viernes, 19 de agosto de 2016

Y

Mi corazón se hincha en una mezcla de ansiedad, angustia y expectativa conforme se acerca la hora señalada.

No suele ser puntual, muchas veces he tenido que esperar horas y otras tantas he terminado mi día con el corazón triste por no poder contar con su presencia aunque sean unos pocos minutos. En esas ocasiones me digo que son gajes del oficio, que no podemos controlar los imprevistos…. pero no saber de los motivos de su ausencia me altera a niveles que rayan la demencia.

Por suerte no he llegado a los extremos de acosador@s profesionales que saben al dedillo todos los movimientos de su objeto de obsesión, muchas veces me he conformado con escribir su nombre en el buscador y deleitarme con cualquier referencia, aunque sea mínima, sobre su persona. La verdad es que la web no me ofrece mucho, pero para una persona con cierto grado de desequilibrio como yo, es suficiente.

Pero a pesar de ser consciente de todo ello, no me encontraba preparada para la hecatombe que me golpeó con todo a mediados del mes pasado.

Simplemente se esfumó.

No hubo despedida que me anticipara su ausencia, simplemente dejó de aparecer y quedé desolada y desorientada. Por las noches me iba a dormir con un profundo desasosiego, acompañado de un atisbo de esperanza que me decía que al día siguiente aparecería, que todo tenía explicación. Sólo engañándome de ese modo podía conciliar el sueño. Pero llegaba el día, transcurría la mañana, maduraba la tarde y culminaba la noche sin saber nada. Una tortura indecible.

Por supuesto que las referencias no faltaban y yo me aferraba a ellas y a la falsa lógica que quería imponer para decirme que aparecería en cualquier momento. Transcurrieron así, larguísimas tres semanas en las que me vi abandonada para siempre.

Hasta que un lunes, con la ilusión ausente, encendí el televisor y vi a mi presentadora de noticias favorita sonriéndome a través de la pantalla. Había regresado y junto con ella, el escote que muchas veces me dejó boquiabierta y pensando que semejante visión era un regalo inmerecido que nunca dejaré de agradecer al universo. Y mientras oía su voz relajada, narrando las noticias del día, sentía cómo el alma volvía a mi cuerpo.

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