Bebita era una linda perra juguetona y traviesa como muchos cachorros,
fue la gran adquisición de una familia cuyo único objetivo era tener un perro
de raza; no sopesaron las responsabilidades que conllevaban el agregar un
miembro más a su hogar, simplemente querían un perro y cuanto más caro, mejor.
Pasaron las semanas y la nueva familia de Bebita se fue dando cuenta
que tener un perro no es tan fácil y bonito como lo pintan, que requería muchos
cuidados, necesitaba a alguien que pudiera educarla sobre lo que podía y no
debía hacer, que la sacaran a ciertas horas del día a hacer sus necesidades, no
entendían que los destrozos de Bebita se debían a que era una cachorra muy
activa y necesitaba descargar su energía. Nadie tenía tiempo para ella. Bebita
fue pronto declarada intratable y la familia buscó desembarazarse de ella.
Llegó la noticia a oídos de un miembro de mi familia, el cual decidió
acoger a Bebita porque le pareció (otra vez) una perra muy linda y muy de raza.
Fue así como Bebita llegó a su segunda y definitiva familia, con muchos abrazos
y besitos de parte de sus nuevos “hermanos” y “papás”; pasó el tiempo y, si
bien Bebita seguía destruyendo cosas, esta nueva familia era más tolerante y le
dedicaban algo más de tiempo. Sin embargo llegó un día en que todo cambió para
Bebita y fue cayendo en un espiral de abuso, maltrato y desinterés final que
resultó fatal para ella.
Resulta que al ser de raza, Bebita fue objeto de muchos comentarios de
parte de los allegados a su nueva familia, tanto así que el nuevo “papá” de
Bebita fue fácilmente convencido de que podía sacar provecho de su mascota si
la apareaba con otro perro de su raza y vendía sus cachorros a un precio
bastante interesante. De la noche a la mañana, Bebita dejó de ser un miembro de
la familia y pasó a convertirse en un ingreso económico más. Utilizada.
Las noches en la cama de sus “hermanos” pasaron al olvido, en cambio
pasaba gran parte del día encerrada en un corral improvisado que construyeron
para ella, lugar bastante estrecho en el cual crió a sus cinco primeros
cachorros…. Luego vinieron cuatro, después cinco y, por último, una camada
final de tres cachorros, todos nacidos por cesárea ya que Bebita no tenía la
fuerza suficiente para ayudar a sus cachorros a salir por su cuenta. Cuatro
operaciones a las cuales fue sometida Bebita en aras del nuevo negocio de su ex
papá, ahora dueño.
Todo eso para un animal que apenas llegaba a los seis años, todo eso
para un animal que inició su vida en medio de mimos y engreimientos, que tuvo
la mala suerte de hartar a su primera e irresponsable familia, que no pudo hacer
nada para no nacer “de raza” y así evitar que su segunda familia la explotara.
Bebita terminó sus días en un corral pequeño y maloliente sin haber
visto la luz natural en mucho tiempo, rodeada de mugre y con compañeras de
celda que cayeron en las manos del criador de perros en el cual se había
convertido su ex papá. Nunca más hubo palabras de cariño, no volvieron a
acariciarla detrás de la oreja. Su trágico final (tal vez esperado con ansias
de parte de Bebita) llegó un día en el cual, como ya era costumbre, le lanzaron
un par de pescuezos de pollo crudo para que se alimente. Bebita se lanzó sobre
ellos desesperada, pues sabía que esa iba a ser su única ración en todo el día,
con el resultado de un atascamiento en su garganta que poco a poco fue dejándola
sin oxígeno en sus pulmones; al estar encerrada, su dueño no se dio cuenta de
su estado y no pudo auxiliarla a tiempo. Bebita fue encontrada muerta dos días después,
rodeada de sus miserias y unos cuantos pescuezos descompuestos que nunca fueron
olfateados por ella.
Me hubiera gustado decir que la historia de Bebita sirvió de
escarmiento para que el responsable de ella se diera cuenta del daño que le
causó, que desistiera del negocio y le diera calidad de vida a las 14 perras
restantes que tenía repartidas en sus improvisados corrales, que recordara como
fueron los inicios de Bebita en su familia, como llegaron a tratarla con
cariño, como la convirtieron en una hija más. Pero no fue así.
También me hubiera gustado decir que no fui una muda testigo de todo
lo que le pasó a Bebita, me hubiera gustado decir que al ver semejante abuso,
defendí la integridad de Bebita e hice esfuerzos por evitar su sufrimiento. En
lugar de eso, fui una cómplice más al no decirle al dueño de Bebita que dejara
de utilizarla como mercadería. Nunca me atreví.
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