Tengo una relación difícil con mi padre y siento que la “complicación” es mutua, compartida. Sin embargo, y no me pesa admitirlo, hay algo que siempre rescataré de este vínculo impuesto. El compartir conmigo una de sus mayores pasiones.
Y es que, a pesar de ese no saber lidiar con su hija menor (y con ninguna de sus hijas en general), de forma inexplicable, una noche complicada tuve la confianza para ir a su cuarto y decirle que no podía dormir (mi yo de casi 6 años no preveía que las noches insomnes serían una constante de mi vida adulta), situación en la que mi papá cumplió a cabalidad con su función parental y puso en mis manos un objeto invaluable que, definitivamente, marcaría un antes y después en mi vida.
Un libro.
Con asombrosa asertividad, me entregó una adaptación de La Ilíada, totalmente ilustrada y parchada con cinta adhesiva en su lomo, con el característico olor a guardado que todo libro viejo tiene y con la esperanza que esa pequeña de ojos grandes lo pudiera dejar en paz. Debo decir que su intento de hacerme dormir fracasó, puesto que no dejé el libro hasta no terminarlo casi al amanecer, pero al menos sirvió para que él pudiera tener sus horas de sueño completas, igual no me quejo.
De aquella única versión que he recogido de ese clásico, Héctor es mi héroe máximo, Aquiles un engreído insufrible, Paris un sinvergüenza y Ulises un nerd odioso. Afrodita una mujer hermosa y complicada, Atenea una mujer de la que hay que cuidarse, Marte un niño grande que se empincha terriblemente cuando le quitas su carrito y Zeus el padre relajado que no interviene hasta que uno de sus hijos se pone a llorar. Y el resumen total, troyanos buenos/griegos malos.
Es curioso cómo funciona la memoria, esa que es capaz de recordar hasta el mínimo detalle de un suceso de hace más de 25 años, pero que no puede traer a tu mente el lugar donde ayer guardaste un documento que hoy buscas como loca. A veces me entran las ganas de preguntarle a mi papá por esa noche, pero tengo miedo que no lo recuerde y rompa el encanto y cariño con el que conservo ese momento.
Felizmente, dentro de esa relación difícil, han sido muchas las ocasiones en las que nuestra afición por la lectura nos ha unido, ya sea para ir juntos en búsqueda de tesoros ocultos en las ferias de libros de segunda mano, en los regalos cumpleañeros que prácticamente son intercambios de libros pensados exclusivamente en el gusto de cada uno, en la clasificación periódica que hacemos de nuestra nutrida biblioteca familiar, registrando libros nuevos y buscando los que no se encuentra en el sitio dispuesto, reclamándonos el haber maltratado un ejemplar o haberle puesto la firma propia en uno que es del otro.
Gracias a este compartir, sé que conozco a mi papá mejor que mis hermanas, pero a veces ese conocimiento y mi paciencia no me alcanzan cuando saca a relucir esa parte de su carácter que detesto, respirar no es suficiente y termino por explotar al igual que él, malográndonos el desayuno dominguero a nosotros y a los demás. Y, aunque no me guste admitirlo, sé que esa explosión también es herencia suya.





