viernes, 10 de noviembre de 2017

Ayer soñé con Shirley Manson....

....Y este vendría a ser mi segundo sueño vívido, real, mágico y alborotador en mi vida.

Ya antes Rafael Nadal había aparecido en plena fase V para, digámoslo coloquial y directamente, bajarme los calzones y hacerme delirar con cosas que hasta ese momento sólo imaginaba y anhelaba, porque a mis cortos e inexpertos 22 años ni siquiera había besado, por lo que las hormonas complotaron para perder mi virtud, al menos en el mundo onírico, en manos y más del portento físico que aún es este tenista español, lo que me generó un despertar sobresaltado en plena madrugada y luego un amanecer descansado y sonriente por la mañana no tan temprano.

Pero ayer fue distinto y, si cabe, más real. Era al aire libre, tal vez en la locación de algún videoclip, andaba yo en búsqueda de alguna oportunidad de acercamiento, de hacerme notar ante mi diosa particular, que se entere de mi existencia, que me dirija alguna palabra o mirada…. Y así sucedió.

Captó mi presencia y en un tono que pretendía ser severo (y que a mí me heló la sangre), me llamó a su lado para pedirme explicaciones sobre mi comportamiento stalker. Lo maravilloso de los sueños es que muchas cosas se dan para que puedas vivir tu fantasía a plenitud, es así que me encontré barboteando un inglés más que decente para explicarle a Shirley el motivo de mi vigilancia, desde relatarle el frustrado encuentro en el aeropuerto en su primera visita a mi país, hasta los escasos minutos de compartir junto con otros adoradores suyos en el hotel donde se hospedó aquella vez, al que, por cierto, no asistí pero igual no había modo que Shirley lo notara.

A esas alturas, yo hubiera sido capaz hasta de negar a mi madre y de inventar mil fantasías con tal de conseguir un guiño de aprobación por parte de mi diosa particular, de alargar mi estadía a su lado, de tener el tiempo suficiente para que Shirley encontrara algo interesante en mí, de decirle algo tan gracioso que la hiciera carcajear para oír en vivo ese sonido tan poco delicado, tan suyo, que me eriza toda la espalda. Shirley es disfrutable en muchas etapas y hasta verla furiosa sería un deleite, aun si esa furia estuviera dirigida o provocada por una.

Y ahí estaba, alargando hasta lo imposible esta extraña conversación, hasta que Shirley hizo algo que, de hecho, habría cambiado mi vida para siempre. Llamó a alguien que estaba cerca y le pidió su celular, iba a tomarse un selfie conmigo. Mi corazón explotó en ese momento, iba llevarme a casa una huella imperecedera de mi encuentro con una persona que, a la distancia, con su música, personalidad y actitud demoledora, me ha entregado momentos significativos y felices, pequeñas reivindicaciones que hicieron más llevadera esta vida, me permitió desconectarme de todo y saber que la música es, muchas veces, el abrazo de Heimlich que nos desahoga del atoro al que sucumbimos con facilidad.

Pero no olvidaba que, después de todo, esto no era más que un sueño y segundos antes del click que eternizaría este encuentro, me desperté, algo frustrada por el cruel no-desenlace.

El diablo habita en el subconsciente, de eso no tengo duda.

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