lunes, 31 de diciembre de 2018

Treinta y tres

Mirar a la izquierda y darte cuenta que a tu almanaque de escritorio se le acabaron los meses.

Y a ti, las oportunidades.

Para todo lo demas, siempre es bueno seguir haciéndonos los locos.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Dormir

Es difícil sobreponerse a un corazón roto, sobre todo si creías que ya lo tenías así, porque te diste cuenta que se siente distinto: uno herido de uno completamente destrozado.

Atrás quedaron tus noches de semi agonía en las que pedías a los dioses en los que no crees, terminar con esa tortura que te atravesaba de lado a lado. Hoy te acuestas en tu cama y permaneces inmóvil, con la mirada perdida, sin atinar a nada, sin querer sentir, perfectamente consciente que no hay lugar ni compañía en el mundo que te procure un mínimo consuelo. No existe nada.

Te dicen que debes aprender a convivir con tus monstruos, pero no te dicen qué hacer cuando tu monstruo te devoró por completo, cuando pervertiste tu esencia, cuando dejaste de ser quien eras y te resulta insoportable hasta mirarte al espejo.

Cuando lo que te consume es más fuerte que el remordimiento que ni siquiera encuentras una palabra para describirlo, cuando hasta los ojos más incondicionales que tendrás nunca, te miran distinto porque tienen plena consciencia de lo que hiciste, porque ya no confían en ti.

Así, cuando ni tú misma te perdonas, ¿cómo seguir?

Estoy buscando la respuesta.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Garbage's Lessons (7)

Lesson seven

Accidente, desastre, chiste.... todo eso y más, producto de una noche, para bien y mal, inolvidable.

Pero, ¿cómo se llegó a esto?

La respuesta siempre estará en el alcohol y su conocido efecto en mis articulaciones nerviosas y su poderosa capacidad de anular mi buen juicio, que sí lo tengo, para terminar amaneciendo en una habitación semi oscura, con menos prendas de las que me habría gustado vestir, tan aficionada a gorras, calentadores y chalinas para este invierno infame, parpadeando incrédula y todavía un poco mareada, captando la situación segundo a segundo, con vergonzosos flashbacks que mi mente traía a colación, dándome cuenta que le había dado una vuelta de tuerca a mi vida, una vuelta sin retorno.

Mientras me levantaba lentamente y con cierta dificultad (no quería despertar a mi roommate) fui presa del pánico al no saber bajo qué circunstancias se había consumado el crimen, felizmente, un nebuloso recuerdo vino a mi rescate para darme tranquilidad, tranquilidad que fue mayor al ver evidencias del uso responsable, tranquilidad que se desvaneció cuando volví a caer en cuenta que, precauciones aparte, había caído en el espantoso cliché del “choque y fuga”.

No responsabilicé al alcohol, puesto que estando sobria soy plenamente consciente de las tonterías que me invaden cuando empino el codo más de la cuenta, más aún en circunstancias de extrema vulnerabilidad (circunstancia en la que aún me encuentro) la que se vio maximizada por este meneo no planificado.

Pero como no ya tenía sentido llorar sobre leche derramada (je je je), un rápido examen mental me hizo ver que la situación no era tan grave como parecía, que cosas así se dan a diario y la gente sigue su vida con el mismo rumbo incierto de siempre, él y yo podríamos seguir con la dinámica de siempre y nada tendría que cambiar por un simple, divertido y liberador “revolcón”. Mi tendencia a la tragedia se vio considerablemente disminuida y poco a poco pude soltar los hombros, tensos hasta ese momento.

Finalmente, quité algo del misticismo que le ponía al sexo, reconociéndole siempre su alta capacidad de mejorar mi estado de ánimo, confirmando que es mi actividad física favorita y definiéndolo, a título muy personal, como una pequeña maravilla compartida.

Mi diosa particular nunca falla para estas cosas y, salvo el asunto de la girlfriend, esta batalla interna bien podría ser mía.... Shake it off!!



viernes, 10 de agosto de 2018

viernes, 27 de julio de 2018

MAD

"La gente no tiene en cuenta todas las desgracias que trae consigo el amor."

martes, 17 de julio de 2018

A prueba (no somos libres)

Hay golpes en la vida tan fuertes (perdonen el parafraseo) que ni siquiera son para ti, pero golpean con tanta potencia que no puedes evitar sentir la onda expansiva que te marca poco a poco.

Empecé junio con la expectativa del campeonato mundial de fútbol, la selección clasificaba después de 36 años y todos andábamos con la moral alta y grandes expectativas que hacían delirar hasta al más descreído con sueños absurdos que ahora avergonzaría reconocer. El ambiente era festivo y nada podría empañar el optimismo instalado en mi interior.

Pero, estando en el país en el que estamos, más temprano que tarde iba a ocurrir algo que hiciera desinflar ese delicado globito de felicidad. Derramé lágrimas de dolor e impotencia, imploré a los cielos una mínima oportunidad de venganza que sabía imposible, todo era inútil: Eyvi Ágreda, después de una insoportable agonía, estaba muerta. Y con ella morimos todas un poquito más.

Intercambié esperanza por pesimismo, alegría por tristeza, confianza por incredulidad; caí en cuenta, definitivamente tarde, que el valor que se le da a la vida, a la vida de una mujer, muchas veces está por debajo de intereses colectivos que en un mundo racional jamás entraría siquiera en comparación. El mundial, aquel evento máximo que paraliza países enteros, que siempre me genera alegría, al que idealicé al ver por fin a mi equipo en competencia, fue empañado por la insania de un individuo que jamás recibirá el castigo que merece.

Finalmente llegó el día del debut nacional, lo esperaba entusiasmada sí, pero no al nivel que preveía desde la clasificación. Salieron los equipos a la cancha y se dispuso entonar el himno nacional. Subí el volumen al máximo y a los primeros acordes ya lo acompañaban mis lágrimas, las mismas que se explicaban por la emoción de ver por fin a mi país en un mundial, pero también por la gran pena de saber que mi país es aún una tierra salvaje, dominada por la intolerancia, el machismo, la homofobia, el extremismo religioso y la corrupción; vicios que, en determinados momentos, llegan a relacionarse entre sí para salvaguardar el statu quo que las mantiene en el poder.

Siempre dije que no tengo madera de activista, hoy pongo a prueba mi capacidad de indignación.

miércoles, 30 de mayo de 2018

(Resulta que tenía este borrador para ser publicado hace un año atrás, ya ni recuerdo qué pasó para que lo descartara/olvidara, pero lo encuentro tan publicable como el momento en que lo concebí, así que ahí va)

Hoy tengo la misma edad que tenía Shirley Manson, mi diosa particular, cuando grabó el videoclip de I Think I’m Paranoid, ese donde tan desenfadadamente muestra calzón y piernas (largas, blancas e infartantes) a sus nada virginales 31 años, 8 meses y 26 días. Moviendo las caderas en forma descoordinada, sí, pero con tal desenfado y procacidad que es imposible permanecer indiferente.

Y sí, hoy tengo exactos 31 años, 8 meses y 26 días de vida que ha pasado por etapas tan intensas y absurdas que muchas veces me han puesto en situaciones de paranoia extrema al punto de desear fervientemente poderes sobrenaturales que me ayuden a ver más allá de lo evidente. Y al igual que mi diosa particular en esta canción, a veces como que me da igual el nivel de vejamen al que sea sometida, siempre y cuando mis demandas, así como el daño mental, sean satisfactoriamente compensados.

No se puede acusar de ingenua o ilusa a Shirley por haber escrito semejante declaración, en absoluto. Todo parte del simple y maravilloso hecho que Ms. Manson está más recorrida en los avatares enfermizos de la vida y es perfectamente consciente de lo que transmite, por ello lo comparte de manera tan abierta y te hace ver que, mientras  humano, se te permiten y entienden todos los excesos en los que caíste. Simplemente debes estar preparada para las consecuencias de aquello, lección que aún estoy llevando.

Hay mucho que agradecer a la vida, porque por más palo que meta, las satisfacciones privadas han valido todas y cada una de las noches de insomnio. En cuanto a las satisfacciones públicas, basta ver esta joya....



viernes, 25 de mayo de 2018

Lunes

El invierno me recibe con estornudos, escalofríos, fiebres y delirios.

Aun así, siempre es mi estación favorita.

Y sí, estoy a la espera de la cura para la gripe.



lunes, 7 de mayo de 2018

Garbage's Lessons (6)

Lesson six

A veces te sientes enferma. De una enfermedad incurable

Pero no tienes explicación científica o manifestación fisiológica que la respalde, solo una permanente sensación que toda tú estás en falla generalizada y permanente. La cura la conoces, pero obtenerla es parte de aquello que definimos como “vida de mierda”.

A pesar de ello no te rindes y buscas ayuda, profesional, experimental, vivencial, chamánica, que te de algunas luces sobre cómo salir del atolladero en el que te encuentras. Obviamente, no encuentras respuestas que resuelvan tu lamentable situación, entonces, pasado un tiempo imprudencial, admites tu fracaso.

La cura es esa que jamás podrás obtener, la misma que te puso en esta situación y que no viste venir por más alertas que tus compañeras de armas (tus personalidades múltiples) te pusieran en frente. Ahora, hundida hasta la punta de tu más largo y plateado cabello, sólo te queda refugiarte en los personales y privados gustos que cultivas desde hace varios años, los que reforzarán tu idea que la mejor terapia está en escribir sandeces y escuchar a tu diosa particular.

Diosa que, para estas cosas, tiene mejores formas de expresar y liberar el veneno de tu cuerpo.

Yeah.... I need a hitman




viernes, 20 de abril de 2018

Bella precisión


Es bonito, sí, encontrar una definición para algunas cosas tan específicas que difícilmente podrán expresarse con una sola palabra....

“Una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar

Esta acepción cuenta con una palabra para definirla, en un idioma que lamentablemente está condenado a la extinción (sólo se conoce de una hablante a punto de cumplir nueve décadas) y que me remite a tiempos de revelaciones sobre mi forma de ser, sobre mi nivel de osadía y sobre lo que estaba dispuesta a hacer por lo que consideré mi felicidad.

Si saben de lo que hablo, es tremendamente maravilloso encontrarse en una situación así, donde las palabras se aglutinan en tu mente pero se desvanecen en tu garganta, donde todos los gestos de la otra persona son estudiados al detalle y donde te sientes igual de observada, conteniendo impulsos, con el corazón a mil, dispuesta a lanzarte el precipicio en compañía, pero sin decidirte a dar ese primer paso. El único primer paso al que vale la pena tratar con trascendencia, el único primer paso que te hará experimentar las maravillas que contiene la vida, unas que se mantienen ocultas y se muestran sólo ante los locos valientes que decidimos darlo; en resumidas cuentas, el único primer paso que compensa las penurias por venir.

Mis sagaces (e imaginarios) lectores se preguntarán por qué no publico este post bajo la etiqueta del neologismo arbitrario. Pasa que tengo mi lado idealista y romántico que quiso darle un trato especial a la mamihlapinatapai, una de esas cosas que aparecen en tu vida de purita casualidad y que le dan un poco de color a la miseria diaria. Casi que vuelves a experimentar las satisfacciones pasadas, las que no volverás a vivir.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Ablandar


Tengo eso que podría llamarse defecto: descalifico o me abstengo de aquel que cometió actos censurables (ya sea por un tema moral o delictivo) y lo borro totalmente de mi entorno. Es así que paso de ver películas, oír canciones o leer libros de personas infames que borran con la derecha lo que magistralmente crearon con la izquierda.

Tengo un ejemplo de ello, el verdadero motivo de este post, tal vez un poco fresco de mi parte y que no representa un delito per se, pero sí un acto reprobable que me hace tenerle una tirria tremenda a Eric Clapton. Todo comenzó hace muchos años atrás cuando leí un artículo de revista titulado algo así como “Las mayores traiciones en el mundo del rock”, enterándome ahí que ese señor con cara de todo, menos de rockero, llamado Eric Clapton le había “atrasado” la esposa a mi beatle favorito, George Harrison, (para ser honesta, George era mi favorito es por un tema de descarte: John era un idealista insufrible con una espantosa esposa, Paul pretendiendo ser el modesto con un ego argentino y Ringo, con su inmerecida fama de advenedizo, ocuparía un honroso segundo lugar) dando así un golpe bajo e imperdonable que me hizo odiarlo para la eternidad.

Claro, para eso ya ubicaba a Clapton con la baladita dedicada a su hijo fallecido y nada más, amén de las emisoras de radio locales y su nada variada programación y también de mi poco interés de saber más sobre el traidor en cuestión. La historia de la felonía es harta conocida, llegando al colmo de la ignominia para el pobre Georgie, al componer Clapton la famosa Layla, declaración de amor para la aun esposa de su amigo, en la que rogaba de rodillas que ella lo aceptara y donde, de una manera nada sutil (la canción toda es una apología a la imprudencia) expone la “mala conducta” de Harrison, que durante su matrimonio se dedicó a adornar de lo lindo a Pattie Boyd, coautora de la traición. El desenlace fue poco feliz para una pareja destinada al fracaso. A las finales, George resultó siendo el más beneficiado por haberse librado de una esposa que le interesaba tan poco y que endosó a su mejor amigo seguro de haber concretado el cambiazo de su vida.

La canción de marras nunca la escuché, convencida que se trataba de una tonada romanticona y lastimera (de verdad que no sabía nada de Clapton), cuando hace unos días llegó a mis oídos un ritmo medio blues que me sonaba de algo. De rato en rato me parecía escuchar el nombrecito aquel y, como no tenía nada que hacer, me tiré a la cama a buscar en YouTube la confirmación de mis sospechas. En efecto, la primera opción a escuchar es la versión unplugged, con subtítulos además, que me escandalizaron aún más por el desparpajo con el que el señor de apellido con parecida sonoridad a la palabra “cleptómano”, cantaba/reclamaba el amor de una mujer comprometida.

Lo peor es que me gustó.

Convencida que se trataba de un error, busqué la versión original, para confirmar con pavor que esta era todavía mejor que la del unplugged y que a la tercera reproducción seguida ya la estaba cantando a gritos. Viendo mis principios severamente cuestionados, procedí a documentarme más respecto a la historia de la canción, sólo para sonrojarme con cada página que regalaba a los protagonistas, George incluido, adjetivos de todo tipo que me hicieron ver, otra vez, que toda historia es mucho más que blanco y negro, adentrándonos en los grises que nos ponen en situaciones inimaginables tanto por nuestra formación como por nuestras convicciones.

Layla es una oda desesperada de amor no correspondido y lo mejor (o peor) de ello es que sabemos que no fue una inspiración pasajera o una idea suelta, era la vida misma de Clapton que con cada acorde de su guitarra y desgarro de su garganta confesaba el martirio por el que pasaba. Que más tarde ese amor haya acabado así de mal no resta nada a la maravilla que compuso, la que asusta por la semejanza, arbitraria o no, que una encuentra con su jodida vida.

Pero tranquil@s tod@s, que para confesiones ya tengo suficiente con haber revelado que no me gustó The Shape of Water.



miércoles, 14 de febrero de 2018

Neologismos Arbitrarios VIII

Muchas veces he pensado en aquello, llegando a creer que la felicidad máxima se encuentra en esa no-actividad. Y ayer mi dicha fue casi plena al descubrir que tanta maravilla tiene nombre, por más acepciones siquiátricas que le den.

He encontrado en la clinofilia la definición perfecta de felicidad, la que desarrollaría en la plaza y media de mi cama si fuera este un mundo justo. Pero no lo es y sólo me toca idealizar o rememorar tiempos idílicos, a veces en plaza y media, otras en king size, en las que pasé horas de horas leyendo, comiendo, amando y, por supuesto, durmiendo; cayendo en ese dulce aletargamiento en el que a veces te vienen pensamientos felices o proyectos ambiciosos, los que nunca realizarás porque lo tuyo es estar ahí, en la cama.

Evidentemente, pasarse el tiempo acostado no es práctico, en algún momento tienes que salir, pero, ¿acaso no es bonito fantasear sobre tu futuro en un cuadrilátero?, ya sea sola o acompañada, con doseles, en tarima, sin cabecera, un colchón a secas, envuelta en edredones para invierno, liberándote de las sábanas en verano, saltando para poner a prueba los resortes, evitando dejar las piernas colgadas para que el Cuco no las jale, improvisando carpas con las frazadas y tantas otras pequeñas actividades que llenarán tu alma de gozo absoluto.

El mundo en el que estamos, el que no es justo, te obliga a levantarte de la cama a padecer una vida llena de responsabilidades absurdas y compromisos esclavizantes, haciéndote creer que el trabajo y su remuneración monetaria (mísera en la mayoría de casos) son los fines dominantes de nuestra existencia. Se la ha dado tanta mala fama al ocio que cualquier momento de merecido relajo es tomado como tiempo perdido y te señalan con el dedo.

Una muestra de ello es que una filia tan hermosa como la clinofilia esté destinada a llenar páginas de medicina mental, poniéndole como una de las consecuencias de la depresión y condenándola a una etiqueta negativa en una sociedad como la nuestra, la que no necesita de mucho para satanizar cualquier disfrute personal y a los desquiciados que estamos dispuestos a ello.


jueves, 1 de febrero de 2018

Mis amigos

Empiezo por el más antiguo, más antiguo y vigente porque a algunos ya los fui perdiendo con el tiempo.

A Sigmund lo conocí por Helena, en una noche de discoteca cuando todavía me daba el ánimo para discotecas. Lamentablemente, producto del infame mojito, saqué mi lado más salvaje y al parecer eso fue del agrado de Sigmund que a partir de ahí inició un torpe, gracioso, a veces agobiante e infructuoso, cortejo. Cuando se aleja de esas intentonas, Sigmund es un excelente compañero de conversación y podemos pasar horas de horas hablando de mil cosas, felizmente tenemos puntos de vista diferentes en varios temas y eso ayuda a mantener el interés. Me siento bien a su lado, hasta parezco alguien que sabe mucho.

Lars es mi mejor amigo, “título” que no entrego así nomás y mucho menos de la forma en que se dio, tanto por el tiempo de conocernos como por la manera en que se inició el vínculo. Y es que conocí a Lars en una convocatoria realizada por entusiastas fanáticos de Garbage, los que administran una página de Facebook que recobró bríos ante la proximidad del primer concierto de la banda en nuestro país. Evidentemente, una reunión de poco más de una decena de personas no es el ambiente ideal para conocerlos más que superficialmente, pero Lars, al ser el líder supremo, jefe máximo y lord comandante del grupo, resaltaba tanto por su manera de organizar las cosas como por su discurso integrador y abierto a sugerencias que hace posible llegar a él de modos más fáciles. Pero su performance al mando de GEP (así se llama el grupo) es una faceta que poco tiene que ver con el verdadero Lars, práctico, directo, muy discreto y celoso de su vida personal, por lo que me siento aún más agradecida de formar parte de su círculo y que él sea parte del mío.

Toño es la persona más cariñosa que conozco, el único al que le permito que me abrace y desmadeje a su antojo y, casualmente, al único que me provoca abrazar sin necesidad que sea su cumpleaños, navidad o cualquier otra festividad que a veces me obliga a tener este contacto con gente de mi entorno. Cuando conocí a Toño, del grupo de quince que éramos, de manera automática, casi sin darme cuenta, nos fuimos apartando y sosteniendo un largo intercambio de variedades mil. La pasión con la que habla de la mecánica aeronáutica, sabiendo yo un carajo del tema, hace que cualquiera le pueda seguir el hilo. La melancolía de sus ojos cuando expresa sus sueños por cumplir, conmueven al corazón más peludo, obviamente, el mío; y por si fuera poco, es tan chatarrero como yo. ¡Qué lindo es!

Karl tiene más sentido del estilo que, estoy segura, cualquier otra persona que jamás conoceré en mi vida. Una vez embarcado, se da al cien, aunque ello implique que una personalidad tan fuerte como la suya tenga que ceder para el bien del proyecto común; que más adelante se “cobre” esos disgustos, solo habla de lo honesto que es con los demás y consigo mismo. Jamás le descubrirás un falso gesto o una sonrisa hipócrita, Karl es más directo de lo que su expresión risueña te puede dar a entender y nunca nunca te aburrirías con él. Hasta alter ego tiene.

Luego de ellos, creo que los demás entrarían en los rubros “estimados” y “conocidos”, con los que no guardo mayor afinidad y que, en algunos casos, son extensiones de otros vínculos que aún faltan madurar o simplemente permanecerán en ese estado.

Lo curioso de esto es que ninguno de ellos, los amigos “estimados” y “conocidos” son fanáticos o simples entusiastas del fútbol, lo cual me frustra un poco y destierra del todo esa etiqueta, proveniente de la verdadera y dañina ideología de género, esa que reza con inaguantable demagogia que el futbol es “cosa de hombres” y encasilla en otras tantas situaciones lo que corresponde a tal y cual.

Pero volviendo al tema que hoy me tiene robándole minutos al trabajo, sirva lo escrito por acá como una pequeñísima muestra de aprecio y más, a aquellos que me aderezan la vida con su cariño, presencia y energía.

lunes, 15 de enero de 2018

En el Dolor, herman@s....

Voy a retroceder en el tiempo....

Voy a viajar a ese febrero del 2010, habiendo pasado por uno de esos golpes que te dejan sin aliento, recuperándome, ahora lo sé, de algo irrecuperable y dándole vueltas a una decisión que se veía intrascendente pero que finalmente me dio momentos para la posteridad, donde confirmé que, después de todo, iba a volver a sonreír.

Me encaminé junto con Helena, ignorante ella de mi particular infierno interno, al concierto de The Cranberries, súper difundidos por estos lares durante los noventas y que venían por primera vez a deleitarnos con la potencia de su música y la mágica voz de Dolores, aquella que te hacía dudar de que esa personita, frágil a la vista, pudiera convertirse en un monstruo en el escenario.

Una vez inmersa en el ambiente festivo, haciendo cola para ingresar, olvidé poco a poco mis miserias personales y me preparé física, mental y anímicamente para una experiencia totalmente novedosa, maravillosa e inolvidable, donde derramé lágrimas de felicidad pura, después de tantas otras de corazón roto, donde grité a rabiar canciones poderosas que en ese momento, y durante un tiempo, parcharon mi alma vacía, donde protegí mi privilegiada posición a punta de codazos y uno que otro empujón, reemplazando momentáneamente el dolor físico por el anímico.

A pesar de los sentimientos contradictorios, agradecí mucho la oportunidad de disfrutar a Dolores, su performance me dejó boquiabierta y salí de ese concierto extasiada y casi en las nubes, compartiendo experiencias con extraños igual de alucinados que yo, que entraron siendo unos y salieron siendo otros. Una hora y algo más bastaron para convencerme que fui testigo privilegiado de algo único e irrepetible. Tuve la oportunidad de verlos por segunda vez, pero pasé de ella, sumida en el cansancio que significó hacerle la guardia a mi banda favorita de siempre, Garbage, y con la sensación de que no vería lo que vi en aquel lejano febrero del 2010.

Lo lógico sería que me arrepienta de aquello, la tragedia hoy acontecida debiera llamarme severamente la atención por haber desperdiciado esta oportunidad; sin embargo, después de las lágrimas derramadas, siento que la historia entre Dolores O'Riordan y yo tuvo un inicio y final inmejorable. Mi corazón se volvió a romper, mi corazón sabrá salir de esta.


miércoles, 3 de enero de 2018

Undefined

Para bien (menos) y para mal (más), el 2017 será difícil de olvidar.

Definí con meridiana claridad que no pertenezco a ninguna religión y que la fe es una cuestión tan personal que pretender compartirla con el resto de la humanidad sería una locura de magnitudes. Lo que finalmente explica tanto conflicto, tantas relaciones (amicales o familiares) rotas y a tanto fanático dándoselas de "santiago matamoros", exterminando a cuanto contrario se le presente. La religión, tal cual la han dirigido los hombres, hace mucho daño.

Un rápido autoexamen también me ha hecho notar mi frialdad para ciertas cosas que antes solían ablandarme. He llorado mucho menos y pasado la página cuanto antes, para así evitarme noches de insomnio provocados por la angustia, justificada o no, de las situaciones extremas que me ha tocado vivir. Antes, una llamada o mensaje al celular me provocaba quebraderos de cabeza y hoy, a lo mucho, me hace sonreír cansinamente, preguntándome cuándo se acabará el drama.

También he disminuido mi tolerancia al alcohol, siendo contadas las veces en las que he salido decidida a beber, cambiando planes de juerga por tranquilas tardes-noches sabatinas acurrucada en mi cama, vegetando frente al televisor, dándole duro al Candy Crush, sacándole el jugo al Netflix o simplemente durmiendo. Con ello podría inferirse que mi cuota de diversión ha disminuido, pero da la casualidad que mi entorno ha ido moviéndose por el mismo sendero y se han encontrado maneras de pasarla bien sin alterar demasiado la apacible rutina autoimpuesta. Ya busco salones de té.

El plano fanático-deportivo se ha portado un poco mejor: fuimos campeones nacionales e indiscutibles (ganando apertura y clausura) después de largos y sufridos diez años, siendo testigo privilegiado del primer gran paso; el Barcelona, después de un par de tumbos, ha logrado devolver la confianza con un juego tal vez menos vistoso pero igual de efectivo que ha tenido como última exhibición la goleada a domicilio a los cada vez más antipáticos madridistas, dándome así, un anticipado regalo por navidad....

La navidad no volverá a ser la misma, gracias a las turbias movidas políticas que nunca faltan pero que coronaron al cinismo como pocas veces se ha visto, indultando a uno de los presidentes más corruptos de la historia internacional, que por una de esas maravillas de la vida, se encontraba purgando una muy merecida condena que ahora ha quedado en el amargo recuerdo gracias a un pacto infame que deja al actual presidente como un patético títere del autoritarismo. A partir de ahora, una navidad sin disfrutar las bondades del gas lacrimógeno, no es navidad.

Aunque lo malo pareciera ganar y llevarme al desánimo total, este 2017 será inolvidable, sobre todo, por esta maravilla que hizo su aparición en estelares cincuenta y dos centímetros y rutilantes tres mil quinientos setenta gramos de purito amor. Amor que de mi parte, por el momento, me tocará brindarle desde la distancia que el internet y la diferencia horaria me permita. Caramelito se merece todo lo mejor y lucharé desde todos los frentes por dejarle una sociedad en la que el oficio de vivir no sea un padecimiento y sí una aventura.