¿Algún día dejarás de importarme, de dolerme, de provocarme emociones
intensas, de trastornarme, de influir en mi estado de ánimo, de habitar de
manera permanente en mi alma?
En días como hoy quisiera ser totalmente impasible a tu
existencia, que nada que venga de ti me afecte, que sea parte de esa gran
cantidad de gente que te ve pasar sin que les provoques la más mínima reacción,
indiferentes.
En días como hoy quisiera pasar de todo y seguir con mi
rutina, trabajar sin distracciones de ningún tipo, caminar de regreso a casa
sin pensamientos sombríos, sin cuidarme de evitar sitios referenciales que me
recuerden los buenos tiempos.
Como bien dice la canción “odio quiero más que indiferencia”. Porque, en días como hoy, te
odio visceralmente, odio que me afectes hasta el punto de mandar todo al
carajo, odio que me impidas disfrutar de las oportunidades que se me presentan
porque no dejo de pensar en ti, odio que mi entorno no entienda de esta pasión
desmedida y terminen por tirar la toalla conmigo.
Sé muy bien que no soy la única persona a la que tienes en
este estado calamitoso. Sé que en tu historia hay encuentros y desencuentros
mucho más graves que los nuestros. Sé que lo acá escrito no alterará tu curso.
Los humanos tenemos este defecto de hablarle insistentemente a la pared.
Fútbol, bendito fútbol, tal vez en una semana exactamente a
esta hora, estaré escribiéndote y adorándote sin límites por darme una muestra
más de tu maravilla, de tu grandeza, de tu milagroso desenlace. Pero hoy
permíteme depositar toda mi frustración en ti, permíteme dudar de tu capacidad
de lograr imposibles, permíteme cebarme en ese 3-0 que me hará maldecir cada
dos por tres durante el resto de la temporada europea.
A pesar de ello, no cambiaría nada de lo que me
has dado. Porque tu presencia colorea, en blaugrana, mi vida.

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