Mi versión de ficción, ficción convencional además.
Centro de la ciudad, cualquier ciudad.
Estación cálida, últimos días de verano o esplendor de primavera.
Música en mis oídos, de preferencia noventera.
Zapatillas cómodas, pantalón jean, polo azul de manga corta, cabello
suelto.
Manos en los bolsillos, mirando a todos lados sin ver nada, cantando
bajito, sensación de paz.
De momento el rumbo es desconocido, sólo una determinación de pasarla
bien.
Vuelta a la esquina y veo a la primera persona que me ha quitado varias
horas de sueño.
¿Me acerco? ¿Le paso la voz? ¿Paso por su lado como si nada?
Decido lo segundo.
Antes de abrir la boca, aparece la segunda persona que me ha quitado
varias horas de sueño.
¿Me acerco? ¿Le paso la voz? ¿Paso por su lado como si nada? ¿Ignoro a la
primera persona?
Decido ninguna de las anteriores.
Doy media vuelta, con la esperanza de no haber sido vista.
Y escucho mi nombre pronunciado por dos voces.
Giro sin saber muy bien a quien mirar.
Da igual porque no me miran, acaban de percatarse de sus presencias.
Roche, palta, papelón, trágame tierra y demás estupideces se vienen a mi
cabeza.
Entonces atino a responder con una sonrisa, miro a izquierda, luego a
derecha y siempre con la sonrisa.
Nadie me mira, nadie me devuelve la sonrisa, eso no debe ser bueno.
No estoy para aguantar niñerías, me voy.
A lo lejos escucho gruñidos, epítetos bastante subidos de tono y luego
golpes.
A la mierda, me digo, y sigo avanzando.
Alguien me coge el hombro, extrañando mi spray de pimienta me doy vuelta y
es él.
Por fin alguien me sonríe.