martes, 6 de septiembre de 2016

Guía de calles

Mis peores días terminan siempre con el regreso a casa caminando. La distancia no es corta, pero sí tranquila y de agradable vista hasta cierta parte. Así demoro en llegar y enfrentarme a la gente que anda por ahí y tengo pretexto para ir directamente a mi cuarto. No quiero hablar ni escuchar a nadie.

Hoy será así, lo sé. Con suerte esto termina mañana y volveré a la rutina de siempre, mi racha más larga fue de dos semanas seguidas caminando por las calles de la ciudad, tratando de variar un poco la ruta mientras vaciaba mi mente de pensamientos negativos. Lo único que no podía era desalojar a la tristeza.

Y siempre con el amigo invierno acompañándome, provista de un abrigo de paño que hace que no necesite más. Si bien me han robado dos teléfonos en menos de un año, he sabido suplirlos en poco tiempo (uno más caro que el otro para mi irritación) y así estoy poniéndole música a mi camino; y si una que otra canción programada por el malévolo shuffle aumenta mi estado depresivo, opto por la FM que siempre ofrece el ruido suficiente para distraerme lo necesario y enfocarme sólo en lo relevante, como los semáforos y demás.

Estas excursiones también me permiten descubrir lugares desconocidos eternizados a través de la cámara del celular, disfrutar de eventos gratuitos y poco difundidos (maravillosa obertura de Mozart) y encontrar nuevos puntos de comida chatarra que le ponen ese toque de variedad tan necesario en mi vida, pues no todo es KFC o McDonald’s.

Los meses avanzan en mi pequeño almanaque de escritorio aumentando mi ansiedad y mientras se acerca la hora de salida, voy planeando mi recorrido para que no vengan a fastidiarme los nunca bienvenidos imprevistos. Poco a poco iré perfeccionando mi manual antidepresivo, futuro best seller que encontrará en su blog favorito y, más improbablemente, en alguna librería de poco prestigio.

Todo depende del marketing.

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