sábado, 3 de junio de 2017

Día (de) C

Pese a ser mi día y a considerar que las horas de sueño mientras más sean, mejor, me despierto a las siete de la mañana. Quiero aprovechar el tiempo al máximo.

Culminado el ritual de preparación (duchada, vestida y peinada), cojo mis llaves, mi celular, los audífonos y me preparo para la aventura. Me dirijo a la estación de transporte público, espero un bus con asiento y voy directo (con varias escalas) a la última parada, he aprovechado ese tiempo para dormir, lo que me ayuda a superar el hecho de haberme levantado temprano. Un último trasbordo para dirigirme, ahora sí, a mi primer destino.

Empiezo con el desayuno, el cual consiste en unos imperialistas y huachafos hotcakes, acompañados con un café cargadísimo y caliente al que no le pondré azúcar…. No hay pierde. Si el estómago y el ánimo son los adecuados, me pediré un segundo café y huevos revueltos, cebo garantizado.

Aliviada de mi primera urgencia, salgo del restaurante con rumbo al malecón que hay cerca, pasando por un puesto de periódicos, me compro al decano del día y ya frente al mar, comienzo con la lectura al detalle, suplementos incluidos. Culminada la lectura, la cual estuvo interrumpida con unas cuantas revisadas al celular y sus aplicaciones esclavizadoras, decido que debo estirar un poquito las piernas, iniciando una caminata sin rumbo.

Pasando ya el mediodía, habiendo digerido por completo el desayuno, me provoca una cerveza helada, enrumbando a mi bar favorito, donde me atienden con algo de demora porque están con harta gente, algo poco usual por la hora pero que tiene explicación en el partido de mierda que empezarán a transmitir en minutos. Como hoy no me interesa en absoluto el fútbol, termino mi cerveza y salgo de ahí.

Es hora de almuerzo, pero el evento deportivo domina en casi todos los televisores de los restaurantes, mi única opción sería un local que vende comida árabe, pero mi paladar no olvida y sé que la carne de cordero súper condimentada no es lo mío, entonces decido volver a casa, dejando para más tarde lo que ya sería un almuerzo-cena.

Ya en casa, bordeando las quince horas, me provoca encerrarme en mi cuarto, bajo las persianas y me quedo dormida casi al instante. No olvido lo que hay más tarde, mi cuerpo me alertará a tiempo. Así sucede, despertando con un leve dolor de cabeza a las diecinueve horas, me desesperezo y después de una lavada de cara (mi cuerpo no aguantaría dos duchas en pleno junio), pasada furiosa de delineador en los ojos, vuelvo a partir.

Esta vez rumbo a un centro cultural que exhibirá una película francesa del año 1995, largamente esperada, ya que estoy en la búsqueda constante de proyecciones que muestren la calidad de una nueva obsesión: Isabelle Huppert. Como era de esperarse, salgo de la sala bastante satisfecha de lo visto, Chabela nunca decepciona.

Mi día está acabando, por eso me propongo tomar unas copas para cerrar con broche de oro este evento, mi bolsillo está atracador y me dirijo al bar especialista en chilcanos, bebiendo con la libertad de saber que no manejo vehículo alguno, que mañana es domingo y puedo levantarme tarde. Es tal la tranquilidad y satisfacción del momento que resulta casi obsceno.

Pero me lo permito, es mi día.

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