Empiezo por el más antiguo, más
antiguo y vigente porque a algunos ya los fui perdiendo con el tiempo.
A Sigmund lo conocí por Helena,
en una noche de discoteca cuando todavía me daba el ánimo para discotecas.
Lamentablemente, producto del infame mojito, saqué mi lado más salvaje y al
parecer eso fue del agrado de Sigmund que a partir de ahí inició un torpe,
gracioso, a veces agobiante e infructuoso, cortejo. Cuando se aleja de esas
intentonas, Sigmund es un excelente compañero de conversación y podemos pasar
horas de horas hablando de mil cosas, felizmente tenemos puntos de vista
diferentes en varios temas y eso ayuda a mantener el interés. Me siento bien a
su lado, hasta parezco alguien que sabe mucho.
Lars es mi mejor amigo, “título”
que no entrego así nomás y mucho menos de la forma en que se dio, tanto por el
tiempo de conocernos como por la manera en que se inició el vínculo. Y es que
conocí a Lars en una convocatoria realizada por entusiastas fanáticos de
Garbage, los que administran una página de Facebook que recobró bríos ante la
proximidad del primer concierto de la banda en nuestro país. Evidentemente, una
reunión de poco más de una decena de personas no es el ambiente ideal para
conocerlos más que superficialmente, pero Lars, al ser el líder supremo, jefe
máximo y lord comandante del grupo, resaltaba tanto por su manera de organizar
las cosas como por su discurso integrador y abierto a sugerencias que hace
posible llegar a él de modos más fáciles. Pero su performance al mando de GEP
(así se llama el grupo) es una faceta que poco tiene que ver con el verdadero Lars,
práctico, directo, muy discreto y celoso de su vida personal, por lo que me
siento aún más agradecida de formar parte de su círculo y que él sea parte del mío.
Toño es la persona más cariñosa
que conozco, el único al que le permito que me abrace y desmadeje a su antojo
y, casualmente, al único que me provoca abrazar sin necesidad que sea su
cumpleaños, navidad o cualquier otra festividad que a veces me obliga a tener este
contacto con gente de mi entorno. Cuando conocí a Toño, del grupo de quince que
éramos, de manera automática, casi sin darme cuenta, nos fuimos apartando y
sosteniendo un largo intercambio de variedades mil. La pasión con la que habla
de la mecánica aeronáutica, sabiendo yo un carajo del tema, hace que cualquiera
le pueda seguir el hilo. La melancolía de sus ojos cuando expresa sus sueños
por cumplir, conmueven al corazón más peludo, obviamente, el mío; y por si
fuera poco, es tan chatarrero como yo. ¡Qué lindo es!
Karl tiene más sentido del estilo
que, estoy segura, cualquier otra persona que jamás conoceré en mi vida. Una vez
embarcado, se da al cien, aunque ello implique que una personalidad tan fuerte
como la suya tenga que ceder para el bien del proyecto común; que más adelante
se “cobre” esos disgustos, solo habla de lo honesto que es con los demás y
consigo mismo. Jamás le descubrirás un falso gesto o una sonrisa hipócrita, Karl
es más directo de lo que su expresión risueña te puede dar a entender y nunca
nunca te aburrirías con él. Hasta alter ego tiene.
Luego de ellos, creo que los demás
entrarían en los rubros “estimados” y “conocidos”, con los que no guardo mayor
afinidad y que, en algunos casos, son extensiones de otros vínculos que aún
faltan madurar o simplemente permanecerán en ese estado.
Lo curioso de esto es que ninguno
de ellos, los amigos “estimados” y “conocidos” son fanáticos o simples entusiastas
del fútbol, lo cual me frustra un poco y destierra del todo esa etiqueta,
proveniente de la verdadera y dañina ideología de género, esa que reza con inaguantable
demagogia que el futbol es “cosa de hombres” y encasilla en otras tantas
situaciones lo que corresponde a tal y cual.
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