El empacho del que hablé no me duró ni un día,
regresé a la página confiable y seguí con el atracón. Viendo tantas cosas, a
una le despierta la curiosidad por saber más y, no contenta con los videos,
empecé la investigación escrita.
Entre tantas filias reconocidas,
encontré una que me llamó la atención por su nombre, digámoslo así, tan poco
sugerente y la alta afinidad que encontré con su definición, contenta de saber
que esta rareza mía, tiene nombre: la odaxelagnia.
Para empezar, demoré un día
completo en dominar su pronunciación, afanosa como estaba en convertirme en una
experta, al menos teórica, del tema. Con la debida práctica, podría convertirme
en toda una eminencia, ya que mi poca y
limitada experiencia me dio lo suficiente para saber a qué le entraba y a qué
no, siendo la odaxelagnia una de mis actividades favoritas, morder y ser mordida.... ¡Qué dicha!.
Haciendo memoria, el asunto parece
ser de nacimiento, puesto que guardo recuerdos nebulosos en los que me mordía
la rodilla hasta marcar la dentadura de leche que me acompañaba a mis cuatro o
cinco años de edad, una odaxelágnica en potencia. Ya de grandecita, pasé y
superé en tiempo récord una de las primeras vergüenzas que pasas cuando eres
una novata en las lides resorteras, que la amiga/compañera de trabajo te haga
ver que tienes un escandaloso chupetón en el cuello, ipso facto cubrirte con
las manos y encender involuntariamente las mejillas. ¡Qué inocente era!
Con el paso de los días, la
frescura se apoderó de mí, encontrando modos de ocultar las huellas de la
díscola y alborotada vida que llevaba por ese entonces, donde las chalinas eran
mis mejores aliadas, eso durante el invierno. Para el verano, la cuestión se
complicaba un poco, no quedándome más remedio que trasladar unos centímetros
hacia abajo la “zona de impacto”, lo que devino en un sorpresivo
descubrimiento, resulta que dolía un poco más y resulta que disfrutaba de ese
dolor. Tenía mi lado sado, orgullo total cuando veía mi piel de diferentes
tonos, que iban cambiando con el paso de los días y que hubiera exhibido de
buena gana de no ser por ese inconveniente del estar prohibido mostrar el
cuerpo calato en la vía pública.
Los dolores que vinieron después
fueron los que me dejaron las peores huellas, algunas están desapareciendo y
otras parecen indelebles. Para bien o para mal, todo suma.
Sorpresivamente, mi pequeña
encuesta me ha demostrado que esta práctica tiene gran acogida, con una alta
carga de censura que no sabría explicar. Considerar el marcar a la pareja como un
acto de sujeción de uno hacia otro me parece excesivamente ridículo,
evidentemente el consenso debe primar, pero juzgarlo de ese modo en los demás
(en algún momento en mí), es suficiente para iniciar con el latido del ojo
izquierdo.
me gusta marcar a mi pareja, como sello de mi propiedad ...FRAGIL
ResponderBorrar