martes, 8 de noviembre de 2016

Neologismos Arbitrarios VI

El empacho del que hablé no me duró ni un día, regresé a la página confiable y seguí con el atracón. Viendo tantas cosas, a una le despierta la curiosidad por saber más y, no contenta con los videos, empecé la investigación escrita.

Entre tantas filias reconocidas, encontré una que me llamó la atención por su nombre, digámoslo así, tan poco sugerente y la alta afinidad que encontré con su definición, contenta de saber que esta rareza mía, tiene nombre: la odaxelagnia.

Para empezar, demoré un día completo en dominar su pronunciación, afanosa como estaba en convertirme en una experta, al menos teórica, del tema. Con la debida práctica, podría convertirme en toda una eminencia,  ya que mi poca y limitada experiencia me dio lo suficiente para saber a qué le entraba y a qué no, siendo la odaxelagnia una de mis actividades favoritas, morder y ser mordida.... ¡Qué dicha!.

Haciendo memoria, el asunto parece ser de nacimiento, puesto que guardo recuerdos nebulosos en los que me mordía la rodilla hasta marcar la dentadura de leche que me acompañaba a mis cuatro o cinco años de edad, una odaxelágnica en potencia. Ya de grandecita, pasé y superé en tiempo récord una de las primeras vergüenzas que pasas cuando eres una novata en las lides resorteras, que la amiga/compañera de trabajo te haga ver que tienes un escandaloso chupetón en el cuello, ipso facto cubrirte con las manos y encender involuntariamente las mejillas. ¡Qué inocente era!

Con el paso de los días, la frescura se apoderó de mí, encontrando modos de ocultar las huellas de la díscola y alborotada vida que llevaba por ese entonces, donde las chalinas eran mis mejores aliadas, eso durante el invierno. Para el verano, la cuestión se complicaba un poco, no quedándome más remedio que trasladar unos centímetros hacia abajo la “zona de impacto”, lo que devino en un sorpresivo descubrimiento, resulta que dolía un poco más y resulta que disfrutaba de ese dolor. Tenía mi lado sado, orgullo total cuando veía mi piel de diferentes tonos, que iban cambiando con el paso de los días y que hubiera exhibido de buena gana de no ser por ese inconveniente del estar prohibido mostrar el cuerpo calato en la vía pública.

Los dolores que vinieron después fueron los que me dejaron las peores huellas, algunas están desapareciendo y otras parecen indelebles. Para bien o para mal, todo suma.

Sorpresivamente, mi pequeña encuesta me ha demostrado que esta práctica tiene gran acogida, con una alta carga de censura que no sabría explicar. Considerar el marcar a la pareja como un acto de sujeción de uno hacia otro me parece excesivamente ridículo, evidentemente el consenso debe primar, pero juzgarlo de ese modo en los demás (en algún momento en mí), es suficiente para iniciar con el latido del ojo izquierdo.

1 comentario:

  1. me gusta marcar a mi pareja, como sello de mi propiedad ...FRAGIL

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