Es bonito, sí, encontrar una
definición para algunas cosas tan específicas que difícilmente podrán
expresarse con una sola palabra....
“Una
mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience
una acción que ambas desean pero que ninguna se anima a iniciar”
Esta acepción cuenta con una palabra
para definirla, en un idioma que lamentablemente está condenado a la extinción
(sólo se conoce de una hablante a punto de cumplir nueve décadas) y que me
remite a tiempos de revelaciones sobre mi forma de ser, sobre mi nivel de
osadía y sobre lo que estaba dispuesta a hacer por lo que consideré mi
felicidad.
Si saben de lo que hablo, es
tremendamente maravilloso encontrarse en una situación así, donde las palabras
se aglutinan en tu mente pero se desvanecen en tu garganta, donde todos los
gestos de la otra persona son estudiados al detalle y donde te sientes igual de
observada, conteniendo impulsos, con el corazón a mil, dispuesta a lanzarte el
precipicio en compañía, pero sin decidirte a dar ese primer paso. El único
primer paso al que vale la pena tratar con trascendencia, el único primer paso que
te hará experimentar las maravillas que contiene la vida, unas que se mantienen
ocultas y se muestran sólo ante los locos valientes que decidimos darlo; en
resumidas cuentas, el único primer paso que compensa las penurias por venir.
Mis sagaces (e imaginarios) lectores
se preguntarán por qué no publico este post bajo la etiqueta del neologismo
arbitrario. Pasa que tengo mi lado idealista y romántico que quiso darle un
trato especial a la mamihlapinatapai, una de esas cosas que aparecen en tu vida de
purita casualidad y que le dan un poco de color a la miseria diaria. Casi que
vuelves a experimentar las satisfacciones pasadas, las que no volverás a vivir.
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