Tengo una pequeña obsesión con
las fechas.
A mi mente le da por inmortalizar
todo a través de las fechas, primeras veces sobre todo, en las que descubrimos
y/o experimentamos sucesos nuevos que marcan todos los antes y después que hay
en nuestra vida. Yo tengo fe en que me quedan muchas primeras veces por vivir,
la principal motivación de mi monótono día a día.
Aunque no todas las primeras
veces suelen ser de grata recordación, no tanto por el hecho en sí sino por las
consecuencias posteriores de las que una no puede escaquearse. Como el fatídico
27 de agosto de 1998.
Porque claro, una empieza a
experimentar primeras veces desde muy muy joven y casi todas las mujeres
experimentamos una en particular desde temprana edad: la infame menstruación.
No tengo palabras que lleguen a
graficar con precisión milimétrica lo que este proceso biológico despierta en
mi, tanto a nivel físico como mental y hasta espiritual. Tendría que inventar
nuevos términos porque todas las palabras que expresan sentimientos negativos no
llegan a cubrir ni la sétima parte de lo que yo siento hacia este vejamen de la
macabra naturaleza.
Volviendo al fatídico 27 de
agosto de 1998, andaba yo muy tranquila, todo lo tranquila que se esperar en
una mocosa de 12 años cuya mayor preocupación era la de ganarle el partido de
basket al salón rival en pleno recreo. Transcurría la mañana sin ningún control
porque era uno de esos tantos días en los que cualquier excusa era excelente
para no hacer clases, aniversario del colegio aquella vez, cuando de pronto
sentí una punzada de dolor muy fuerte y desconocida directo en el vientre. Lo
asocié al refresco naranjado que había tomado en el kiosco, lo único que
calmaba mi sed por ese entonces, haciendo oídos sordos a mi madre que estaba
convencida que se trataba de agua sin hervir; no le di importancia….
El dolor, cada vez más intenso,
no parecía tener fin, por lo que, después de rogarle a mi turora que me diera
libertad, fui corriendo a mi casa convencida que había sido atacada por uno de
esos virus tropicales a los que siempre me creí susceptible de contraer, la
sugestión es de nacimiento. Llegué por fin a casa y me encerré en el baño,
tratando de privar a mi familia del espectáculo que significaría morir delante
de ellos, sudaba frío y mientras me retorcía de dolor caí en cuenta de lo que
estaba pasando conmigo. Ya lo había presenciado en mis hermanas mayores,
momentos de celebración para todos, menos para ellas.
Por increíble que parezca, una
vez confirmadas mis sospechas, pude dejar de lado el dolor y decidí que no
quería que este hecho se convirtiera en el acontecimiento familiar que había
sido con mis hermanas, respiré hondo y salí del baño con la mayor serenidad
posible, le pedí a mi desconcertada madre que me diera una pastilla para el
dolor mientras le comentaba muy despreocupadamente que su hijita menor, yo, se
inició en este proceso que acompaña a las mujeres en gran parte de sus
vidas. Obviamente no fui tan ceremoniosa, creo que las palabras exactas fueron
“ma, parece que ya me vino la regla”,
atajándola de arranque informándole que regresaba al colegio para terminar la
celebración. Celebración que no disfruté en absoluto puesto que todo el tiempo
me la pasé dopada en la enfermería.
Fue a partir de ese 27 de agosto
de 1998 que inicié mi historia de odio con la menstruación, cuando empezaron
las preocupaciones de verdad, cuando me vi condicionada a ver el calendario
antes de programar cualquier actividad por los siguientes treinta años (en el
mejor de los casos), cuando supe que la libertad era una concepto ajeno a mi
existencia, cuando experimenté la vergüenza y tensión constantes al sufrir los
clásicos “accidentes” con la vestimenta, cuando me enteré que era posible
desmayarse de dolor.
Muchas revelaciones para un alma frágil como la
mía.