martes, 12 de mayo de 2026

Escalando

Qué difícil es captar y dar señales.

Una de las ventajas de andar ennoviada es que ya no hay más insinuaciones, frases en doble sentido o traducción de gestos faciales, porque una vez tienes la certeza del compromiso, toda tu inventiva y esfuerzo se centran únicamente en proporcionar y recibir felicidad, cariño y arrumacos.

Ahora, desennoviada y todavía sin sentirme del todo lista, debo lidiar con las actitudes de cierta persona que en las últimas semanas se me ha acercado, física y emocionalmente, sin que venga a cuento, buscándome con cualquier excusa tonta como consultas laborales, teniendo más experiencia en el campo que yo, comentar el partido de fútbol que me tuvo renegando todo el día o resaltar el calor que estaba haciendo por la tarde (¿?). Se diría que la sutileza no es su fuerte, pero aun así tuve que recurrir a una mirada externa para que confirme mis sospechas y no quedar en ridículo. Despistada sí, pero con dignidad (a veces).

Pero una vez obtenida la certeza del coqueteo quedaba preguntarse ¿Qué hacer? Me fui por lo básico y seguro: unas cervezas a la salida del trabajo, invitación que fue recibida con entusiasmo pero que a mi me generó una sensación de rareza que me hizo arrepentir casi al instante de haberme lanzado. Llegó el día pactado y acudí, con toda la predisposición del mundo y dispuesta a pasar un rato interesante, total, si había cerveza, todo estaría bien.

Para mi sorpresa, la incomodidad inicial se fue disipando y la conversación fluyó de lo más bien, dándome cuenta que habían afinidades importantes que nos mantuvieron entretenidas por horas, mientras las cervezas iban y venían. Pero en ningún momento de la salida sentí ese tironcito interno, esa sensación que nace en el estómago y va subiendo hasta tu garganta, la presión interna que bien podría describirse como la emoción de estar ante una oportunidad. Simplemente me divertí.

Llegó el momento de la despedida, sellada con un abrazo amistoso que me dejó claro que esto no iba a trascender más allá de una amistad, pero que también me mostró que, tal vez, sólo tal vez, ya estaba lista.

Mi propia reversión.