viernes, 27 de febrero de 2015

¿Vamos a hacer deporte?


Sin explicación lógica alguna, yo siempre me he considerado una chica deportista. Lo cierto es que desde que terminé el colegio, dejé todas las actividades deportivas a un lado y me dediqué a todo, menos al ejercicio: bebí, fumé, comí, dormí en exceso, trabajé refundida en un escritorio, hibernaba en las vacaciones y no extrañé el aire libre y la sensación de libertad que me daba el coger la bicicleta y pedalear sin descanso.

Ahora estoy padeciendo las consecuencias de tanto abandono, siete kilos de más, panza chelera y zumbidos en el oído que, me indicó la doctora, se deben al colesterol alto.

¿Qué hacer? La respuesta es fácil y, al salir del trabajo, decidida me dirijo al centro comercial más cercano, no busco mucho, me compro el primer buzo deportivo que me gusta y disparada a mi casa, más que satisfecha con el tiempo que me he tomado. Nunca llegaré a entender cómo es que a mis congéneres les encanta pasarse horas de horas dando vueltas por las tiendas y probándose miles de prendas. Yo, hasta alergia le he cogido a esa actividad.

Veinticuatro horas después, vestida con mi flamante buzo, camino en dirección al parque inmenso que hay frente a mi casa para empezar con mi nueva rutina: correr. A los que les parece una actividad poco emocionante, les doy toda la razón, llevo pocos minutos de haber empezado y me doy cuenta que es una cosa bien monótona que rápidamente aburre y, sobre todo, cansa. La superficie irregular del parque hace que mis riñones protesten y desisto de continuar ahí.

¿Qué hacer? La respuesta es fácil, doy mi última vuelta al parque y me desvío hacia la autopista que hay al lado, aprovechando el espacio que tiene la berma, contenta de tener una superficie lisa por la cual transitar. Si bien el asunto de sólo correr se mantiene, ahora lo alegra el pasar continuo de autos y uno que otro intercambio de palabras con los siempre apurados conductores, me voy acercando a un puente y decido, como para amenizar, subirlo y bajarlo. Es ahí donde la cruda realidad aparece en forma de bolitas brillantes que nublan mi visión y la falta de oxígeno que amenaza con hacerme colapsar.

Tantos años de abandono han mellado mi resistencia y me encuentro a mitad de un puente peatonal sin energías para seguir trotando y con el riesgo inminente de verme rodeada por los gallinazos que sin duda esperan mi muerte y pronta putrefacción para hacerse con un festín que no les duraría ni tres minutos, bien porque andan hambrientos, bien porque no hay mucho para servirse. A duras penas consigo continuar y a ritmo lento termino de bajar el puente para reincorporarme a la berma. ¡Milagro! Una vez vuelta al llano me doy cuenta que puedo continuar, a ritmo lento, pero puedo.

Conforme pasan los metros, mi falta de forma me indica que estoy llegando al final de la jornada, me pongo como meta cruzar un puesto de auxilio vehicular que debe estar como a 50 metros de distancia, pero no puedo seguir, carezco de orgullo y, admitiendo mi derrota inicial, bajo el ritmo y caminando con las manos en la cintura, boqueando como pez recién salido del agua, emprendo el camino de regreso. “No era lo que esperaba”, piensa mi maltrecho ánimo.

¿Qué hacer? La respuesta es fácil, mientras un puesto de comida chatarra me hace ojitos, me acerco y pido una hamburguesa para el camino y otra para llevar.



lunes, 23 de febrero de 2015

Incólume


Me encuentro en un punto sin retorno, aunque podría decirse que en ese punto sin retorno estoy desde hace 10700 días, cuando mi mamá decidió que no podía retenerme más en su panza.

¿Qué me impulsó a escribir sobre esto hoy? A que he tenido una seguidilla de accidentes que me han dejado con el cuerpo adolorido, la confianza encogida y el ya disminuido ego en históricos registros negativos. Me las doy de adulta cuando estoy lejos de comportarme como una y de hacer las cosas que esperan de una. A la par de renunciar a mi trabajo debo renunciar a un par de propósitos que me impuse hace un tiempo….

No puedo y no debo caminar con tacos, es un tema de seguridad personal, no hay modo de terminar un día sin un pequeño tropiezo que termine con un tobillo torcido, una rodilla morada o una sensación de vergüenza porque, si bien evité la caída, hice uno de esos movimientos salvadores y extremadamente ridículos cuando los recreas en tu mente que ya no sabes hacia dónde mirar. No pues, así no vale.

También debo aceptar que no aprenderé a manejar un auto y mucho menos, sacar licencia de conducir. Y más que una falta de oportunidad, lo que me lleva a esta conclusión es que esto es por el bien de mi salud mental, mi libertad y mi preferencia a caminar. Siendo peatona, diariamente me indigno ante los abusos de los que andan en cuatro o más llantas, la imprudencia de los que andan a uno o dos pies, la temeridad de los ciclistas y la viveza de los motociclistas; estoy segurísima, terminaré atropellando o chocando a alguien por el simple gusto de darle una lección y hacerle entender, a la mala, que las reglas de tránsito son claras y deben respetarse. En resumidas cuentas, soy un peligro.

Esto no lo veo como un fracaso. Aplicando mi filosofía, la vida me ha enseñado, a la mala, mis limitaciones e impulsividad, las mismas que podrían haberme metido en problemas a la primera oportunidad que se le presentara al destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan. Cierto es que mis manías no deben tomarse tan a la ligera, empezando conmigo misma.

martes, 17 de febrero de 2015

Use Your Illusion....

A riesgo de resultar excesivamente auto-destructiva....

¡Qué buena canción es Pronta Entrega! Me dan ganas de soltar mil groserías que sólo expresarían lo mucho mucho que me encanta esta canción.... Algo así como "¡puta madre, esta canción es lo máximo!"

Con lo mucho que las radioemisoras actualizan sus set list, no me sorprende que esta canción haya sido lo más pasado allá por los tempraneros 90's, que es muy probable que la hayan puesto hasta el hartazgo que yo, con mis inocentes seis años, me la sabía al dedillo. Que no entendía de qué mierda hablaba Federico Moura era un hecho, pero se me pegó y ya.

Es que una omite tantas cosas en su vida que no se da cuenta de lo que deja pasar. Y me ha sucedido con libros, canciones, películas y hasta comidas.Luego, para todo hay un antes y un después, y mi "después" con esta canción fue a mis todavía inocentes (pero muy alborotados) 23 años.... De pronto le presté atención a la letra y decidí que era una buena canción para lo que en ese entonces llamaba "faena" (osea, sexo), lo mismo con Vow y otras canciones más; es que en ese momento había llegado a un punto en el que la nula actividad física (osea, sexo) me estaba jugando mal.

Me creía perdidamente enamorada de un imposible y sufría indeciblemente por eso, y si digo "creía" es porque todavía no estoy tan segura de qué era lo que me hacía sentir así, pero yo lo creía amor y adelante con el sufrimiento y las hormonas alteradísimas. Las imágenes que mi mente recreaba en plenas clases de academia valían para película XXX, de sólo imaginar la cara que debía tener en esos momentos me provocan ardores de vergüenza, pero de todo aquello quedó un recuerdo interesante. El sentimiento superado está.

Y vuelvo a Pronta Entrega....

Y tendré pequeñas agonías cada vez que la escuche, desfalleceré, sacaré fuerzas inventadas y cantaré.... A veces bajito, a veces gritando.




jueves, 12 de febrero de 2015

Cuentas en azul

Acelerada como ando, el cerebro se repleta de ideas ingeniosas, retorcidas, vengativas y de una vena potentemente ponzoñosa. Pero nada de esto ha sido gratuito, no señor, una no es (tan) loca para mandarse a escribir sandeces sin ton ni son, éstas han sido generadas por una madrugada terrorífica y un amanecer violento. Ahí vamos….

Dije que ya no creía en la señales,  pero de pronto he decidido que escuchar en la radio hoy, esta mañana, hace unos pocos minutitos, la canción Llueve sobre mojado, es una señal. ¿Señal de que? Pues fácil: pensando como estuve pensando días antes en ese estribillo que dice “dormir contigo es estar solo dos veces, es la soledad al cuadrado”, se me ocurre que no es más que un aviso, debo ser un poco más comprensiva con algunas personas y no dejarme llevar por la ira, todos sufrimos por muchas cosas y no es del todo justo cogerle encono a alguien que no se da cuenta de su real problema por lo que prefiere atribuírtelos todos. Pero no caeré el error de ser comprensiva más allá de lo tolerable. Manteniendo las distancias, todo debería seguir.

He asumido culpas, me he disculpado por ellas, pero no habrá más, yo cometí errores y ya los pagué con creces, no vale la pena estar detallando las incómodas cuotas. Es de esto de lo que estoy cansada. Lo que vendrá ahora es seguir con mis cosas, desfallecer de cuando en cuando e intentar ser lo menos infeliz posible. Como se lo dije a ella hace muchos años, no sirve intentar tener una vida feliz, lo más que podemos hacer es vivirla y aspirar a tener momentos felices. Eso es todo.

jueves, 5 de febrero de 2015

Mejor mujer


En mi época de embrión, y posteriormente feto, la tecnología con la que hoy contamos no era tan accesible como ahora, por lo tanto, mis padres no sabían si yo iba a ser niño o niña. Sin embargo, con dos niñas mayores, todo hacía indicar eso de “a la tercera, va la vencida” y serían acreedores, por fin, de un niño que hasta nombre tenía: Jorge Iván.

¿Y en qué se basaron mis padres para casi asegurarlo así? Aparte de eso de “a la tercera, va la vencida”, mucha gente de su entorno le salía con los mitos de siempre: que la barriga apuntaba hacia abajo, que me movía tanto en la panza de mi madre que segurito era niño, que como no tuvo nada de náuseas lo que había dentro era un varón…. Y el puntillazo final lo dio la vecina-viejita-misteriosa de mi abuela, quien con solo ver a mi mamá y a su barriga de siete meses, vaticinó en medio de un halo de misticismo “estás esperando un niño, no hay duda de ello”. Ni las profecías de la profesora Trelawney, tuvieron tanto efecto como aquella.

Pero los mitos, las profecías y las ganas de mi padre no pudieron con la fuerza de la naturaleza (that bitch!), lo que ella había decidido no se podían cambiar y fue así que un caluroso jueves, al promediar las 18 horas, mis padres se llevaron la (in)grata sorpresa de tener entre ellos a su tercera hija mujer. Mil disculpas por aquello.

Sin embargo, al hacer un recuento de mi infancia, no recuerdo algún impedimento de género para hacer lo que me diera la gana. Tal vez cargué inconscientemente con esas ansías reprimidas, no lo sé, lo concreto fue que mi llegada significó un pequeño martirio para mis hermanas mayores: les rompía las muñecas, desordenaba sus juguetes, agarraba mis carritos a tracción y los pasaba encima de sus cuentos de princesa, siempre hacía el papel de villano cuando coincidíamos en recrear alguno de ellos…. Eso cuando estaba con ellas, en solitario causé destrozos con la televisión, tuve mi época de pequeña delincuente al tirar latas de gaseosa desde mi azotea hacia la calle, salía a jugar fútbol con los niños de mi barrio, tenía canicas de casi todos los colores y bailaba trompo con algo de torpeza. Se supone que todas esas cosas son las comunes en un niño. También estaba el batallar diario con mi madre que se empeñaba en vestirme con colores francamente horribles, usando zapatitos de charol que no me duraban mucho porque yo procuraba rayarlos mientras me metía en la tierra de los parques a jugar, haciéndome colitas en cada lado (con varias lágrimas mías) y comprándome una lonchera lila de Mi Pequeño Pony que yo arrastraba por todo mi colegio, convencida de que se trataba de uno de mis carritos a tracción.

No sé dónde aprendí tantas cosas o por quien fui influenciada, con seguridad no fue mi papá. El pobre andaba perdido en las cosas típicas del jefe de familia y era mi mamá la que se ocupada de los pequeños desastres caseros. Supongo que será un misterio sin resolver.

En retrospectiva, más allá de definir si tuve un estigma o no, lo mejor que me ha podido pasar es haber nacido mujer, estoy convencida que de haber sido hombre, con mi personalidad y mis complejos, hubiera padecido más en esta vida alborotada.



lunes, 2 de febrero de 2015

Gajes del oficio

Si hace un año decía que no veía cercana una renuncia y mucho menos un despido, ahora, con dos años cumplidos, las cosas están un poco distintas.


Cada día que pasa es un despertarme y pedir vacaciones a gritos (mentales), pelearme con las sábanas que pugnan por retenerme en la cama y no para dormir puesto que mi alarma corporal ya se acostumbró a madrugar, es la tentación permanente de llamar a la oficina y decir que estoy enferma, reírme de la gente que dice que la ducha es para relajarse puesto que durante ella yo sólo pienso con que humor estará mi jefe…. Y al final del día es permanecer despierta en la oscuridad de mi cuarto, sin conciliar el sueño por pensar en lo que me esperará al día siguiente. La calle está dura, pero a estas alturas la prefiero.


La mala leche es difícil de combatir y no sé cuánto tiempo más podré estar con la boca cerrada para no soltar las cosas que pienso sobre l@s compañeros de trabaj@ que día a día manejan dos caras dependiendo de quién tengan delante. Sé que no soy un ejemplo a seguir, pero nunca hago las cosas con un afán deliberado de hacer quedar mal a todos y ser la única responsable. Y en ese ambiente me muevo de lunes a sábado.

Estando las cosas así, veo un despido o una renuncia bastante cercanos. No sé cuál de las opciones saldrá, lo que sí sé es que ese día será, para mí, un día feliz.