Mientras me desenvuelvo en mi cómoda rutina, pienso
en las pocas, casi nulas, oportunidades que le doy a la vida para que me
sorprenda con algo, camino por el mismo sendero y vivo tranquila sabiendo que
mañana, pasado y pasado, seguiré envuelta en mi cotidianidad. Me gusta lo
conocido.
Es por eso que ahora me encuentro casi sin
reacción al verme envuelta en una situación inesperada que nunca vi venir y de
la cual responsabilizo enteramente a mi mala cabeza que nunca ha servido para
alejarme de los problemas.
Y el problema, ahora, se llama Maite.
Maite es joven (algo que, a mis treinta y
cuatro, ya puedo decir de un tercero), alegre, decidida, efusiva, casi sin
malicia y linda. Muy linda. Y le apasiona, casi con la misma intensidad que yo,
el fútbol. Y su carcajada con cada cosa estúpida que digo me hace sentir
gigante. Y su alegría, casi permanente, en lugar de molestarme o producirme
envidia, me contagia y me activa. Podría ser mi amiga, una muy buena amiga.
Pero ahora es cuando entra a tallar mi naturaleza
complicada y ya puedo un día cancelarle una salida con la excusa más absurda
para al otro día proponerle una salida bajo cualquier pretexto. Actitudes todas
dominadas por el miedo a lo desconocido, así lo desconocido tenga la pinta
increíble de Maite. Y Maite casi siempre se encuentra con la mejor disposición,
haciendo que su encanto me haga olvidar mi prudencia (o cobardía) y le dé
rienda suelta a mi imaginación que, para estas cosas, es bastante fértil.
No sé leer entre líneas y tampoco capto las
señales, actúo por puro instinto y ese instinto me dice ahora que debo
mostrarme un poco más “receptiva” ante Maite, tal vez tomar una iniciativa que
nunca he tenido, por ahí que sugerir actividades distintas que se desarrollen
en ambientes menos convulsos que un estadio de fútbol. Soñar despierta produce
una satisfacción única que había olvidado que podía sentir.
Creo que, después de tanto tiempo entre las
tinieblas, merezco vivir una experiencia ajena a agentes nocivos que durante
años me hicieron creer que era lo normal sufrir, desvelarse y aceptar de todo
con tal de mantener lo que, en buena cuenta, no me hacía feliz. Cualquiera
diría que después de tanto trastorno, debería aplicarme un año sabático de
relaciones, enamoramientos e ilusiones…. Pero soy ansiosa y se me da por querer
vivir ya ¡ya! lo conocido pero en su versión sana.
A pesar de ello, no me ciego ante la más que
probable posibilidad que todo esto quede en nada, sé que no sufriré ante una
falta de respuesta positiva y previendo eso, como lo he sabido desde que inicié
el post, sé que la historia con Maite quedará en una bonita y especial amistad.
Necesitaba este ejercicio de lo absurdo, estando
los últimos meses sumergida en problemas que rebasaron mi capacidad de
tolerancia y gestión, problemas de los que pude salir medio airosa y muy
magullada y que me aleccionaron más de la cuenta en este asunto de madurar y
tal. A veces preferiría vivir en la maravillosa ignorancia.