miércoles, 3 de enero de 2018

Undefined

Para bien (menos) y para mal (más), el 2017 será difícil de olvidar.

Definí con meridiana claridad que no pertenezco a ninguna religión y que la fe es una cuestión tan personal que pretender compartirla con el resto de la humanidad sería una locura de magnitudes. Lo que finalmente explica tanto conflicto, tantas relaciones (amicales o familiares) rotas y a tanto fanático dándoselas de "santiago matamoros", exterminando a cuanto contrario se le presente. La religión, tal cual la han dirigido los hombres, hace mucho daño.

Un rápido autoexamen también me ha hecho notar mi frialdad para ciertas cosas que antes solían ablandarme. He llorado mucho menos y pasado la página cuanto antes, para así evitarme noches de insomnio provocados por la angustia, justificada o no, de las situaciones extremas que me ha tocado vivir. Antes, una llamada o mensaje al celular me provocaba quebraderos de cabeza y hoy, a lo mucho, me hace sonreír cansinamente, preguntándome cuándo se acabará el drama.

También he disminuido mi tolerancia al alcohol, siendo contadas las veces en las que he salido decidida a beber, cambiando planes de juerga por tranquilas tardes-noches sabatinas acurrucada en mi cama, vegetando frente al televisor, dándole duro al Candy Crush, sacándole el jugo al Netflix o simplemente durmiendo. Con ello podría inferirse que mi cuota de diversión ha disminuido, pero da la casualidad que mi entorno ha ido moviéndose por el mismo sendero y se han encontrado maneras de pasarla bien sin alterar demasiado la apacible rutina autoimpuesta. Ya busco salones de té.

El plano fanático-deportivo se ha portado un poco mejor: fuimos campeones nacionales e indiscutibles (ganando apertura y clausura) después de largos y sufridos diez años, siendo testigo privilegiado del primer gran paso; el Barcelona, después de un par de tumbos, ha logrado devolver la confianza con un juego tal vez menos vistoso pero igual de efectivo que ha tenido como última exhibición la goleada a domicilio a los cada vez más antipáticos madridistas, dándome así, un anticipado regalo por navidad....

La navidad no volverá a ser la misma, gracias a las turbias movidas políticas que nunca faltan pero que coronaron al cinismo como pocas veces se ha visto, indultando a uno de los presidentes más corruptos de la historia internacional, que por una de esas maravillas de la vida, se encontraba purgando una muy merecida condena que ahora ha quedado en el amargo recuerdo gracias a un pacto infame que deja al actual presidente como un patético títere del autoritarismo. A partir de ahora, una navidad sin disfrutar las bondades del gas lacrimógeno, no es navidad.

Aunque lo malo pareciera ganar y llevarme al desánimo total, este 2017 será inolvidable, sobre todo, por esta maravilla que hizo su aparición en estelares cincuenta y dos centímetros y rutilantes tres mil quinientos setenta gramos de purito amor. Amor que de mi parte, por el momento, me tocará brindarle desde la distancia que el internet y la diferencia horaria me permita. Caramelito se merece todo lo mejor y lucharé desde todos los frentes por dejarle una sociedad en la que el oficio de vivir no sea un padecimiento y sí una aventura.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario