lunes, 19 de septiembre de 2016

Con la sangre en el ojo....

Este fin de semana cumplí uno de mis pendientes en la vida: fui protagonista de una pelea. Y si bien no llegué a los golpes, tuve el clásico intercambio verbal con mi contrincante y hasta intervención de terceros que buscaban apaciguar los encendidos ánimos de mi rival y yo.

¿Qué puedo decir de mi contendiente? Obviamente no seré generosa con su descripción, pero intentaré ser lo más objetiva posible. Un poco más alta que yo (pero ella estaba con tacos y yo con zapatillas), cabello negro, largo y lacio (probablemente teñido y planchado), maquillaje de tonalidades oscuras que contrastaba con su piel blanca (seguramente fanática de Kiss) y vestida de forma que bien podría pasar como protagonista de Taxi Driver (excepto en la edad, porque si Jodie Foster andaba por los catorce, esta “niña” fijo que ya pasó los treinta).

¿El motivo de la pelea? Una cosa de nada, no iniciada por mí, ya que andaba tranquila escuchando new wave, tomando cerveza y conversando poseramente con Helena. Hasta que, de la nada, alguien me empujó contra la barra, resultando yo con costillas adoloridas y una entendible interjección que la agresora interpretó como un insulto hacia su persona. Nada más alejado de la realidad, ya que los insultos a extraños los reservo para conductores y peatones imprudentes.

Me enorgullece declarar que no fui yo la que andaba buscando pleito, pues todo hubiera quedado en nada si no fuera por el afán beligerante  mostrado por el otro bando, me enorgullece declarar también que nunca me tiré para atrás y estaba dispuesta a llegar al cabezazo de ser necesario, el único golpe que me he planteado dar si es que llegara el momento. Con lo torpe que soy, si trato de dar puñetes o patadas, el enemigo creerá que se trata de una caricia.

Admito que el licor ingerido me llevó a soltar un par de insultos de más, pero a esas alturas lo único que me importaba era, ya descartada la posibilidad de narices sangrantes, bajarle la moral a la individua en cuestión, objetivo conseguido ya que al poco rato optó por retirarse del bar, dejando a su grupo un poco aliviado de la posibilidad de quedar mal ante los pacíficos (y algo ebrios) parroquianos. Algo de lo cual no me preocupaba, puesto que la mayoría se puso de mi parte en el momento de mayor tensión.

Qué se yo, tal vez percibieron mi poderosa aura.

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