jueves, 12 de marzo de 2015

Delirios a mano


Las palabras permiten que algunos iluminados escriban maravillas, esas maravillas llegan a los demás mortales y somos un poco partícipes de la genialidad de estos iluminados, algunos advenedizos incluso empezamos a escribir, tal vez aspirando a inmortalizarnos como los iluminados hace tiempo están, tratando que de nuestras mentes salgan las maravillas, que seamos los nuevos iluminados y el ciclo continúe por los siglos de los siglos.

Pero como en todo, alguno de estos advenedizos no se conformarán con intentar escribir maravillas y, con una corriente facilidad, se mandarán con ficciones insulsas que estimulan poco o nada a la imaginación, que salen una tras otra con la única finalidad de volverse best sellers, una que otra adaptación al cine y el posterior olvido del cual NUNCA saldrán. Veo que el asunto de publicar sagas literarias se está volviendo moneda corriente.

Como much@s, he tenido y tengo sueños de grandeza, todos en el ámbito literario, ser reconocida mundialmente como una (no tan) joven promesa que se va abriendo campo y haciendo un nombre de grata recordación para todos los críticos, más adelante como la que dejó de ser la (no tan) joven promesa para convertirse en una deslumbrante realidad y finalmente pasar al selecto grupo de iluminados y que todo lo que salga de mi cerebro sea maravilla pura. Nunca aspiré al Nobel porque soy una firme convencida que ese tipo de reconocimientos relajan un poco a los iluminados, haciéndoles creer que suficientes maravillas han salido de sus mentes…. Es lo que diré, en son de broma, en mi discurso de aceptación del Nobel de Literatura.

Sin orden en mis ideas, regreso nuevamente al grupo de advenedizos que publican sagas mediocres. Y sin ningún rastro de vergüenza admito que lo único que envidio de ellos es la billetera que empieza a engordar conforme publican más libros. Claro que sí.

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