jueves, 1 de febrero de 2018

Mis amigos

Empiezo por el más antiguo, más antiguo y vigente porque a algunos ya los fui perdiendo con el tiempo.

A Sigmund lo conocí por Helena, en una noche de discoteca cuando todavía me daba el ánimo para discotecas. Lamentablemente, producto del infame mojito, saqué mi lado más salvaje y al parecer eso fue del agrado de Sigmund que a partir de ahí inició un torpe, gracioso, a veces agobiante e infructuoso, cortejo. Cuando se aleja de esas intentonas, Sigmund es un excelente compañero de conversación y podemos pasar horas de horas hablando de mil cosas, felizmente tenemos puntos de vista diferentes en varios temas y eso ayuda a mantener el interés. Me siento bien a su lado, hasta parezco alguien que sabe mucho.

Lars es mi mejor amigo, “título” que no entrego así nomás y mucho menos de la forma en que se dio, tanto por el tiempo de conocernos como por la manera en que se inició el vínculo. Y es que conocí a Lars en una convocatoria realizada por entusiastas fanáticos de Garbage, los que administran una página de Facebook que recobró bríos ante la proximidad del primer concierto de la banda en nuestro país. Evidentemente, una reunión de poco más de una decena de personas no es el ambiente ideal para conocerlos más que superficialmente, pero Lars, al ser el líder supremo, jefe máximo y lord comandante del grupo, resaltaba tanto por su manera de organizar las cosas como por su discurso integrador y abierto a sugerencias que hace posible llegar a él de modos más fáciles. Pero su performance al mando de GEP (así se llama el grupo) es una faceta que poco tiene que ver con el verdadero Lars, práctico, directo, muy discreto y celoso de su vida personal, por lo que me siento aún más agradecida de formar parte de su círculo y que él sea parte del mío.

Toño es la persona más cariñosa que conozco, el único al que le permito que me abrace y desmadeje a su antojo y, casualmente, al único que me provoca abrazar sin necesidad que sea su cumpleaños, navidad o cualquier otra festividad que a veces me obliga a tener este contacto con gente de mi entorno. Cuando conocí a Toño, del grupo de quince que éramos, de manera automática, casi sin darme cuenta, nos fuimos apartando y sosteniendo un largo intercambio de variedades mil. La pasión con la que habla de la mecánica aeronáutica, sabiendo yo un carajo del tema, hace que cualquiera le pueda seguir el hilo. La melancolía de sus ojos cuando expresa sus sueños por cumplir, conmueven al corazón más peludo, obviamente, el mío; y por si fuera poco, es tan chatarrero como yo. ¡Qué lindo es!

Karl tiene más sentido del estilo que, estoy segura, cualquier otra persona que jamás conoceré en mi vida. Una vez embarcado, se da al cien, aunque ello implique que una personalidad tan fuerte como la suya tenga que ceder para el bien del proyecto común; que más adelante se “cobre” esos disgustos, solo habla de lo honesto que es con los demás y consigo mismo. Jamás le descubrirás un falso gesto o una sonrisa hipócrita, Karl es más directo de lo que su expresión risueña te puede dar a entender y nunca nunca te aburrirías con él. Hasta alter ego tiene.

Luego de ellos, creo que los demás entrarían en los rubros “estimados” y “conocidos”, con los que no guardo mayor afinidad y que, en algunos casos, son extensiones de otros vínculos que aún faltan madurar o simplemente permanecerán en ese estado.

Lo curioso de esto es que ninguno de ellos, los amigos “estimados” y “conocidos” son fanáticos o simples entusiastas del fútbol, lo cual me frustra un poco y destierra del todo esa etiqueta, proveniente de la verdadera y dañina ideología de género, esa que reza con inaguantable demagogia que el futbol es “cosa de hombres” y encasilla en otras tantas situaciones lo que corresponde a tal y cual.

Pero volviendo al tema que hoy me tiene robándole minutos al trabajo, sirva lo escrito por acá como una pequeñísima muestra de aprecio y más, a aquellos que me aderezan la vida con su cariño, presencia y energía.

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