miércoles, 24 de septiembre de 2014

Achaques

¿Qué quería decir Calamaro con eso de como estudiante el día de la primavera?

Se lo pregunté una vez a un amigo, pero ya olvidé lo que respondió. Yo siempre lo relacioné con el día libre que teníamos en el colegio todos los 23 de setiembre, si bien teníamos que asistir, no habían clases y se organizaba unas actividades deportivas que terminaban en un desenfreno total. Claro, todo lo desenfrenado que puede ser dentro de un centro educativo, básicamente música de moda a todo volumen en los parlantes del patio.

Todo esto relatado con un inevitable toque de nostalgia. Decido interpretar a Calamaro a mi modo y entiendo perfectamente su deseo, yo también quisiera pasar mi vida entera con la sensación de libertad que venía con la adolescencia, con nada por delante, excepto el partido de basket que programaste con el otro salón; con todas tus energías puestas en cosas intrascendentes, no siendo exigente con la música, diciéndole sí a todo porque no hay persona más guerrera e irreflexiva que tú, lanzándote desde el sexto escalón ausente del miedo a romperte la cabeza, comiendo mil porquerías callejeras sin quejarte del hígado. Libre, así de simple.

Cuando vienen las responsabilidades, los miedos y el cerebro pensante, todo se va a la mierda. Ya no te atreves a dar un salto al vacío, cada paso debe ser pensando hasta el hartazgo y muchas veces la oportunidad se te va sin que hayas decidido todavía si era buena o mala, pero como se te fue, te da por pensar que era buena. Y reniegas. Y envejeces, así de simple.




martes, 9 de septiembre de 2014

Soñando despierta....

Asistir a eventos de los llamados culturales, tiene sus ventajas: conoces  gente medianamente interesante, tomas uno que otro vino decente, te ganas con escritores guapos, ves a Magali Luque tocando el cello y todo resulta lindo, interesante, fascinante…. Hasta que te cruzas con uno de esos imbéciles vestidos con sacos de pana (y sus respectivos parchecitos en los codos), lentes de montura gruesa y una incipiente barba (eso en el mejor de los casos, en la mayoría es pelusa nomás) que se sienten amos del mundo en estas actividades y que la gente común y corriente los denomina “intelectuales”.

Una podría decir que se los omite y punto, pero es un poco difícil cuando el evento en el que estás se desarrolla en un ambiente pequeño al que todavía no le asignaron un aforo, aunque igual no les hagan caso, y es inevitable no toparte accidentalmente con uno de ellos (señorita, no me empuje, ¡estoy pasando!), escucharlo dando su opinión a un despistado sobre lo maravilloso que fue X asunto (es que tendrías que haber estado, fue realmente neurálgico, ¡casi catártico!) para que luego te enteres que se trataba de una función de circo.

Aguantaría esa mierda si no fuera por la voz cojuda que tienen todos, la entonación más falsa que he oído en mi vida y que me provoca tirones en los músculos faciales.

Hoy, hasta el solipsismo me hace rabiar.