jueves, 17 de noviembre de 2016

Alimentando mi obsesión

El gran día se acerca y a mí se me antoja casi imposible. ¿Existes? ¿Eres de carne y hueso? ¿Mi imaginación no me está jugando una mala pasada? ¿Realmente te tendré frente a mi?, probablemente me gane una amonestación por eso, pero ¿de verdad podré tocarte?....

Mi cerebro bulle entre trabajo, familia y trabas personales, pero miro el almanaque de escritorio, caigo en cuenta de la fecha y me digo “de qué carajo me preocupo cuando falta un mes para verte”, niego con exasperación y sigo en lo mío. ¿Qué es lo mío? Mirarte embobada, escucharte extasiada, pensarte hasta cuando no pienso, soñarte noche tras noche. En definitiva, obsesionarme contigo a tiempo completo.

Seguramente pensarás que esto no es saludable, que tanta “intensidad” terminará por dañarme y que vivo una ilusión sin pies ni cabeza. En principio te daría la razón, pero luego mi lado irracional acaba con cualquier atisbo de cordura y me entrego por completo, sin reservas ni precauciones, a nuestra causa, la que ni siquiera sabes que existe pero que mi cerebro ha ido maquinando desde hace años.

Ya no hay modo de detenerme, enrumbé hacia este fin y sólo queda esperar el desenlace. Conociéndonos, será uno memorable, los setenta y cinco minutos más intensos de mi vida.

Y, Shirley, estarás conmigo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Neologismos Arbitrarios VI

El empacho del que hablé no me duró ni un día, regresé a la página confiable y seguí con el atracón. Viendo tantas cosas, a una le despierta la curiosidad por saber más y, no contenta con los videos, empecé la investigación escrita.

Entre tantas filias reconocidas, encontré una que me llamó la atención por su nombre, digámoslo así, tan poco sugerente y la alta afinidad que encontré con su definición, contenta de saber que esta rareza mía, tiene nombre: la odaxelagnia.

Para empezar, demoré un día completo en dominar su pronunciación, afanosa como estaba en convertirme en una experta, al menos teórica, del tema. Con la debida práctica, podría convertirme en toda una eminencia,  ya que mi poca y limitada experiencia me dio lo suficiente para saber a qué le entraba y a qué no, siendo la odaxelagnia una de mis actividades favoritas, morder y ser mordida.... ¡Qué dicha!.

Haciendo memoria, el asunto parece ser de nacimiento, puesto que guardo recuerdos nebulosos en los que me mordía la rodilla hasta marcar la dentadura de leche que me acompañaba a mis cuatro o cinco años de edad, una odaxelágnica en potencia. Ya de grandecita, pasé y superé en tiempo récord una de las primeras vergüenzas que pasas cuando eres una novata en las lides resorteras, que la amiga/compañera de trabajo te haga ver que tienes un escandaloso chupetón en el cuello, ipso facto cubrirte con las manos y encender involuntariamente las mejillas. ¡Qué inocente era!

Con el paso de los días, la frescura se apoderó de mí, encontrando modos de ocultar las huellas de la díscola y alborotada vida que llevaba por ese entonces, donde las chalinas eran mis mejores aliadas, eso durante el invierno. Para el verano, la cuestión se complicaba un poco, no quedándome más remedio que trasladar unos centímetros hacia abajo la “zona de impacto”, lo que devino en un sorpresivo descubrimiento, resulta que dolía un poco más y resulta que disfrutaba de ese dolor. Tenía mi lado sado, orgullo total cuando veía mi piel de diferentes tonos, que iban cambiando con el paso de los días y que hubiera exhibido de buena gana de no ser por ese inconveniente del estar prohibido mostrar el cuerpo calato en la vía pública.

Los dolores que vinieron después fueron los que me dejaron las peores huellas, algunas están desapareciendo y otras parecen indelebles. Para bien o para mal, todo suma.

Sorpresivamente, mi pequeña encuesta me ha demostrado que esta práctica tiene gran acogida, con una alta carga de censura que no sabría explicar. Considerar el marcar a la pareja como un acto de sujeción de uno hacia otro me parece excesivamente ridículo, evidentemente el consenso debe primar, pero juzgarlo de ese modo en los demás (en algún momento en mí), es suficiente para iniciar con el latido del ojo izquierdo.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Mucho para ver

Tumbada en mi cama un viernes por la noche, con la expectativa de un sábado laboral y académico, iba pasando los canales sin ver ni buscar algo específico…. Hasta que mi ojo clínico captó algo.

Era la clásica película “para adultos” que dan pasada la medianoche, actuaciones terribles por parte de todos, hasta que llegan las escenas de sexo en donde abundan los primeros planos de los pechos y genitales femeninos y en donde a las justas se ve el trasero del hombre. Algo que pasados unos cinco minutos llega a aburrir, pero en mi caso, tal vez debido a mi prolongadísima abstinencia, me mantuvo en vilo, esperando ver algo que sabía perfectamente que no vería: la penetración.

El novio de mi hija”, que así se llamaba la película de marras, me dejó con una sensación de fastidio y tuve que recurrir a algo que siempre me ha llenado de pavor. Buscar pornografía en internet. Si no sabes por dónde buscar, páginas maliciosas pueden terminar con la vida de tu PC, la misma que compartes con toooooda la familia…. Pero se me prendió el foquito pervertido y me dije que todo lo podía hacer desde la comodidad y privacidad de mi nuevo celular, que no es Smartphone por las puras, dándole una utilidad más aparte del Candy Crush.

Consultas inocentes, más una que otra referencia,  me hicieron llegar a una página que tenía pinta de confiable, iniciando una seguidilla de descarga de videos de TODO tipo que, pasadas unas tres horas (lo que demoró el celular en avisarme que la batería moría), me dejaron un poco empachada. Recordé la vez que Helena y yo pedimos un balde de ocho piezas de pollo KFC, tres cajitas felices McDonald’s y una docena de siu mai sólo para las dos y, aparte de empachada, también me sentí culpable. Emociones que se repetían en mi, mientras continuaba sentada en mi nueva mecedora, todavía con el celular en la mano.

Ya no tenía ese fastidio que me empujó a la búsqueda de aquellos videos, pero había sido reemplazado por otra sensación igual de incómoda que hasta el día de hoy no puedo descifrar. ¿La utilización de la mujer en semejante oficio? No creo, el hombre está igual de expuesto, ¿la ficción absurda que hay en esas historias? Claro, claro, decir que una mira esos videos por la historia que cuentan es como justificar una suscripción a Playboy por los buenos artículos que publican, ¿rezagos de la educación religiosa impuesta en el colegio? Bueno, he hecho cosas peores que ver pornografía y hasta puse en práctica algunas escenas vistas, así que no creo que haya mucha culpabilidad de mi parte.

Terminando de ver los videos, me dije que había cubierto mi cuota para un año completo, convencida de haber excedido el límite que separa a curiosos de adictos. Inmediatamente prendí la televisión y sintonicé Cartoon Network, con la esperanza de desintoxicarme un poco.