viernes, 27 de julio de 2018
martes, 17 de julio de 2018
A prueba (no somos libres)
Hay golpes en la vida tan fuertes
(perdonen el parafraseo) que ni siquiera son para ti, pero golpean con tanta
potencia que no puedes evitar sentir la onda expansiva que te marca poco a
poco.
Empecé junio con la expectativa
del campeonato mundial de fútbol, la selección clasificaba después de 36 años y
todos andábamos con la moral alta y grandes expectativas que hacían delirar
hasta al más descreído con sueños absurdos que ahora avergonzaría reconocer. El
ambiente era festivo y nada podría empañar el optimismo instalado en mi
interior.
Pero, estando en el país en el
que estamos, más temprano que tarde iba a ocurrir algo que hiciera desinflar
ese delicado globito de felicidad. Derramé lágrimas de dolor e impotencia,
imploré a los cielos una mínima oportunidad de venganza que sabía imposible, todo
era inútil: Eyvi Ágreda, después de una insoportable agonía, estaba muerta. Y
con ella morimos todas un poquito más.
Intercambié esperanza por
pesimismo, alegría por tristeza, confianza por incredulidad; caí en cuenta,
definitivamente tarde, que el valor que se le da a la vida, a la vida de una
mujer, muchas veces está por debajo de intereses colectivos que en un mundo
racional jamás entraría siquiera en comparación. El mundial, aquel evento
máximo que paraliza países enteros, que siempre me genera alegría, al que
idealicé al ver por fin a mi equipo en competencia, fue empañado por la insania
de un individuo que jamás recibirá el castigo que merece.
Finalmente llegó el día del debut
nacional, lo esperaba entusiasmada sí, pero no al nivel que preveía desde la
clasificación. Salieron los equipos a la cancha y se dispuso entonar el himno
nacional. Subí el volumen al máximo y a los primeros acordes ya lo acompañaban
mis lágrimas, las mismas que se explicaban por la emoción de ver por fin a mi
país en un mundial, pero también por la gran pena de saber que mi país es aún
una tierra salvaje, dominada por la intolerancia, el machismo, la homofobia, el
extremismo religioso y la corrupción; vicios que, en determinados momentos,
llegan a relacionarse entre sí para salvaguardar el statu quo que las mantiene en el poder.
Siempre dije que no tengo madera de activista, hoy pongo a prueba mi capacidad de indignación.
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