domingo, 19 de septiembre de 2021

Un padre, una hija....

Tengo una relación difícil con mi padre y siento que la “complicación” es mutua, compartida. Sin embargo, y no me pesa admitirlo, hay algo que siempre rescataré de este vínculo impuesto. El compartir conmigo una de sus mayores pasiones.

Y es que, a pesar de ese no saber lidiar con su hija menor (y con ninguna de sus hijas en general), de forma inexplicable, una noche complicada tuve la confianza para ir a su cuarto y decirle que no podía dormir (mi yo de casi 6 años no preveía que las noches insomnes serían una constante de mi vida adulta), situación en la que mi papá cumplió a cabalidad con su función parental y puso en mis manos un objeto invaluable que, definitivamente, marcaría un antes y después en mi vida.

Un libro.

Con asombrosa asertividad, me entregó una adaptación de La Ilíada, totalmente ilustrada y parchada con cinta adhesiva en su lomo, con el característico olor a guardado que todo libro viejo tiene y con la esperanza que esa pequeña de ojos grandes lo pudiera dejar en paz. Debo decir que su intento de hacerme dormir fracasó, puesto que no dejé el libro hasta no terminarlo casi al amanecer, pero al menos sirvió para que él pudiera tener sus horas de sueño completas, igual no me quejo.

De aquella única versión que he recogido de ese clásico, Héctor es mi héroe máximo, Aquiles un engreído insufrible, Paris un sinvergüenza y Ulises un nerd odioso. Afrodita una mujer hermosa y complicada, Atenea una mujer de la que hay que cuidarse, Marte un niño grande que se empincha terriblemente cuando le quitas su carrito y Zeus el padre relajado que no interviene hasta que uno de sus hijos se pone a llorar. Y el resumen total, troyanos buenos/griegos malos.

Es curioso cómo funciona la memoria, esa que es capaz de recordar hasta el mínimo detalle de un suceso de hace más de 25 años, pero que no puede traer a tu mente el lugar donde ayer guardaste un documento que hoy buscas como loca. A veces me entran las ganas de preguntarle a mi papá por esa noche, pero tengo miedo que no lo recuerde y rompa el encanto y cariño con el que conservo ese momento.

Felizmente, dentro de esa relación difícil, han sido muchas las ocasiones en las que nuestra afición por la lectura nos ha unido, ya sea para ir juntos en búsqueda de tesoros ocultos en las ferias de libros de segunda mano, en los regalos cumpleañeros que prácticamente son intercambios de libros pensados exclusivamente en el gusto de cada uno, en la clasificación periódica que hacemos de nuestra nutrida biblioteca familiar, registrando libros nuevos y buscando los que no se encuentra en el sitio dispuesto, reclamándonos el haber maltratado un ejemplar o haberle puesto la firma propia en uno que es del otro.

Gracias a este compartir, sé que conozco a mi papá mejor que mis hermanas, pero a veces ese conocimiento y mi paciencia no me alcanzan cuando saca a relucir esa parte de su carácter que detesto, respirar no es suficiente y termino por explotar al igual que él, malográndonos el desayuno dominguero a nosotros y a los demás. Y, aunque no me guste admitirlo, sé que esa explosión también es herencia suya.

Me he propuesto rescatar lo positivo de mis relaciones personales, las que viví y las que mantengo, este post es una muestra de ello.



jueves, 26 de agosto de 2021

Tarjeta de presentación

Lectora, lector:

Ya sea que habiten en este mundo o en mi imaginación. Sean visitas constantes o esporádicas. Me conozcan, crean que me conocen o les resulte una encantadora/desconcertante/anodina desconocida.

Estas pocas palabras van para ustedes, como advertencia y manual de uso.

Lo que leen acá es ficción. O no.

Lo dejo al maravilloso libre albedrío que ustedes poseen y que yo sólo ejerzo en este blog.

Feliz cumpleaños, Shirley. Mi infalible constante.

 

martes, 24 de agosto de 2021

Viejas costumbres

Vuelvo malamente a la teoría, ya que la práctica, como antes, como siempre, me está siendo esquiva. Ya sea por mi naturaleza introvertida, ya sea por el confinamiento, ya sea por la obligada distancia que debemos mantener hasta no tener la cada vez más utópica inmunidad rebaño.

Meses atrás escribía sobre una epifanía, una que duró lo que demoré en deslumbrarme por una aparición inesperada que, intuí correctamente, compartía mis gustos “recientemente” asumidos. Y así como vino, la epifanía se fue, dejando al candidato a compartir mi vida, una vez más, fuera de concurso, con la diferencia que esta vez se ahorró un rechazo de mi parte, puesto que la aparición inesperada se hizo presente antes de siquiera retomar contacto, siendo ahora un feliz ignorante de lo que estuve a punto de hacer(le).

¿Y qué pasó con la aparición inesperada? Lo usual, como es en mi vida.

Nada.

Nada porque el trabajo siempre es un entorno complicado, nada porque su posición subordinada a mí me hacía sentir una aprovechadora de mierda, nada porque las voces de mi consciencia (así como la de Helena) me hablaron de ética y demás tonterías, nada porque poco a poco fui descubriendo detalles de su personalidad que hacían latir la vena de mi frente, nada porque en más de una ocasión la he visto acompañada, aunque después (sin yo pedirle explicación de ningún tipo) venga a decirme que es una amiga. Nada de nada.

Lo cual no ha evitado, malaya mi suerte, que el contacto continuo me haga replantearme muchas cosas y fantasee de más con situaciones cotidianas que mi mala mente se encarga de transformar en guiones dignos del fanfic más subido de tono.

Hace unos días pude cenar-tomar-conversar con Jesusa después de mucho tiempo, quedando un registro fotográfico que subí inmediatamente al Twitter y que por las reacciones y comentarios hechos por mis contactos (siendo que a la mayoría los conozco sólo a través de esa red social) resultaba muy romántico todo, lo cual generó que me pusiera nostálgica. Y sí, viendo la foto al detalle, el ambiente daba lugar a suponer que estábamos en la celebración de algún aniversario o cosa por el estilo.

La experiencia vivida sólo me ha servido para acelerar la aparición de canas. De empuje, decisión y arrojo, nada.

En mente dispersa, escrito disperso.

La postal "romántica"

viernes, 20 de agosto de 2021

viernes, 28 de mayo de 2021

Quiero que me dé el aire saliendo de un bar....

Estoy en casa, en mi cuarto, en mi cama, con una botella de cerveza y lo más parecido que puedo encontrar a mi piqueo favorito que no implique demasiado alboroto.

Pero me falta todo, nada se siente igual.



jueves, 29 de abril de 2021

Un rapidín

 Qué maravilla de número....

😍😍






sábado, 24 de abril de 2021

YES

Humanos, después de todo, estamos expuestos y somos esclavos de los impulsos de nuestros cuerpos, impulsos que se forman a partir de lo que vemos, oímos y fantaseamos. Sin embargo, mientras esos impulsos se mantengan en nuestra mente y una que otra vez necesiten ser desfogados con suspiros, corazones acelerados o manos autocomplacientes, no entrañan mayor problema.

Tuve una etapa rara, siendo fiel a una “relación” que daba tumbos a causa de mi intensidad y la indecisión de la otra parte. A pesar de todos los factores intervinientes, yo sí le veía futuro, incluso hoy, que he superado totalmente ese sentimiento, sigo creyendo que en ese momento pudimos salir adelante, pero entiendo su decisión final y hoy casi que la agradezco.

Para superar aquello, aparte de mi amor propio, necesité un poco de motivación extra o, como yo le llamo, una obsesión, una que ocupara mi mente durante el poco tiempo libre que el trabajo me permitiera. Llegó la pandemia y aparte de tiempo libre, me dio pensamientos fatalistas que supe capear gracias a una aparición sublime, divina, casi perfecta, a la que a cada día que pasa me entrego más.

Su nombre, pronunciado de mis labios, más que un llamado es una súplica, una exclamación de adoración mezclada con impotencia por saberla inalcanzable, pero que no reduce en lo más mínimo mi fascinación y admiración por ella. Imperfecta hasta el punto de la exasperación, esas taras la hacen más humana y me pone a prueba sobre la objetividad que una siempre debe mantener con los demás. Salvo que seas una escocesa pelirroja de nombre Shirley Manson, de mi parte tendrás adoración y crítica, no a partes iguales pero sí constantes. Y hoy, ese principio máximo que rige mi vida, está siendo puesto a prueba por…. Ylenia.

Ojos verdes, labios perfectamente delineados, sonrisa cóncava, voz que invita al delirio y una Y a la que le he puesto la etiqueta de DEFINITIVA. Es tanto el impacto que me causa que a pesar de poder verla en todo su esplendor (aparece sin tapujos ni modestias en una película de Netflix) no he regresado a esa escena desde la primera y única vez que la vi, no me siento digna de ella y me limito a apreciarla sólo en escotes. Esos escotes. ¡Ay!

Recuerdo que cuando la vi por primera vez, interpretando a ese maravilloso personaje de inicios de siglo XX, no me causó mayor impresión, pero por bendita curiosidad seguí la historia de amor que contaba y poco a poco, casi sin enterarme, ya estaba a sus pies. Me soplo entrevistas enteras para escucharla, verla sonreír, carcajearse, hacer pucheros y tantas cositas cotidianas que hacen que me enamore más de ella, incluso si la entrevista es en euskera (es vasca la niña) estoy atenta a todo detalle y así no entienda un carajo de lo que dice, su expresividad es suficiente para no perder la oportunidad. Y así estos espacios duren una hora, no es en absoluto un tedio, en verdad me entretengo con lo que dice, me interesa y la paso bien, con ella no hay pierde.

Mi nuevo fin en la vida, tal vez incumplible como los demás, es poder conocerla. El plus que tiene Ylenia es que siempre se ha mostrado accesible con los fans y hasta de copas se ha ido con algun@s de ell@s. Lo más probable es que yo no ate pie con bola y termine con la mirada perdida, perdida en sus ojos, perdida en su sonrisa, perdida en su Y….

Ylenia.... Ylenia.... ¡Ylenia!


Y, por si fuera poco, fue gimnasta profesional. Imaginen esa elasticidad por favor.


martes, 30 de marzo de 2021

Loca sin locura

Hay muchas cosas que resentiré de esta rara situación en la que estamos viviendo desde hace un año. Y una de ellas, la más reciente, es la de haber llegado a los cinco dígitos en las visitas a este poco imaginativo blog y no haber podido celebrarlo, a solas, en mi bar favorito. Y es que el resentimiento acá viene por partida doble, no sólo por la no celebración, sino porque el bar, definitivamente, cerró....

A lo lejos, el letrerito de "SE ALQUILA"

Hasta hace unos meses veía cada día como uno más de supervivencia, agradeciendo a los cielos que la fatalidad no haya traspasado círculos cercanos, pero hoy sólo veo demasiadas pruebas que ni sé cómo las voy pasando, pero que van desmembrándome de a pocos, sin saber si algo de mi llegará a la "meta".

Lo que sí sé es que cada vez soy menos yo.

martes, 2 de febrero de 2021

Auspicioso 2021

El inicio de este 2021 no pudo ser mejor.

Hospitalizada en plena pandemia, esperando por una cirugía que se hizo más larga de lo imaginado, con una recuperación lenta y un descanso médico/cuarentena aislada de todo lo que podría darme algo de distracción más allá de mis pensamientos poco felices.

En primer lugar, qué estúpida fui al idealizar positivamente el estar hospitalizada, burbuja puesta a prueba con el primer pinchazo del día sacándome seis tubos de sangre, burbuja que siguió flotante y temblorosa mientras me tomaban una placa radiográfica, burbuja que permaneció estoica mientras me introducían al cilindro del tomógrafo, burbuja que reventó del todo con la maniobra poco amable de la enfermera que me colocó una vía directa a la vena, primera experiencia traumática de las que estarían por venir.

A ello le siguió el andar de un lado para otro con el suero fisiológico y las drogas colgadas de un perchero que pasó de ser estático a movible, ello gracias a mis múltiples ruegos por ir al baño, ya que en la primera visita y viendo la ausencia de alguien que pudiera asistirme, se me ocurrió descolgar los bártulos e ir por mi cuenta, con la respectiva consecuencia de regresar con una vía llena de sangre que despertó la indignación total de la enfermera (recién ahí apareció) que estaba a minutos e entregar su turno. Resultado: perchero con rueditas chillonas y miradas demoledoras de una parte del personal.

Más de 24 horas después de haber recibido el inapelable diagnóstico, con su respectiva cirugía de "emergencia" y luego de un frustrado primer intento de ingreso del que fui devuelta por la falta de firma del médico de guardia, a las 2 de la mañana, vestida únicamente con la bata del hospital desde las 6 de la tarde del día anterior, fui conducida a sala de operaciones para, por fin, deshacerme de ese lastre llamado apéndice, parte de mi organismo con el que fantaseé muchas veces, tomándome su extirpación como unas vacaciones de ensueño. La estupidez elevada a la n potencia.

Luego de la charla con el anestesista, mi preocupación mayor fue la de no quedarme paralítica, puesto que me explicó que me iban a colocar una anestesia regional por la espalda y que me iba a mantener despierta pero paralizada desde los hombros hacia abajo, recalcando con la mayor seriedad del mundo que mientras introdujera la aguja a mi médula, yo debía permanecer lo más quieta posible, añadiéndole más tensión de la que ya cargaba. Y dicho y hecho, después del pinchazo inicial (fueron un total de tres) empecé a sentir el adormecimiento de mis dedos, de mis pantorrillas y de casi todo mi cuerpo. A los pocos minutos, me encontraba boca arriba, despierta y sintiendo absolutamente nada de lo que hacían en la zona en cuestión.

Mi estadía en la sala de recuperación fue otra jarana, manifesté una reacción alérgica a la anestesia en forma de picazón a los ojos, casi como si me hubiera frotado un par de rocotos en ellos, sumado a los violentos temblores que no podía controlar, todo ello mientras mis brazos estaban inmovilizados porque las enfermeras me envolvieron como si fuera un capullo, para evitar movimientos bruscos que pudieran dañar las suturas.... Seis horas de diversión pura. Poco a poco pude recuperar sensaciones en las piernas y cuando fui capaz de levantar la cadera, estaba lista para pasar a una cama de hospitalización.

Tenía una habitación en el tercer piso, con ventana a la calle, lo necesario para que las bocinas y conversaciones amables entre conductores de auto lleguen con nitidez a mis oídos, tortura insuficiente en opinión del destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan, puesto que no llevaba ni veinte minutos de instalada y ya me urgía ir la baño, una necesidad que espero no volver a repetir en mi vida y que me hicieron rogar a los antepasados que no conozco y a los descendientes por venir para que alguien se apiade de mi y me ayude a levant.... ¿QUÉ? Pues que si quería ir al baño, éste vendría a mi en forma de chata. Fue ahí cuando agradecí a los cielos no tener más que suero en mi estómago.

La rutina de hospitalización es de lo más aburrido e incómodo que hay, largas horas muertas en las que no puedes ni leer un libro porque nunca encuentras la posición correcta, cuando tu único escape es dormir ya que, gracias otra vez a la pandemia, no hay visitas que puedan distraerte de la ruina en la que te has convertido, donde tu cuello pagará las consecuencias de no poder agenciarte una almohada decente y en la que tu única esperanza es la visita del médico que te dará el alta. Para eso tienes que portarte bien y reírte de cada uno de los chistes estúpidos que haga, así sientas que se te rompen todos los puntos.

Y cuando por fin llega la tan ansiada orden de alta, no puede más que entrarte la melancolía por toda la travesía experimentada, la que difícilmente te deje lecciones más allá de no abusar de la Pringles Sour & Cream Onion y la de agradecer que tu trabajo (mal) remunerado te haya provisto de un seguro de salud que te atendió oportuna y eficientemente, algo que te preocuparás de difundir en cuanta oportunidad se te presente, porque hay que hacer más eco de lo bueno que de lo malo. Ya lo que se escriba en el blog es otra cosa.

¿Les conté que todo este suplicio lo atravesé con una mascarilla puesta de la que no me desprendí hasta cruzar la puerta de mi casa? Pues eso.

Y como toda entrada épica, esto necesita soundtrack y qué mejor para ello que la canción que sonaba a todo volumen mientras me ingresaban a sala de cirugía. El doctor tenía buen gusto....