Hace un mes vivía uno de los días más intensos de mi vida, con una emoción y nerviosismo constantes que no daban tregua a mi mente y cuerpo, mientras iba apurando todos los pendientes que, por procrastinadora y confiada, no puede completar en el momento oportuno. La hora pactada se iba acercando y yo no había probado ni agua, tampoco la necesitaba porque mi organismo se encargó de usar todas sus reservas para mantenerme activa y eficiente y así tener todo listo para un encuentro tan esperado y deseado.
Pero como casi nunca sucede, el destino/ventura/sino/azar/hado/fortuna o como sea que quieran llamar a esa fuerza que hace que las cosas sucedan, se portó bien conmigo y me tuvo lista y a tiempo para ir a mi penúltimo destino del día, tal vez el más importante de todos, sin sobresaltos, pero con mucho miedo y ansiedad: el aeropuerto.
Miércoles a las 22:00 horas y no podía creer lo que estaba pasando, lo que estaba presenciando, lo que por fin estaba viviendo. Ella estaba apenas a unos metros de distancia, algo desorientada, algo asustada y muy muy hermosa, yo me quedé sin reacción por escasos segundos y luego di los pasos que me acercarían al abrazo más soñado y esperado, hasta que por fin fijo su vista hacia mí y algo parecido al alivio suavizó su expresión desconcertada.
La realidad termina siendo muy diferente a las fantasías y proyecciones que una va armando en su mente, nunca nada resulta como se tiene pensado, por lo que las reacciones se saben y sienten totalmente espontáneas y algo torpes, tal y como lo fui al rodearla con mis brazos y no atinar siquiera a aliviarle un poco de la carga que venía llevando sino hasta que ella, luego de corresponder a mi abrazo con la emoción contenida, me pidió que le ayudara.
Sin besos ni palabras cariñosas, nos dirigimos hacia el auto que nos llevaría al lugar al que llamaríamos “casa” en los siguientes días, refugiándonos en la oscuridad de la cabina para dar rienda suelta a los pensamientos miles que pasaban por la cabeza de cada una, sin tener muy claro qué paso dar. Hasta que fue ella la que nuevamente tomó la iniciativa, la que dio el salto de fe, tomo mi mano, entrelazó nuestros dedos y el corazón que habita en mi pechó empezó a latir a velocidad de taquicardia.
Feliz, estaba feliz.
Luego de poco menos de una hora de trayecto y por fin estábamos frente a la puerta de nuestro refugio, uno que no estaba seguro de ser nuestro hasta 48 horas antes, por el cual pasé angustias nocturnas al no tener la confirmación de su posesión y que, después de tensas negociaciones, pudo por fin pasar a mis temblorosas manos, las mismas que, producto de los nervios, no atinaban introducir la llave en la cerradura, la que finalmente cedió a mis ruegos y nos descubrió, al fin, su interior.
Y fue en el interior de esa casa, en la habitación, lejos del ruido, de las personas y del alboroto de una ciudad caótica, estando por fin solas, que nos pudimos dar el abrazo definitivo, el abrazo con el que confirmábamos que estábamos en el lugar y con la persona correcta, el abrazo que, por las circunstancias, nunca imaginamos pero que fue tan perfecto como deseábamos.
Lo que vino después no puedo definirlo con palabras, porque ninguna le haría justicia al revoltijo de emociones que todavía recuerdo con bastante precisión y que dominaron mi cuerpo, viéndola acercarse a mi rostro y darme el beso que tanto habíamos esperado y que puso fin a meses de distancia física, dando inicio a una nueva etapa en nuestra historia, complicada y atípica, pero real, constante y feliz.
Feliz como lo soy amándola, feliz como sé que ella lo es conmigo.
Felices como lo somos y seguiremos siendo.