Mis peores días terminan siempre
con el regreso a casa caminando. La distancia no es corta, pero sí tranquila y
de agradable vista hasta cierta parte. Así demoro en llegar y enfrentarme a la
gente que anda por ahí y tengo pretexto para ir directamente a mi cuarto. No
quiero hablar ni escuchar a nadie.
Hoy será así, lo sé. Con suerte
esto termina mañana y volveré a la rutina de siempre, mi racha más larga fue de
dos semanas seguidas caminando por las calles de la ciudad, tratando de variar
un poco la ruta mientras vaciaba mi mente de pensamientos negativos. Lo único
que no podía era desalojar a la tristeza.
Y siempre con el amigo invierno
acompañándome, provista de un abrigo de paño que hace que no necesite más. Si
bien me han robado dos teléfonos en menos de un año, he sabido suplirlos en
poco tiempo (uno más caro que el otro para mi irritación) y así estoy
poniéndole música a mi camino; y si una que otra canción programada por el
malévolo shuffle aumenta mi estado depresivo, opto por la FM que siempre ofrece
el ruido suficiente para distraerme lo necesario y enfocarme sólo en lo
relevante, como los semáforos y demás.
Estas excursiones también me
permiten descubrir lugares desconocidos eternizados a través de la cámara del
celular, disfrutar de eventos gratuitos y poco difundidos (maravillosa obertura
de Mozart) y encontrar nuevos puntos de comida chatarra que le ponen ese toque
de variedad tan necesario en mi vida, pues no todo es KFC o McDonald’s.
Los meses avanzan en mi pequeño
almanaque de escritorio aumentando mi ansiedad y mientras se acerca la hora de
salida, voy planeando mi recorrido para que no vengan a fastidiarme los nunca
bienvenidos imprevistos. Poco a poco iré perfeccionando mi manual
antidepresivo, futuro best seller que
encontrará en su blog favorito y, más improbablemente, en alguna librería de
poco prestigio.
Todo depende del marketing.
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