Hay imágenes recurrentes que, a
pesar de los años transcurridos, nunca nos abandonan. Como mi peor pesadilla,
mi idea del fin del mundo, mi lúdica idealización sobre mi entorno natural y
una incomprendida fantasía.
Estoy caminando por la calle con
el Donald, encantador y noble bóxer
que me acompañó durante mi infancia y parte de mi adolescencia, hermoso
ejemplar de su raza que intimidaba a cualquiera que le viera a la cara de
asesino. Obviamente no sabían que era imposible ser más manso que él, buenísimo.
Regresando a mi peor pesadilla, el Donald
y yo estamos pasando por un lado de la casa y de pronto nos persigue una densa
niebla gris que amenaza con envolvernos. Y sin conocer las consecuencias de
aquello, sé que no es nada bueno, por lo que apuro el paso y junto con mi
perro, sabiendo que él depende de mí y yo de él, sólo nos tenemos el uno a otro
y, al mejor estilo de Independence Day,
nos salvamos de aquella niebla por los pelitos.
Mi madre y yo en el paradero de
siempre (ahora ya no existe), arrodilladas, sosteniendo un trozo de madera,
tratando de protegernos del fuego que cae desde el cielo, mientras el resto de
personas corre en todas direcciones sabiendo que algo peor al infierno que nos
rodea, está cerca. Todos gritan, algunos se queman, otros forman parte de las
cenizas aún encendidas y mi madre llorando en silencio mientras trata de
tranquilizar a su pequeña y desesperada hija. El tiempo y cierta profesora
fanática de la religión le agregaron más detalles a mi visión, pero la esencia
es la misma.
Camino por el malecón que nunca
termina, paso por casuchas, atravieso callejones, el día y la noche se
intercambian con asombrosa rapidez y el río siempre acompañándome, con sus
gigantescos e inofensivos monstruos ribereños, su vegetación elegante que nunca
dejaré de relacionar con los misteriosos jardines colgantes de Babilonia, el
agua cristalina (algo totalmente alejado de la triste realidad) que forma
caídas dignas de un paraíso. La naturaleza y mi imaginación hacen posible tal
maravilla. Luego llega el momento de pisar tierra y me doy cuenta que los días
de gloria del ahora riachuelo ya pasaron. Y no los viví.
Antes el colegio y ahora el
trabajo, me obligan a madrugar y a querer inventarme veinticinco mil excusas
para faltar a la jornada, trajín que a cualquiera desgasta, es por ello que los
feriados y las vacaciones, por más cortas que sean, son bien recibidos. Pero
desde mis primeros años de formación siempre he tenido la fantasía de
levantarme temprano un feriado e iniciar todo el ritual de alistarme para el
trabajo, sabiendo que una vez lista, volveré a mi cama para seguir durmiendo
hasta el mediodía. ¡Qué rico debe ser!
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