martes, 17 de marzo de 2015

Bebita

Esta es una historia triste, es la historia de Bebita.


Bebita era una linda perra juguetona y traviesa como muchos cachorros, fue la gran adquisición de una familia cuyo único objetivo era tener un perro de raza; no sopesaron las responsabilidades que conllevaban el agregar un miembro más a su hogar, simplemente querían un perro y cuanto más caro, mejor.



Pasaron las semanas y la nueva familia de Bebita se fue dando cuenta que tener un perro no es tan fácil y bonito como lo pintan, que requería muchos cuidados, necesitaba a alguien que pudiera educarla sobre lo que podía y no debía hacer, que la sacaran a ciertas horas del día a hacer sus necesidades, no entendían que los destrozos de Bebita se debían a que era una cachorra muy activa y necesitaba descargar su energía. Nadie tenía tiempo para ella. Bebita fue pronto declarada intratable y la familia buscó desembarazarse de ella.



Llegó la noticia a oídos de un miembro de mi familia, el cual decidió acoger a Bebita porque le pareció (otra vez) una perra muy linda y muy de raza. Fue así como Bebita llegó a su segunda y definitiva familia, con muchos abrazos y besitos de parte de sus nuevos “hermanos” y “papás”; pasó el tiempo y, si bien Bebita seguía destruyendo cosas, esta nueva familia era más tolerante y le dedicaban algo más de tiempo. Sin embargo llegó un día en que todo cambió para Bebita y fue cayendo en un espiral de abuso, maltrato y desinterés final que resultó fatal para ella.



Resulta que al ser de raza, Bebita fue objeto de muchos comentarios de parte de los allegados a su nueva familia, tanto así que el nuevo “papá” de Bebita fue fácilmente convencido de que podía sacar provecho de su mascota si la apareaba con otro perro de su raza y vendía sus cachorros a un precio bastante interesante. De la noche a la mañana, Bebita dejó de ser un miembro de la familia y pasó a convertirse en un ingreso económico más. Utilizada.



Las noches en la cama de sus “hermanos” pasaron al olvido, en cambio pasaba gran parte del día encerrada en un corral improvisado que construyeron para ella, lugar bastante estrecho en el cual crió a sus cinco primeros cachorros…. Luego vinieron cuatro, después cinco y, por último, una camada final de tres cachorros, todos nacidos por cesárea ya que Bebita no tenía la fuerza suficiente para ayudar a sus cachorros a salir por su cuenta. Cuatro operaciones a las cuales fue sometida Bebita en aras del nuevo negocio de su ex papá, ahora dueño.



Todo eso para un animal que apenas llegaba a los seis años, todo eso para un animal que inició su vida en medio de mimos y engreimientos, que tuvo la mala suerte de hartar a su primera e irresponsable familia, que no pudo hacer nada para no nacer “de raza” y así evitar que su segunda familia la explotara.



Bebita terminó sus días en un corral pequeño y maloliente sin haber visto la luz natural en mucho tiempo, rodeada de mugre y con compañeras de celda que cayeron en las manos del criador de perros en el cual se había convertido su ex papá. Nunca más hubo palabras de cariño, no volvieron a acariciarla detrás de la oreja. Su trágico final (tal vez esperado con ansias de parte de Bebita) llegó un día en el cual, como ya era costumbre, le lanzaron un par de pescuezos de pollo crudo para que se alimente. Bebita se lanzó sobre ellos desesperada, pues sabía que esa iba a ser su única ración en todo el día, con el resultado de un atascamiento en su garganta que poco a poco fue dejándola sin oxígeno en sus pulmones; al estar encerrada, su dueño no se dio cuenta de su estado y no pudo auxiliarla a tiempo. Bebita fue encontrada muerta dos días después, rodeada de sus miserias y unos cuantos pescuezos descompuestos que nunca fueron olfateados por ella.



Me hubiera gustado decir que la historia de Bebita sirvió de escarmiento para que el responsable de ella se diera cuenta del daño que le causó, que desistiera del negocio y le diera calidad de vida a las 14 perras restantes que tenía repartidas en sus improvisados corrales, que recordara como fueron los inicios de Bebita en su familia, como llegaron a tratarla con cariño, como la convirtieron en una hija más. Pero no fue así.



También me hubiera gustado decir que no fui una muda testigo de todo lo que le pasó a Bebita, me hubiera gustado decir que al ver semejante abuso, defendí la integridad de Bebita e hice esfuerzos por evitar su sufrimiento. En lugar de eso, fui una cómplice más al no decirle al dueño de Bebita que dejara de utilizarla como mercadería. Nunca me atreví.


La historia de Bebita es una realidad que se repite constantemente y pareciera no tener fin. Admito con mucha vergüenza que soy incapaz de entrar en acción y hacer lo posible por cambiar esta realidad. Sirva lo escrito para que llegue a los ojos de alguien mejor que yo y pueda hacer la diferencia.

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