Pese a ser mi día y a considerar que las horas de sueño
mientras más sean, mejor, me despierto a las siete de la mañana. Quiero
aprovechar el tiempo al máximo.
Culminado el ritual de preparación (duchada, vestida y
peinada), cojo mis llaves, mi celular, los audífonos y me preparo para la
aventura. Me dirijo a la estación de transporte público, espero un bus con
asiento y voy directo (con varias escalas) a la última parada, he aprovechado
ese tiempo para dormir, lo que me ayuda a superar el hecho de haberme levantado
temprano. Un último trasbordo para dirigirme, ahora sí, a mi primer destino.
Empiezo con el desayuno, el cual consiste en unos
imperialistas y huachafos hotcakes,
acompañados con un café cargadísimo y caliente al que no le pondré azúcar…. No
hay pierde. Si el estómago y el ánimo son los adecuados, me pediré un segundo
café y huevos revueltos, cebo garantizado.
Aliviada de mi primera urgencia, salgo del restaurante con
rumbo al malecón que hay cerca, pasando por un puesto de periódicos, me compro
al decano del día y ya frente al mar, comienzo con la lectura al detalle,
suplementos incluidos. Culminada la lectura, la cual estuvo interrumpida con
unas cuantas revisadas al celular y sus aplicaciones esclavizadoras, decido que
debo estirar un poquito las piernas, iniciando una caminata sin rumbo.
Pasando ya el mediodía, habiendo digerido por completo el
desayuno, me provoca una cerveza helada, enrumbando a mi bar favorito, donde me
atienden con algo de demora porque están con harta gente, algo poco usual por
la hora pero que tiene explicación en el partido de mierda que empezarán a
transmitir en minutos. Como hoy no me interesa en absoluto el fútbol, termino
mi cerveza y salgo de ahí.
Es hora de almuerzo, pero el evento deportivo domina en casi
todos los televisores de los restaurantes, mi única opción sería un local que
vende comida árabe, pero mi paladar no olvida y sé que la carne de cordero
súper condimentada no es lo mío, entonces decido volver a casa, dejando para
más tarde lo que ya sería un almuerzo-cena.
Ya en casa, bordeando las quince horas, me provoca
encerrarme en mi cuarto, bajo las persianas y me quedo dormida casi al
instante. No olvido lo que hay más tarde, mi cuerpo me alertará a tiempo. Así
sucede, despertando con un leve dolor de cabeza a las diecinueve horas, me
desesperezo y después de una lavada de cara (mi cuerpo no aguantaría dos duchas
en pleno junio), pasada furiosa de delineador en los ojos, vuelvo a partir.
Esta vez rumbo a un centro cultural que exhibirá una
película francesa del año 1995, largamente esperada, ya que estoy en la
búsqueda constante de proyecciones que muestren la calidad de una nueva
obsesión: Isabelle Huppert. Como era de esperarse, salgo de la sala bastante
satisfecha de lo visto, Chabela nunca decepciona.
Mi día está acabando, por eso me propongo tomar unas copas
para cerrar con broche de oro este evento, mi bolsillo está atracador y me
dirijo al bar especialista en chilcanos, bebiendo con la libertad de saber que
no manejo vehículo alguno, que mañana es domingo y puedo levantarme tarde. Es
tal la tranquilidad y satisfacción del momento que resulta casi obsceno.
Pero me lo permito, es mi día.
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