Cuando pensaba en el sexo, siendo
todavía una señorita virtuosa, tenía la fantasía de encontrarme en una cama con
sábanas blancas y cuatro postes con sus respectivos tules blancos, en medio de lo
que podría ser una playa o algo así, todo muy luminoso e inmaculado. Aquella
fantasía habrá aparecido a mis trece o catorce años, evidentemente influenciada
por los clichés que abundan en la televisión y cine, donde mi acompañante no
tenía un rostro definido, no llegábamos a hacer mucha cosa, pero la situación
sugería bastante. Lo que a mí, al menos por ese entonces, me parecía bastante.
Hasta que Rafael Nadal apareció en
mi vida.
Con sus polos manga cero y
pantalones modelo pescador, ganando su primer Grand Slam, Roland Garros, a sus cortos 19 añitos, frente a un
tenista mejor rankeado y de mucho más experiencia, todo cabello largo, brazos
poderosos y un trasero que me sigue dejando bizca. Fue amor a primera vista,
todo en él me atraía, desde su ya descrita apariencia hasta ese empuje que le
metía a cada jugada, su actitud ganadora y su gesto de celebración con puño y
rodilla alzados. Me quedé cojudísima.
A partir de ahí, mi fantasía tuvo
rostro. No pasó mucho tiempo para que tenga mi primer sueño húmedo, tan real,
tan detallado que me desperté jadeante, adolorida y con ganas de más. Nunca
olvidaré la imagen (irrepetible e irrealizable) del Rafa haciendo cosas no aptas para las políticas de censura
impuestas por Blogger, las que no leo de pura flojera.
Ahora, tanto Nadal como yo
estamos en un periodo de forzada abstinencia (él de títulos, yo de sexo) que
pareciera ir en sentido contrario a nuestra naturaleza ganadora/lasciva…. Desde
mi humilde óptica, el problema de mi español favorito pasa por un bajón
anímico, lo que sumado a sus lesiones crónicas, han minado su hasta hace un par
de temporadas, mentalidad invencible, la misma que sacaba a lucir ante los
partidos que se le pintaban complicadísimos, sacando puntazos increíbles para
finalmente alzarse con un merecidísimo triunfo. Poco a poco pareciera volver a
sus fueros, lo cual espero que consiga
para que pueda poner fin a una carrera absolutamente impecable.
Yo, por otro lado, pareciera ser
una causa perdida, perdida y no por las buenas razones. No sé qué circunstancia
fortuita me hizo nacer y crecer con una libido totalmente opuesta a mi carácter
tímido poco o nada propenso a entablar vínculos con gente que me resulte mínimamente
atractiva como para animarme a relacionarme horizontalmente con algun@s. Para
colmo de males, ni siquiera contemplo a la autocomplacencia como una opción,
sería incapaz de empezar con algo sin sentirme totalmente fuera de lugar
conmigo misma.
Eso sí, para la autocompasión soy una trome.
Rafa con ese "tarro" a cualquiera le "pone"
ResponderBorrar