miércoles, 16 de agosto de 2017

Reivindicaciones....

Estoy emocionada, lo admito.

Como están dispuestas las cosas, una tiene pocas oportunidades de dar a conocer, de manera oficial, las decisiones que ha tomado y que le resultan de mucha importancia. Llamémosle, cuestión de principios.

Y la oportunidad vino en forma de declaración testimonial en un proceso judicial que ya se está prolongando más de lo debido, pero que al menos ha servido para que pudiera sentar mi posición, en uno de los poderes del Estado ni más ni menos, declarándome ciudadana que no profesa religión alguna.

Vi dibujarse un gesto de desconcierto en el especialista legal, mejorando así mi ánimo y aumentando mi autosuficiencia, al punto de querer soltarle unas ideas sueltas, luego su desconcierto se transformó en media sonrisa, señalándome el crucifijo que presidía su mesa, encogiéndose de hombros y negando con la cabeza ante mi “desafío”.

En ese momento, mi torturadora consciencia empezó a reprocharme el haber admitido mi posición en un tema aún complicado y jodido en este Estado, que en el papel es laico pero que en las formas es católico y, en el peor de los casos, de una cristiandad tan distorsionada que censura nuestros derechos fundamentales y mutila otras libertades individuales que se nos ocurra hacer respetar a nosotros, los inmorales.

Desoí a mi voz interna para concentrarme en el interrogatorio que se venía, recordando fechas, horas y lugares pertinentes al caso que nos ocupaba al especialista legal y a mí. Culminó la diligencia y el funcionario imprimió una copia de mi manifestación, para dar conformidad con firma y huella.

Leí atentamente mis generales de ley y cuando llegué a la parte de la religión, sonreí abiertamente, firmé y me fui.

¡CHIN!

lunes, 7 de agosto de 2017

Situación sentimental: empelotada

Faltaban poco más de quince minutos para el pitazo final e íbamos en desventaja, mi hermana y yo intercambiamos miradas de reproche y una idea cruzó por nuestras mentes de manera simultánea: no volveremos al estadio.

Era la tercera vez que íbamos y los resultados anteriores no nos acompañaron, un empate con penal fallado en la última jugada y una derrota con gol del delantero que una temporada atrás defendió nuestros colores pintaban mal mal el escenario. El fútbol tiene esta capacidad de borrar toda racionalidad de tu cerebro y meter miedo con malas rachas y bocas saladas que te hacen ¿pensar? que las cosas suceden por decisiones propias y no por la cojera mental y anímica que pareciera dominar al jugador local.

El tiempo transcurría y ya sólo me quedaban ánimos para maldecir alguna pérdida de balón o recriminar al árbitro sus decisiones absurdas que sólo ralentizaban el juego y quemaban tiempo valioso. Sólo una tribuna, la Sur, continuada con sus arengas y daba algo más que ánimos a los jugadores, les daba coraje y empuje, les insuflaba vergüenza deportiva, los conminaba a seguir y seguir, conocedores de que los partidos no se acaban hasta que se acaban.

Parecía algo irrealizable, mi abatido espíritu sólo recordaba experiencias pasadas, perdía poco a poco la fe en el corazón que caracteriza al equipo, las proezas futbolísticas sólo estaban destinadas a los grandes, los verdaderos grandes…. Recordé, muy imprudentemente, que la última hazaña la protagonizó un equipo (Barcelona) y un jugador (Neymar) que ahora se encontraban irremediablemente separados, dejando sin esperanzas a mi alma descreída.

Todo eso pensaba mientras veía con angustia que los minutos pasaban, de pie y estirando el cuello a más no poder, pues el juego se desarrollaba, a trompicones, al otro lado de la cancha, lejos de mi posición. Sur seguía alentando incansablemente y ya veía venir los improperios hacia los jugadores al final del partido, pero por el momento todo era arengas que animaba a nunca bajar los brazos.

Y a base de empuje y pelotazos, llegó el gol del empate, el gol que nos devolvió un poco de alegría, el gol que nos animó a decir que peor era nada, que un empate era mejor que una derrota y que nos hacía sacar cuentas para la última fecha, sólo para darnos cuenta que el punto sabía a poco y que nosotros debíamos ganar sí o sí, el último partido de local no debía empañarse con este resultado.

Sin embargo, no había tiempo para más, se jugaban los descuentos y el árbitro había sido tan hijo de puta que no nos dio más de tres minutos. Para colmo, el rival tuvo la osadía de atacar, llevar peligro a nuestra área y trasladar corazón y estómago a nuestra garganta, la que quedó momentáneamente atragantada con improperios que pugnaban por salir todos a la vez. El ataque terminó y la última jugada se iba a resolver en campo contrario, tiro libre a media cancha y el que se iba a llevar toda la carga por el resultado, el responsable directo de que estuviéramos por segunda vez en desventaja, el que nos puso en la obligación de meter dos goles en 10 minutos, sí, ése, lanzó un centro al corazón del área….

Lo había vivido antes, pero siempre con la pantalla del televisor anunciándome el milagro, esta era la primera vez que experimentaba con todos mis sentidos lo que es celebrar un gol, el del triunfo, al último minuto, lo que es gritar hasta romperte la garganta, abrazarte con extraños que al igual que tú no podían contenerse, saltar y saltar sin que te reclamen las piernas, soltar mil y un groserías que todos celebran y nadie reprocha, vivir una felicidad plena que te hace olvidar las penas que acompañan la vida; en ese momento no hay penas, todo es gloria, felicidad, alegría, sonrisas y, en mi caso particular, una indiferencia total al dolor que insistía en hacerse notar con la sutura hecha horas antes. Seguramente sangraba, seguramente los puntos se soltaron, seguramente al día siguiente estaría con media cara inflamada, pero nada de eso importaba.

Salí del estadio, ese lindo estadio, abrazada a extraños y cantando a viva voz que mi equipo va a salir campeón.