Sin explicación lógica alguna, yo siempre me he considerado una chica deportista. Lo cierto es que desde que terminé el colegio, dejé todas las actividades deportivas a un lado y me dediqué a todo, menos al ejercicio: bebí, fumé, comí, dormí en exceso, trabajé refundida en un escritorio, hibernaba en las vacaciones y no extrañé el aire libre y la sensación de libertad que me daba el coger la bicicleta y pedalear sin descanso.
Ahora estoy padeciendo las consecuencias de tanto abandono, siete
kilos de más, panza chelera y zumbidos en el oído que, me indicó la doctora, se
deben al colesterol alto.
¿Qué hacer? La respuesta es
fácil y, al salir del trabajo, decidida me dirijo al centro comercial más
cercano, no busco mucho, me compro el primer buzo deportivo que me gusta y
disparada a mi casa, más que satisfecha con el tiempo que me he tomado. Nunca
llegaré a entender cómo es que a mis congéneres les encanta pasarse horas de
horas dando vueltas por las tiendas y probándose miles de prendas. Yo, hasta
alergia le he cogido a esa actividad.
Veinticuatro horas después, vestida con mi flamante buzo, camino en
dirección al parque inmenso que hay frente a mi casa para empezar con mi nueva
rutina: correr. A los que les parece una actividad poco emocionante, les doy
toda la razón, llevo pocos minutos de haber empezado y me doy cuenta que es una
cosa bien monótona que rápidamente aburre y, sobre todo, cansa. La superficie
irregular del parque hace que mis riñones protesten y desisto de continuar ahí.
¿Qué hacer? La respuesta es
fácil, doy mi última vuelta al parque y me desvío hacia la autopista que hay al
lado, aprovechando el espacio que tiene la berma, contenta de tener una
superficie lisa por la cual transitar. Si bien el asunto de sólo correr se
mantiene, ahora lo alegra el pasar continuo de autos y uno que otro intercambio
de palabras con los siempre apurados conductores, me voy acercando a un puente
y decido, como para amenizar, subirlo y bajarlo. Es ahí donde la cruda realidad
aparece en forma de bolitas brillantes que nublan mi visión y la falta de
oxígeno que amenaza con hacerme colapsar.
Tantos años de abandono han mellado mi resistencia y me encuentro a
mitad de un puente peatonal sin energías para seguir trotando y con el riesgo
inminente de verme rodeada por los gallinazos que sin duda esperan mi muerte y
pronta putrefacción para hacerse con un festín que no les duraría ni tres
minutos, bien porque andan hambrientos, bien porque no hay mucho para servirse.
A duras penas consigo continuar y a ritmo lento termino de bajar el puente para
reincorporarme a la berma. ¡Milagro! Una vez vuelta al llano me doy cuenta que puedo
continuar, a ritmo lento, pero puedo.
Conforme pasan los metros, mi falta de forma me indica que estoy
llegando al final de la jornada, me pongo como meta cruzar un puesto de auxilio
vehicular que debe estar como a 50 metros de distancia, pero no puedo seguir,
carezco de orgullo y, admitiendo mi derrota inicial, bajo el ritmo y caminando
con las manos en la cintura, boqueando como pez recién salido del agua,
emprendo el camino de regreso. “No era lo que esperaba”, piensa mi maltrecho
ánimo.
¿Qué hacer? La respuesta es
fácil, mientras un puesto de comida chatarra me hace ojitos, me acerco y pido
una hamburguesa para el camino y otra para llevar.

