lunes, 6 de marzo de 2017

Paralelo

Soy zurda, zurda de nacimiento.

Nadie me enseñó a serlo, nadie me convirtió, simplemente nací así y, desde que tengo uso de razón, recuerdo los comentarios maliciosos (debe ser bien incómodo, qué rara eres) y “recomendaciones” de enderezamiento que gente desconocida le daba a mi madre para que yo dejara tan fea costumbre (sujétele el brazo a la espalda, a la fuerza usará la derecha).

Reconozco que tuve suerte de crecer en una familia libre de ciertos prejuicios y que mis padres jamás intentaron convencerme o siquiera insinuarme que usar la mano derecha sería lo mejor para mí.

Ahora, ya adulta y zurdísima, veo con malestar que la sociedad ha cambiado poco respecto al asunto; he sido testigo de la preocupación de una persona cercana respecto a los primeros indicios de la zurdera en su pequeño hijo, preocupación provocada por el prejuicio y la falta de compromiso de una profesora de inicial que quiere tomar el camino fácil de volver diestro a un zurdo y así evitarse la fatiga de tener ella que adecuarse a la necesidad de su alumno, algo que, desde luego, es lo que debería hacer.

Me pregunto entonces, qué hubiera sido de mí si mis padres hubieran sido nada comprensivos, si en nombre de lo considerado “normal” y, mediante métodos tortuosos, me hubieran obligado a torcer mi naturaleza. Claro, habrían actuado basados en el argumento de “yo crío a mis hijos como me da la gana y nadie debe meterse”…. ¿De verdad nadie debe meterse?, ¿puedes moldear a tus hijos de acuerdo a tus comodidades?, ¿es correcto que les transmitas tus prejuicios?.

Quiero creer que no, quiero creer en la libertad que todo individuo debe tener desde su nacimiento, quiero creer que no tratamos a los niños como receptáculos sin voluntad ni pensamientos propios en el cual podemos depositar todas nuestras frustraciones, miedos y complejos. Dejemos de pensar en el qué dirán de la gente, no destruyamos el espíritu de nuestros niños con ideas absurdas y desfasadas.

No es pedir demasiado, es una simple cuestión de derechos y sentido común.

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