sábado, 27 de agosto de 2016

En pérdida

Tengo una pequeña obsesión con las fechas.

A mi mente le da por inmortalizar todo a través de las fechas, primeras veces sobre todo, en las que descubrimos y/o experimentamos sucesos nuevos que marcan todos los antes y después que hay en nuestra vida. Yo tengo fe en que me quedan muchas primeras veces por vivir, la principal motivación de mi monótono día a día.

Aunque no todas las primeras veces suelen ser de grata recordación, no tanto por el hecho en sí sino por las consecuencias posteriores de las que una no puede escaquearse. Como el fatídico 27 de agosto de 1998.

Porque claro, una empieza a experimentar primeras veces desde muy muy joven y casi todas las mujeres experimentamos una en particular desde temprana edad: la infame menstruación.

No tengo palabras que lleguen a graficar con precisión milimétrica lo que este proceso biológico despierta en mi, tanto a nivel físico como mental y hasta espiritual. Tendría que inventar nuevos términos porque todas las palabras que expresan sentimientos negativos no llegan a cubrir ni la sétima parte de lo que yo siento hacia este vejamen de la macabra naturaleza.

Volviendo al fatídico 27 de agosto de 1998, andaba yo muy tranquila, todo lo tranquila que se esperar en una mocosa de 12 años cuya mayor preocupación era la de ganarle el partido de basket al salón rival en pleno recreo. Transcurría la mañana sin ningún control porque era uno de esos tantos días en los que cualquier excusa era excelente para no hacer clases, aniversario del colegio aquella vez, cuando de pronto sentí una punzada de dolor muy fuerte y desconocida directo en el vientre. Lo asocié al refresco naranjado que había tomado en el kiosco, lo único que calmaba mi sed por ese entonces, haciendo oídos sordos a mi madre que estaba convencida que se trataba de agua sin hervir; no le di importancia….

El dolor, cada vez más intenso, no parecía tener fin, por lo que, después de rogarle a mi turora que me diera libertad, fui corriendo a mi casa convencida que había sido atacada por uno de esos virus tropicales a los que siempre me creí susceptible de contraer, la sugestión es de nacimiento. Llegué por fin a casa y me encerré en el baño, tratando de privar a mi familia del espectáculo que significaría morir delante de ellos, sudaba frío y mientras me retorcía de dolor caí en cuenta de lo que estaba pasando conmigo. Ya lo había presenciado en mis hermanas mayores, momentos de celebración para todos, menos para ellas.

Por increíble que parezca, una vez confirmadas mis sospechas, pude dejar de lado el dolor y decidí que no quería que este hecho se convirtiera en el acontecimiento familiar que había sido con mis hermanas, respiré hondo y salí del baño con la mayor serenidad posible, le pedí a mi desconcertada madre que me diera una pastilla para el dolor mientras le comentaba muy despreocupadamente que su hijita menor, yo, se inició en este proceso que acompaña a las mujeres en gran parte de sus vidas. Obviamente no fui tan ceremoniosa, creo que las palabras exactas fueron “ma, parece que ya me vino la regla”, atajándola de arranque informándole que regresaba al colegio para terminar la celebración. Celebración que no disfruté en absoluto puesto que todo el tiempo me la pasé dopada en la enfermería.

Fue a partir de ese 27 de agosto de 1998 que inicié mi historia de odio con la menstruación, cuando empezaron las preocupaciones de verdad, cuando me vi condicionada a ver el calendario antes de programar cualquier actividad por los siguientes treinta años (en el mejor de los casos), cuando supe que la libertad era una concepto ajeno a mi existencia, cuando experimenté la vergüenza y tensión constantes al sufrir los clásicos “accidentes” con la vestimenta, cuando me enteré que era posible desmayarse de dolor.

Muchas revelaciones para un alma frágil como la mía.

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