viernes, 21 de julio de 2017

Un peso menos

Perder la cabeza, lo que se dice perderla, sí. Dos veces.

Hace poco me sinceré ante las amigas de siempre y admití lo que ellas sospechaban desde siempre: me gustan las mujeres.

Después de tan esperada y nada sorpresiva revelación, vino el interrogatorio de rigor, momento en el que hice unas cuantas precisiones….
  1. También me gustan los hombres
  2. Las mujeres me dan miedo
  3. Las mujeres somos jodidas
  4. No aguantaría a una mujer
  5. No, Nébula, nunca me sentí atraída por ti
  6. Mi única experiencia con una mujer consistió en unos cuantos besos
  7. Sí, Nébula, estoy segura
  8. No creo que intente algo con otra chica, me contentaré con admirarlas a la distancia
Hubo consenso en los puntos 2, 3 y 4, nos conocemos muy bien. Nébula hizo puchero con los puntos 5 y 7, básicamente por una cuestión de orgullo. Desaprobación general en el punto 6, la involucrada siempre les dio mala espina. Risas incrédulas en el punto 8, pues piensan que pronto sucumbiré.

Extrañamente omitieron el punto 1, no sé si adrede o porque era lo menos interesante del asunto. Asunto, vale decir, que fue el que me hizo perder la cabeza por segunda vez, lo que trajo como consecuencia otras mini-perdidas más que incluyeron arrinconamientos y mal simulados forcejeos que guardo en mi memoria como simple estadística. En definitiva, dejando de lado la experiencia agridulce número 6, es un hecho que sí me gustan las mujeres.

Perdí la cabeza dos veces, espero perderla una tercera y mantener la cordura al mismo tiempo, para que se me permita conservar a mi lado al motivo de mi locura. No se puede ni se debe ser racional en el amor.

domingo, 16 de julio de 2017

Condenando mi alma

Esto de la modernidad y la manera como se apodera de la vida de la gente ya es cosa seria. Incluso en un renegada de lo smart, como yo.

Entusiasmada, hace dos semanas empecé la lectura frenética y en PDF, del clásico Lo que el viento se llevó, obra monumental que fue llevada a la pantalla grande (perdonen el cliché) con resultados bastante positivos cuya vigencia sigue intacta en la memoria colectiva de los amantes del cine. En definitiva, la película es gigante, una de mis favoritas, por la que me he sentado en segunda fila de una sala de cine, torciendo el cuello hacia arriba durante casi cuatro horas, con tal de apreciarla a gran escala.

Volviendo al libro, a las casi mil páginas, fui recreando en mi mente las escenas de la película, inventándome situaciones y caras de personajes que no fueron mostrados en el largometraje pero que enriquecían aun más la historia y el contexto en el que se desarrollaba. Esto, me decía, no le restaba nada a la película, puesto que al ser un formato tan distinto, se entiende que hayan prescindido de ellos.

Tanto me absorbió la historia que ya me veían en el camino de regreso a casa, yo que siempre me he negado a leer en los carros porque me da dolor de cabeza ver a las letras bailar delante de mis ojos, aferrarme a las cinco pulgadas de mi celular para no perder tiempo y enterarme de lo que seguía.

Pero conforme iba avanzando, más me angustiaba, mas se fruncía mi ceño, más me disgustaba. Conozco la historia de la película al dedillo, pero leerla con tanto detalle me producía una desazón que no sabría explicar, no podía entender tanta necedad, tanto orgullo, tanta hipocresía y, sobretodo, cómo carajos alguien como Scarlett podría estar tan enamorada de un papanatas como Ashley.

A tal punto llegó mi indignación que tomé una drástica decisión: en cuanto nació Bonnie, dejé de leerlo.

Dejar un libro a medias, debería considerarse pecado mortal. Me declaro culpable.

miércoles, 5 de julio de 2017

Neologismos Arbitrarios VII

Ahora que llegamos a época de lluvias, así sean unas de chiste como las de acá, se me despiertan algunos sentidos que llegan a aturdirme al punto de olvidarme que la vida viene con problemas.

Y sin buscarlo, vino a mi esta palabra que, además de sonar bonita, explica ese tipo de cosas que a veces nos preguntamos pero que nunca investigamos, ya sea porque olvidamos el interés, por desidia o por no saber qué poner en el Google sin que te avergüences de escribir una larguísima consulta que siempre empieza con un "como se llama....".

Entonces, tenemos al poco famoso petricor, palabra de origen griego que vendría a interpretarse como "esencia de piedra", pero que para una definición más romántica se le denomina así al olor que se desprende en el ambiente cuando llueve después de tiempo, cuando la tierra se moja.

Inspiro fuerte fuerte lleno mis pulmones de petricor (tal vez de un poco de humo), alegrándome de interesarme por estas cosas nimias que hacen soportable la larga jornada de vida que a una le ha tocado, la que se vuelve un poco menos amarga cuando te responde así.