martes, 4 de noviembre de 2025

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Casi sin planificarlo, pero con la emoción por todo lo alto, un día martes confirmé mi viaje al país más al sur del sur, otorgándole un respiro a mi rutina y a mi mente.

Las semanas siguientes fueron de una expectativa que no sentía de hacía mucho, viéndome sorprendida de mi capacidad de interesarme por algo, ya que creía haberla perdido ante tanta desgana de mi parte. Pero ahí me veía, contradiciéndome constantemente, con el único fin de pasar unos días de relajo, conocer sitios nuevos y, sobre todo, dejar de lado la virtualidad para conocer en persona a una gran persona, una que, gracias a eventos posteriores e impensados, se convirtió en invaluable soporte, forjándose un vínculo y conexión, como ella misma lo dijo después, para toda la vida.

¿El viaje? Conocí lugares con los que solo fantaseaba, los que no tenía idea que existían, los que no formaban parte de mi itinerario y que aún así fueron bienvenidos. Extraños entrañables a los que siempre agradeceré su solidaridad con una completa desconocida. Nuevas amistades, cortas o largas, que me mostraron el lado amable de la vecindad y me ayudaron a librarme de absurdos prejuicios. Gatitos silvestres (te quiero, Benito), gatitos domésticos (distinguido Cacao), insolentes a la par de indiferentes. Y orden, una utopía limeña.

Como no podía ser de otra manera con nosotras, el viaje incluía pedaleada, la cual se realizó en un paisaje inmejorable, amante como soy del verde, su silencio e inmensidad, añadiendo el plus de ir acompañada de una persona que no sólo conoce la ruta sino que además, te enseña a valorarla y disfrutarla con todos los  sentidos, unos que me fallaron un poco e interrumpieron lo que iba a ser una tarde memorable.

Habría deseado restarle drama y dolor al asunto este del afianzamiento de la amistad, ya que volver  a casa con cuatro huesos rotos no estaba en absoluto dentro de mis planes, pero aún con todo ello, no tengo más que agradecimiento al destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan. Si había de pasar por esto, no pude tener mejor compañía, cuidado, cariño y contención, que con M.Alicia, quien dejó desempleado a mi ángel de la guarda.

Por supuesto que la música no faltó, pero si debo elegir una canción para ambientar este post, me quedo con esta, la que abrió paso, a punta de espada, a mi última (por ahora) aventura.

lunes, 21 de julio de 2025

Legado

He decidido que en mi velorio habrá música.

Desde hace semanas vengo planeando mi fiesta de cumpleaños, ya que cumpliré 40 y, además de ser un cambio de década, toma especial relevancia porque es el primero que celebraré desde el inicio/fin de la pandemia y después de una pérdida personal muy dolorosa que, por un tiempo, me tuvo convencida que mi cumpleaños ya no iba a poder celebrarse nunca más. Y a pesar de que a mi Fendi no le gustaban nada las visitas ni la bulla, sé que su pequeño y noble corazón se alegraría al verme compartiendo bonitos momentos.

Desde el contenido de la piñata, pasando por posible pirotecnia, hasta el armado de un improvisado bar, he ido comentando con algunas amigas ciertos detalles sobre el día, recibiendo sugerencias y contando los días que faltan para volver a tener reunidas en mi casa a todas las personas que, en diferentes medidas y frecuencias, son destinatarias de mis afectos. Echaré de menos a otras presencias que, geográficamente, tienen difícil llegar a tiempo, pero a todas ellas siempre les reservo un momento para poder compartir ese alegría cronológica que me invade una vez al año y que me hace ver todo color arcoíris.

Entonces ¿por qué he empezando escribiendo sobre mi futuro velorio? Pues que hace unos días tuve un sueño novedoso y que, al contrario de lo que su trama principal podría sugerir, resultó uno de los más bonitos que haya tenido y podido recordar: mi muerte.

Bajaba de un segundo piso hacia la sala de estar de una casa de madera que daba hacia el mar y donde se encontraba un grupo de gente que parecía estar esperándome, sentados en unos muebles que iban de lo más bien con la decoración casi rústica que tenía el resto de la casa. Pero lo mejor de ese grupo se encontraba en el medio, con la Buba y la Fendi más hermosas que nunca, moviendo sus colitas a velocidad helicóptero sin moverse de su sitio a la espera que llegue hacia ellas. Y hacia ellas fui, con ellas me abracé y volví a ser feliz.

Luego se apareció mi hermana, la que debió notar mi cara de susto y pena por verla ahí, pero inmediatamente me aclaró que ella no formaba parte del comité de bienvenida, simplemente estaba estableciendo una especie de contacto rápido para asegurarse que me encontraba bien y así, ambas tranquilas, nos despedimos.

Desperté emocionada y agradecida por lo que vi, esperando que lo que venga después de mi última respiración sea la mitad de bello de lo soñado, luego me puse a pensar que mi subconsciente motivó este sueño por toda la expectativa generada por mi próximo cumpleaños y la significancia de seguir viva o de haber llegado a lo que podría ser la mitad de mi vida. Y aunque cumplir 80 años me parece de una locura y ambición casi imposibles de cumplir, quiero seguir convencida que hay muchas cosas más para experimentar y disfrutar, que lo de padecer ya he tenido de sobra y hasta para compartir.



Soundtrack de entrada, el que YouTube se encargará de borrar en los siguientes días, sin relación aparente, simplemente porque esta canción siempre me gustó y hace unos dias descubrí esta version que tiene su dosis de melancolía, ternura y alegría que también están contenidas en este post.

viernes, 6 de junio de 2025

Desde el Cerro con amor...

Ni siquiera recuerdo el evento de aquella noche de sábado, sólo sé que fui a acompañar a mi tía y primo, viendo cantar a un imitador de José José y una versión muy particular y fea de Lo pasado, pasado, pero que hasta el día de hoy no puedo evitar reproducir en mi mente de tanto en tanto. Tenía unos siete u ocho años, esa edad en la que todo te asombra, todo lo comentas y todo quieres compartirlo con la persona que representa tu mundo: tu madre.

Al día siguiente, mientras doña Umi lavaba la ropa en el patio, le conté al detalle todo lo que había pasado, siendo que en un momento ella anticipó mi relato y me dijo exactamente lo sucedido en un momento particular de la velada, yo no entendía nada pues no había forma que ella supiera del asunto si no estuvo presente: “Ahhhh, es que yo sí fui, estuve atrás tuyo y no te diste cuenta”. Mi cara debió haber reproducido todos los emoticones de asombro en ese momento, tanto que mi madre soltó una carcajada para después aclarar que mi primo se me había anticipado y ya le había contado todo sobre la salida. En ese momento, recuerdo muy claramente, maldecí no haberme levantado temprano.

No tengo muy claro cuándo fue la última vez que me senté con ella a comentarle algo de mi día a día, del trabajo, una película que me gustó, política o lo que sea, volver a tener ganas de hacerle saber cosas; y no es que tenga la intención de ocultarle mi vida, simple y absurdamente perdí esa sensación, esa necesidad.

Pero con doña Umi no hay nada que un desayunito de café y chicharrón no pueda arreglar, por eso la adoro.

Hay que recuperar el tiempo.

viernes, 2 de mayo de 2025

Melómana frustrada

Como me dijo alguien alguna vez, yo opino hasta de lo que no sé. Y haciendo honor a esta característica tan mía, escribiré sobre música y, concretamente, sobre la canción de un artista con nombre de mi parte favorita de la semana.

The Weeknd.

Para ser justa conmigo misma y mi falta de oído musical, ya yo me había dado cuenta que tenía mucha influencia ochentera, que no es precisamente mi década favorita en cuanto a música, pero es bastante distinguible sobre otras, tal cual sucede con la de los noventa. Así que este señor le agregó sus toquecitos electrónicos tan de moda y se creó un estilo propio que le ha permitido destacarse en el mundillo musical actual.

He leído sí, que muchos comparan su calidad vocal con la de Michael Jackson, pero yo más bien la acercaría a Rockwell, ese mismo que nomás sacó un par de canciones conocidas que me bastan para ubicar a The Weeknd en su mismo rango, una opinión con la que concuerda mi hermana, que de ritmos y voces conoce alguito más y que también sabe bailar.

Pero yo hablaba de una canción particular y es esta…

🎶 Videoclip oficial de “I Feel It Coming” – The Weeknd ft. Daft Punk (canal VEVO):




Espero que la hayan oído y espero que Blogger no me la baje por infringir derechos de autor o una vaina similar.

Bueno, ahora a la canción en sí. Soy de las personas que se dicen tener “gustos eclécticos” y aunque la mayor parte de mis afinidades musicales se centren a los noventas, voy cogiendo algunas canciones sueltas de aquí y allá sin tener algún artista contemporáneo favorito, ya que considero que, desde mediados de los dos miles, ningún representante global de la música vale la pena, así que oigo de pasadas algunas canciones y decido que me gustan sin interesarme en seguir el disco completo siquiera.

Así llegamos a I Feel It Coming, la que oí de pasada hace algunos años y, sin llegar a enterarme quién la cantaba ni nada, de inmediato me transportó a peinados extravagantes y prendas coloridas y llamativas (el look por antonomasia de hace 40 años), con un estribillo suave que me encantó pero que no pude retener para una búsqueda a profundidad, un pequeño momento que fui olvidando con el paso del tiempo y que volvió casi de golpe hace unas semanas.

A cuenta de no sé qué, mientras pisaba la arena mojada y anhelaba tiempos más felices, ese estribillo volvió a mi mente y sentí la irrefrenable necesidad de descubrir su nombre y reproducirla veinte mil veces seguidas (escribo esto mientras me pongo la versión loop de 10 horas), reteniendo los pocos segundos de ritmo que recordaba, aferrándome a ellos para poder ubicarla. Los primeros resultados de búsqueda me arrojaron al cantante, el que tiene tantos súper mega hits que no me ayudaron mucho a poder ubicar esta canción en particular, lo que me obligó a recurrir a una herramienta que he venido rechazando de su aparición: el chatGPT…


Como ven, ni siquiera sabía escribir el nombre de mi causa...



Acá, sintiendo vergüenza de cantarle a un robot...



¡Habemus canción!


Lamento si dejé a algunas personas con la ducha a medias por mi breve consulta a la IA, pero no podía quedarme tranquila.

Grata sorpresa me llevé con la letra, una oda al cuidado, cariño y paciencia que te despierta el amor, esa necesidad irrefrenable de proteger a la persona que amas de todo lo que pueda generarle sufrimiento o dolor y garantizarle, con la seguridad que te da su mirada, que nada malo le pasará. Una sensación bastante conocida que supe recibir y dar y por la que estaré siempre agradecida. Agradecida a la vida y a su valentía.

Punto aparte, y final, para la voz de The Weeknd, melodiosa, suave, cercana y tranquilizadora, complemento perfecto a la música y letra que han convertido a esta canción en una de mis favoritas, surgiéndome la duda e indignación de por qué no fue un hit mundial. Aunque tal vez sí que lo fue en su lanzamiento (2016) mientras yo andaba perdida, creyendo que la luz venía de un resplandor radiactivo.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Como tiene que ser...

Un día como hoy, después de 11 años de labor casi ininterrumpida (gracias apéndice por inflamarte en plena pandemia), tenía mi primer día libre y desempleada, presentándose ante mi un futuro incierto pero en el que empezaba a trazarse un plan a mediano-largo plazo que iba a marcar una etapa importante de mi vida. Sin embargo ese plan se torció y yo me encontré en la situación de seguir adelante con los pasos previos que iban a culminar en algo que ya no existía más.

Pero antes de todo aquel drama, cuando aún habían motivaciones, me permití unos días de relajo absoluto, de distensión total, teniendo como primera tarea voluntaria la de ordenar mi armario, siempre caótico y lleno de chucherías acumuladas de las que no me deshacía por flojera o falta de tiempo. Ahí me reencontré con unos audífonos que creía perdidos, unos lapiceros de tinta líquida que compré cuando absurdamente me creí capaz de seguir una carrera universitaria, un estuche de tela con estampados de mi banda favorita y un par de pines alusivos a la comunidad LGBT (que al día de hoy ya perdí definitivamente), entre otras cosas más que boté u ordené, dependiendo de mi conexión sentimental con cada elemento. Lo que creí que sería una actividad de un par de horas me tomó toda la mañana y parte de la tarde, mientras estrenaba mi vasito de Capitana Marvel con un buen trago de leche fresca y heladita.

Los días siguientes transcurrieron entre encargos remunerados, actividades caseras y una que otra salida para sentir el aire tibio de verano en la cara. Pero esta vez no me sentía sofocada, no había prisas en mis pasos, ni la conocida ansiedad de unas vacaciones próximas a terminar, simplemente dejaba que el tiempo pasara, con la tranquilidad insensata de no hacerte responsable de nada.

Pero ese tipo de paz no está hecha para el ser humano, este sistema nos obliga a ser productivos y a sentir el agobio constante cuando no cumples con ello. Los días pasaban, la liquidación menguaba y volví a las noches insomnes que creía haber dejado en el olvido.

Hoy, un año después, tengo el doble de trabajo y ojeras, la motivación en mínimos y el tiempo libre como espejismo, fantaseando con volver a esos días de libertad.