martes, 27 de septiembre de 2016

Agua de manzana a la orden

Estoy estrenando etapas.

En esta ocasión, intentando poner algo de orden a mi vida, estoy visitando a una amable sicóloga. Le he pedido expresamente que nos ocupemos de mi lado distraído y desordenado, omitiendo las demás taras que seguramente me encontrará. Me ha dicho que puede funcionar hasta cierto punto y que llegado a él, tendré que evaluar si seguimos adelante.

Ya me ha dejado tarea y la estoy desarrollando en paralelo a este post, del que no sé si contarle, ya que quisiera que vea que no todo es inconstancia en mi vida, aunque por ahí me pide leer lo publicado y sacar más conclusiones de las que me gustaría. Me dan algo de miedo los sicólogos, siempre buscando llevarte al lado oscuro para destrozarte y luego, sesión tras sesión, recoger pieza por pieza. Si las piezas están en orden, es otra cosa, ellos ya cumplieron con rearmarte.

A pesar de ello, he decidido tomar en serio esta actividad, a la que recurrí por iniciativa propia, dejando de lado mi escepticismo y convenciéndome a mi misma que la autocompasión ya no es suficiente. De ese modo, también cumplo con uno de los más conocidos clichés de los “artistas”: su lado maldito/atormentado/complejo/raro. Me encanta sentirme complicada.

Las sesiones hasta ahora han sido de lo más entretenidas, ya que se trata uno de mis temas favoritos: yo. Mi ego es tan extraño que pasar una hora enumerando mis fallas delante de una persona, lo eleva a niveles casi argentinos; y más aun si esa interlocutora te presta atención y te va respondiendo o dando “soluciones” de acuerdo al momento, dando la impresión que nada le fascina más que lo que una tiene que contarle. Sé muy bien que esto es parte de su trabajo remunerado, pero omito ese detalle para seguir con el engreimiento.

Al finalizar el tiempo, la sicóloga da un resumen bastante preciso de lo avanzado y de lo que espera tratar la siguiente semana, siempre dándome una palmadita en el hombro que yo gustosa cambiaría por una prescripción de drogas noqueadoras. Me oigo a mí misma, pongo los ojos en blanco y sigo adelante.

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