Tengo eso que podría llamarse defecto: descalifico o me
abstengo de aquel que cometió actos censurables (ya sea por un tema moral o
delictivo) y lo borro totalmente de mi entorno. Es así que paso de ver
películas, oír canciones o leer libros de personas infames que borran con
la derecha lo que magistralmente crearon con la izquierda.
Tengo un ejemplo de ello, el verdadero motivo de
este post, tal vez un poco fresco de mi parte y que no representa un delito per
se, pero sí un acto reprobable que me hace tenerle una tirria tremenda a Eric
Clapton. Todo comenzó hace muchos años atrás cuando leí un artículo de revista
titulado algo así como “Las mayores traiciones en el mundo del rock”,
enterándome ahí que ese señor con cara de todo, menos de rockero, llamado Eric
Clapton le había “atrasado” la esposa a mi beatle favorito, George Harrison, (para
ser honesta, George era mi favorito es por un tema de descarte: John era un
idealista insufrible con una espantosa esposa, Paul pretendiendo ser el modesto
con un ego argentino y Ringo, con su inmerecida fama de advenedizo, ocuparía un
honroso segundo lugar) dando así un golpe bajo e imperdonable que me hizo
odiarlo para la eternidad.
Claro, para eso ya ubicaba a Clapton con la baladita
dedicada a su hijo fallecido y nada más, amén de las emisoras de radio locales
y su nada variada programación y también de mi poco interés de saber más sobre
el traidor en cuestión. La historia de la felonía es harta conocida, llegando
al colmo de la ignominia para el pobre Georgie, al componer Clapton la famosa Layla, declaración de amor para la aun
esposa de su amigo, en la que rogaba de rodillas que ella lo aceptara y donde,
de una manera nada sutil (la canción toda es una apología a la imprudencia)
expone la “mala conducta” de Harrison, que durante su matrimonio se dedicó a adornar
de lo lindo a Pattie Boyd, coautora de la traición. El desenlace fue poco feliz
para una pareja destinada al fracaso. A las finales, George resultó siendo el
más beneficiado por haberse librado de una esposa que le interesaba tan poco y
que endosó a su mejor amigo seguro de haber concretado el cambiazo de su vida.
La canción de marras nunca la escuché, convencida que se
trataba de una tonada romanticona y lastimera (de verdad que no sabía nada de
Clapton), cuando hace unos días llegó a mis oídos un ritmo medio blues que me
sonaba de algo. De rato en rato me parecía escuchar el nombrecito aquel y, como
no tenía nada que hacer, me tiré a la cama a buscar en YouTube la confirmación
de mis sospechas. En efecto, la primera opción a escuchar es la versión unplugged,
con subtítulos además, que me escandalizaron aún más por el desparpajo con el
que el señor de apellido con parecida sonoridad a la palabra “cleptómano”,
cantaba/reclamaba el amor de una mujer comprometida.
Lo peor es que me gustó.
Lo peor es que me gustó.
Convencida que se trataba de un error, busqué la versión
original, para confirmar con pavor que esta era todavía mejor que la del
unplugged y que a la tercera reproducción seguida ya la estaba cantando a
gritos. Viendo mis principios severamente cuestionados, procedí a documentarme
más respecto a la historia de la canción, sólo para sonrojarme con cada página
que regalaba a los protagonistas, George incluido, adjetivos de todo tipo que
me hicieron ver, otra vez, que toda historia es mucho más que blanco y negro, adentrándonos
en los grises que nos ponen en situaciones inimaginables tanto por nuestra
formación como por nuestras convicciones.
Layla es una oda
desesperada de amor no correspondido y lo mejor (o peor) de ello es que sabemos
que no fue una inspiración pasajera o una idea suelta, era la vida misma de
Clapton que con cada acorde de su guitarra y desgarro de su garganta confesaba
el martirio por el que pasaba. Que más tarde ese amor haya acabado así de mal
no resta nada a la maravilla que compuso, la que asusta por la semejanza,
arbitraria o no, que una encuentra con su jodida vida.
Pero tranquil@s tod@s, que para confesiones ya tengo
suficiente con haber revelado que no me gustó The Shape of Water.