergencia" y luego de un frustrado primer intento de ingreso del que fui devuelta por la falta de firma del médico de guardia, a las 2 de la mañana, vestida únicamente con la bata del hospital desde las 6 de la tarde del día anterior, fui conducida a sala de operaciones para, por fin, deshacerme de ese lastre llamado apéndice, parte de mi organismo con el que fantaseé muchas veces, tomándome su extirpación como unas vacaciones de ensueño. La estupidez elevada a la n potencia.

Luego de la charla con el anestesista, mi preocupación mayor fue la de no quedarme paralítica, puesto que me explicó que me iban a colocar una anestesia regional por la espalda y que me iba a mantener despierta pero paralizada desde los hombros hacia abajo, recalcando con la mayor seriedad del mundo que mientras introdujera la aguja a mi médula, yo debía permanecer lo más quieta posible, añadiéndole más tensión de la que ya cargaba. Y dicho y hecho, después del pinchazo inicial (fueron un total de tres) empecé a sentir el adormecimiento de mis dedos, de mis pantorrillas y de casi todo mi cuerpo. A los pocos minutos, me encontraba boca arriba, despierta y sintiendo absolutamente nada de lo que hacían en la zona en cuestión.

Mi estadía en la sala de recuperación fue otra jarana, manifesté una reacción alérgica a la anestesia en forma de picazón a los ojos, casi como si me hubiera frotado un par de rocotos en ellos, sumado a los violentos temblores que no podía controlar, todo ello mientras mis brazos estaban inmovilizados porque las enfermeras me envolvieron como si fuera un capullo, para evitar movimientos bruscos que pudieran dañar las suturas.... Seis horas de diversión pura. Poco a poco pude recuperar sensaciones en las piernas y cuando fui capaz de levantar la cadera, estaba lista para pasar a una cama de hospitalización.

Tenía una habitación en el tercer piso, con ventana a la calle, lo necesario para que las bocinas y conversaciones amables entre conductores de auto lleguen con nitidez a mis oídos, tortura insuficiente en opinión del destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan, puesto que no llevaba ni veinte minutos de instalada y ya me urgía ir la baño, una necesidad que espero no volver a repetir en mi vida y que me hicieron rogar a los antepasados que no conozco y a los descendientes por venir para que alguien se apiade de mi y me ayude a levant.... ¿QUÉ? Pues que si quería ir al baño, éste vendría a mi en forma de chata. Fue ahí cuando agradecí a los cielos no tener más que suero en mi estómago.

La rutina de hospitalización es de lo más aburrido e incómodo que hay, largas horas muertas en las que no puedes ni leer un libro porque nunca encuentras la posición correcta, cuando tu único escape es dormir ya que, gracias otra vez a la pandemia, no hay visitas que puedan distraerte de la ruina en la que te has convertido, donde tu cuello pagará las consecuencias de no poder agenciarte una almohada decente y en la que tu única esperanza es la visita del médico que te dará el alta. Para eso tienes que portarte bien y reírte de cada uno de los chistes estúpidos que haga, así sientas que se te rompen todos los puntos.

Y cuando por fin llega la tan ansiada orden de alta, no puede más que entrarte la melancolía por toda la travesía experimentada, la que difícilmente te deje lecciones más allá de no abusar de la Pringles Sour & Cream Onion y la de agradecer que tu trabajo (mal) remunerado te haya provisto de un seguro de salud que te atendió oportuna y eficientemente, algo que te preocuparás de difundir en cuanta oportunidad se te presente, porque hay que hacer más eco de lo bueno que de lo malo. Ya lo que se escriba en el blog es otra cosa.

¿Les conté que todo este suplicio lo atravesé con una mascarilla puesta de la que no me desprendí hasta cruzar la puerta de mi casa? Pues eso.

Y como toda entrada épica, esto necesita soundtrack y qué mejor para ello que la canción que sonaba a todo volumen mientras me ingresaban a sala de cirugía. El doctor tenía buen gusto....