Estoy estrenando etapas.
En esta ocasión, intentando poner
algo de orden a mi vida, estoy visitando a una amable sicóloga. Le he pedido
expresamente que nos ocupemos de mi lado distraído y desordenado, omitiendo las
demás taras que seguramente me encontrará. Me ha dicho que puede funcionar
hasta cierto punto y que llegado a él, tendré que evaluar si seguimos adelante.
Ya me ha dejado tarea y la estoy
desarrollando en paralelo a este post, del que no sé si contarle, ya que
quisiera que vea que no todo es inconstancia en mi vida, aunque por ahí me pide
leer lo publicado y sacar más conclusiones de las que me gustaría. Me dan algo
de miedo los sicólogos, siempre buscando llevarte al lado oscuro para
destrozarte y luego, sesión tras sesión, recoger pieza por pieza. Si las piezas
están en orden, es otra cosa, ellos ya cumplieron con rearmarte.
A pesar de ello, he decidido
tomar en serio esta actividad, a la que recurrí por iniciativa propia, dejando
de lado mi escepticismo y convenciéndome a mi misma que la autocompasión ya no
es suficiente. De ese modo, también cumplo con uno de los más conocidos clichés
de los “artistas”: su lado maldito/atormentado/complejo/raro. Me encanta sentirme complicada.
Las sesiones hasta ahora han sido
de lo más entretenidas, ya que se trata uno de mis temas favoritos: yo. Mi ego
es tan extraño que pasar una hora enumerando mis fallas delante de una persona,
lo eleva a niveles casi argentinos; y más aun si esa interlocutora te presta
atención y te va respondiendo o dando “soluciones” de acuerdo al momento, dando
la impresión que nada le fascina más que lo que una tiene que contarle. Sé muy
bien que esto es parte de su trabajo remunerado, pero omito ese detalle para
seguir con el engreimiento.
Al finalizar el tiempo, la sicóloga da un
resumen bastante preciso de lo avanzado y de lo que espera tratar la siguiente
semana, siempre dándome una palmadita en el hombro que yo gustosa cambiaría por
una prescripción de drogas noqueadoras. Me oigo a mí misma, pongo los ojos en
blanco y sigo adelante.